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dissabte, 8 de febrer de 2020

Construyendo un proyecto con Marruecos III. Curioseando en Rabat.

Después de la visita al Museo de Arte Contemporáneo Mohamed VI, me voy hacia el centro, a cinco minutos, para encontrarme con un escritor español que vive en Kenitra,  y que hoy me ha propuesto que comamos juntos antes de irnos a una charla-coloquio en un local cultural de la capital. Me espera en la Cafetería Renaissance, en pleno centro de Rabat, encima de los cines , en una primera planta a la que subo andando, y en la que inmediatamente me siento como en una película de los años 50.
Se sube por unas escaleras dobles, a un local de ambiente europeo , colonial , decadente y encantador. Y allí está Alberto Mrteh, sentado en una mesa pequeña, dando la espalda a una enorme ventana acristalada, provocando un efecto de contraluz, que me deslumbra y me impide verle , hasta que estoy casi encima de su mesa. El está escribiendo unas notas, me dice que está traduciendo un libro, y que tiene muchos frentes abiertos, que por éso ha venido antes para aprovechar el hueco para trabajar en el libro entre el horario del tren y la hora de nuestra cita.


No nos vamos a quedar, me cuenta que tiene previsto que vayamos a comer cerca de donde va a tener lugar el coloquio. Como yo no conozco la ciudad, me dejo asesorar y le sigo, no sin antes echar un vistazo a la Cafetería , sobre la que veo un escenario montado para tocar un grupo de música. Me comenta Alberto que es un lugar especial en el que se organizan conciertos y que es muy agradable el ambiente que se crea. Un lugar para tener en cuenta si regreso, mirando calendarios y posibilidades, muy interesante.



Vamos a comer a un restaurante muy típico, decorado como si se tratara de una jaima, encantador lugar y una atención inmejorable, un tagine de carne con ciruelas de ésos que no se olvidan y una ensalada que no podemos terminarnos. Yo, como con las manos, ya no puedo hacerlo con cubiertos en Marruecos, imposible, como con la mano derecha, que es como me sabe mejor todo, y dejo el plato y los cubiertos a parte para que se los lleven.
Sin reposar la comida, nos fuimos a la sede de una asociación Tilila,  en la que se ponía en marcha un club de lectura justo con el libro que hace poco tiempo había leído de Fátima Mernissi: "El Profeta y las mujeres. El Harén Político". El coloquio fue complicado para mí, recogí un 10% de lo que allí se debatió durante dos horas entre personas de diferentes edades y posiciones sociales, interesantísima experiencia , pensaba, inmersa sin saber muy bien cómo, en el mundo asociativo algo "background" de Marruecos.  Allí pude hacer algunos contactos sobre lo que yo buscaba, tarde fructífera  y llena de recuerdos ahora que lo estoy escribiendo, desde la lluvia del día, la búsqueda del lugar y la sorpresa al ver carteles de la CNT en las paredes de este local social gestionado, según pude imaginar, por un grupo de jóvenes muy alternativos, que en Mallorca, pocas personas tienen en el imaginario acerca de la juventud marroquí.
Me quedo de aquel lugar  con la foto de grupo, para poder transmitir la idea de lo que fue esta sesión, y , todo ello, casi sin entender lo que se habló, que fue mucho, muy intenso, y, sobre todo, con un perfecto respeto por entender y explicar, respetando turnos de palabra, la escucha y la profundidad de la lectura. Me sorprendió el análisis que son capaces de hacer jóvenes de unos 20 años sobre el Corán y de diferenciar lo que es Islam como religión .  Yo no conozco algo similar respecto al análisis de la Biblia Católica fuera de los entornos religiosos.
Como colofón, no puedo dejar de mencionar la entrañable presencia de  una espontánea que daría para un relato entero por su manera de entrar y de intervenir. Entró a la hora de haber iniciado el debate, disculpándose mientras atravesaba el círculo formado por las personas asistentes, interrumpiendo lo que en aquel momento se estaba debatiendo, para, en serio pero cómicamente, pedir un resumen de lo hablado hasta el momento. Era una mujer de unos sesenta años, vestida con ropa de joven estudiante universitaria estilo generación del '68, con un turbante amarillo a conjunto con su jersey del mismo color. Un personaje de lo más curioso, que fue la única en interrumpir y no respetar el turno de palabra, andándose por las ramas, como si hubiese venido a dar su charla, aprovechando un local en el que sabía que tendría audiencia. Al finalizar, haciendo gala de la insaciable curiosidad marroquí, se acercó a mi, en francés, lengua que puedo comprender si me hablan despacio, disparando a bocajarro una conversación que empezó por el color de mi jersey y mi pañuelo, y continuó sin saber hacia qué tema porque no pude entender nada más, sin poder recordarle que me tenía que hablar despacio. Yo la miraba con cara de "no entiendo nada" pero pareció no importarle y ella siguió su relato, que es en realidad lo que había venido a hacer: hablar de lo suyo. Afortunadamente, Alberto tuvo la ocurrencia de rescatarme para ir a echar un vistazo a la biblioteca de la asociación en la que puedes donar o comprar también , libros políticos, sobre todo. Me acerqué con curiosidad, a ver la estantería de la sección dedicada a Feminismos, con , por supuesto, varios libros de Fátima Mernissi y otras activistas árabes. Y allí me topé con uno de los asistentes a la charla, un psiquiatra que había conocido a Fátima Mernisi y que se interesó por mi trabajo con mujeres marroquíes en Mallorca. Él estaba tratando de ultimar la presentación de la Asociación Fatima Mernisi, una entidad que trata de visibilizar y trabajar para el empoderamiento de mujeres en zonas recónditas de Marruecos, en este caso, en el Atlas. Nos pasamos direcciones y quedamos en que nos mantendríamos en contacto. Interesante hallazgo, pensé yo, voy avanzando en mis propósitos de conocer asociaciones que intervengan con mujeres en zonas deprimidas. Aunque puede parecer que en la era de Internet todo está a nuestro alcance, me voy dando cuenta que aquí, como en Mallorca, de lo que se trata es de ir haciendo contactos, darte a conocer, explicar tus propósistos de aprender sobre el lugar, e, inmediatamente, se te van abriendo las puertas con más facilidad. Poco a poco, voy tejiendo una red que me va ayudando a configurarme una idea de lo que es el tejido asociativo en Marruecos.

Tras este intercambio de datos con este profesional, nos damos cuenta de que somos prácticamente los últimos en salir del local, los jóvenes que lo gestionan han recogido todo y están en la puerta para salir. Somos los últimos, hemos conseguido ser más curiosos que los propios marroquies. Al despedirme, les pregunto si van a colgar las fotos en su página de Facebook. Me interesa compartir la experiencia, como decía , porque no está en el imaginario mallorquín que existan grupos alternativos en Marruecos.

Continuando con mis andanzas, fuimos Alberto y yo, caminando refugiándonos de la lluvia de regreso al centro de la ciudad, sorteando lagunas formadas por el aguacero, en las avenidas de Rabat, en busca del "cuartel general" en el que se reúnen habitualmente mi amigo Hassane y su comité asociativo.
Llueve en Rabat. Es enero, hace frío. Y mi amigo Hassane nos espera en la terraza de su café del centro de la ciudad.

dimecres, 25 de desembre de 2019

Ara que som a Nadal.

He somniat desperta, passejant per Palma, que caminava de la teva mà, per el Carrer Jaume II, i baixavem per les escales d'es Pas de'n Quint,  passavem per davant la tenda d'esports NINS, per la jugueteria La Industrial, i per la Confiteria La Pajarita, al Carrer Sant Nicolau, fins a arribar al nostre destí: Dulces García.
Allà anavem les dues tots els nadals, des de que jo tenia cinc anys. Hi anavem el dissabte matí, el dissabte abans de la Nit de Nadal. Era obligatori: la família ens reuniriem al voltant del record del padrí, el dia 24 de desembre, com cada any, celebrant una nit especial on la família Torres Vidal ens juntariem com fins ara , per degustar una sopa de brou de Nadal, unes viandes especials, ous filats, embotits i, com no, un bon surtit de torrons que tu i jo hauriem adquirit a la teva preciada confiteria.
Aquell ritual el conserv ben net a la meva memòria. Partiem tu i jo ben matí, abrigades, devers les nou, caminant amb passa decidida, cap al centre. Tu i jo aferrades de la  mà, anavem atravessant el carrer 31 de desembre, fins al Carrer de Sant Miquel, passant per tots aquells comerços despareguts,  que poc a poc han estat substituïts per les franquícies. Del Carrer de Sant Miquel record la benzinera i la seva dependenta, una dona especial, cinquanta anys, cabells curts, ulls ben pintats, moderníssima, espectacularment llamativa, amb una cartera de pell penjada a la cintura amb els diners per cobrar i tornar canvi. Continuavem, passavem l'Hospital Militar, i ens aturavem a cada deu metres, perquè tu te trobaves amistats, mestres com tu, jubilades i jubilats, que segurament feien rituals semblants als nostre. Me presentaves: "Ella és na Miquela, ens coneguerem estudiant de mestres al Consulat de Mar", o, els hi explicaves, que jo era la teva neta petita, que en tenies tres, una que ja tenia una nina, i una altra que vivia a França,....I així, fins a sis o set o deu o quinze cops en el recorregut, sense presses en les salutacions. Tu gaudies de trobar les amistats. Jo m'avorria, molt, moltíssim,  però, reconec que ara ho enyor i m'agrada rememorar-ho.
Passàvem per La Filadora, perquè volies comprar una tela per arreglar un forro d'un abrig, o pel Forn "La Palma de Oro", on compràvem unes agulles d'espinacs, i uns medritxos per berenar el diumenge matí i una duquessa per més tard. Tot seguit, travessàvem la Plaça Major, i passàvem pel Carrer Jaume II, on saludàvem uns veïnats que tenien una tenda de records de Mallorca. I, així, fins que al cap d'una hora de camí entre compres i "estacions" per saludar a les teves amistats, aconseguíem arribar a Dulces García.
Record perfectament el local, estret i llarg, a la dreta del Carrer Sant Nicolau, amb un mostrador, al costat esquerra de la porta, on exposaven les barres de torrons artesans, en forma de bloc, de diferents gusts i colors. El local devia tenir uns tres metres d'ample, per sis o set de llarg, dividit per una barra, entrant a l'esquerra, que d'any en any jo anava superant en altura,. Damunt el marbre s'acumulaven barres de torró exquisides. Tot estava folrat de miralls, de manera que el local semblava més gran. El propietari, un "tipo especial", alt i molt gros, amb barba frondosa, ulleres, calçons de tela i jersei de coll picat i camisa blanca, ens saludava i ens oferia les novetats i especialitats de la casa. Record com si els tengués davant, aquells torrons que tant t'agradaven: el de "yema tostada", una barra de color groc,  o el d'avellana, impossible de superar, el de "natanueces", el torró de Xixona, aquell que elaboraven tan fi i que era el teu preferit. O el de castanyes, més car i del que adquiríem un tros més petit. Per acabar, compraves una bosseta de Pasteles Gloria, uns pastissets finíssims, ensucrats i farcits de vermell d'ou, embolicats amb delicadesa amb un paper encerat i platejat, que deia "Pasteles Gloria" amb un dibuixet de colors vermells, blaus i blancs. Tot alló ho aficaves dins d'una de les bosses de xarxa que tu ja duies preparada dins del teu bolso. Pesava. Però, no importava, tu ja tenies el que tu volies, i , després de fer la xerradeta de rigor amb l'amo de la confiteria, ens acomiadàvem fins a l'any següent, "si Déu ho vol". Bones Festes i Feliç Any Nou.
I arrancàvem altre vegada escales del Pas d'en Quint per amunt, cap al Carrer de Jaume II, Plaça Major i Carrer de Sant Miquel, on feríem una aturada. Ens ho havíem merescut. Una xocolata ben calenta amb ensaïmada o coca de quarto al ja desaparegut Cafè Moka.  Aquella passejada era deliciosa. I tu, anaves tan contenta, de poder-te permetre, després de la dura pobresa de la vida de mestra, convidar-nos a tota la família a menjar uns torrons especials, per celebrar una jubilació que jo vaig gaudir per haver sigut la neta privilegiada, la teva neta petita. 
In Memoriam. Francisca Vidal Ferrà, 1899-1991.

dijous, 28 de novembre de 2019

Distopía

Me  detuvieron una noche. Estuve jugando en la casa de apuestas con mis colegas, bebí más de la cuenta y tomamos algo de coca, y con la euforia, aposté el dinero que ella me dió  en la máquina. Estoy jodido. La he jodido, para siempre. A la  mañana siguiente, la juez decretó orden de alejamiento para mí, y me mandaron a un centro con otros hombres que también han pegado o acosado a su mujer. No me dieron opción. No podré volver a acercarme a ella, ni a mis hijos. Me colocaron la pulsera y si me aproximase a ella, una alerta se dispararía y la Policía acudiría enseguida y me volverían a detener. Esta vez por incumplir mi condena. Y puede que entrase en prisión.
Ella se quedó en el piso, con nuestros hijos, para que pudieran continuar sus vidas, ir al colegio, y yo, la he jodido, no puedo verles más que el fin de semana, y sólo si no les interrumpo sus actividades. La verdad, me pasé tres pueblos. No hay vuelta atrás, he perdido todo, por ponerme hasta el culo de coca y alcohol, enfadado por haber perdido el dinero de la apuesta. Ella, a las 3 de la madrugada, me esperaba despierta porque no había vuelto con la compra. A mí eso me jodió, me jodió tanto que le di un empujón, y al caer se golpeó con la cabeza en el pomo de la puerta. Me asusté, gritamos ambos, mucho, ella me increpó diciéndome que me estaba consumiendo el dinero del alquiler y de la comida de mis  hijos. Sus palabras retumban en mi mente. "Te gastas lo que yo ahorro trabajando como una mula en verano en el hotel, y tú no eres capaz de encontrar ni un trabajo digno" Y tenía razón, pero, mi orgullo de macho y  mis voces internas me decían que yo soy quien manda en casa, y la volví a empujar, rojo de ira. "Cállate, PUTA, que das asco, sólo gritas, quítate de delante, no me molestes, quiero dormir!!!"
Y los gritos  despertaron  a los vecinos, y  llamaron a la Policía.
Mi hijo mayor se despertó, y se puso en medio, antes de que volviera a pegarle a ella, tenía ganas de romperle la boca de un puñetazo para que se callara.... Se me fue la olla, del todo.
Sonó el timbre, y él, mi hijo, llorando, abrió enseguida, con lo que la Policía entró en casa y me detuvo sin remedio. He arruinado mi vida, nuestras vidas, me da vergüenza. Mi hijo me ha visto pegar a su madre. Me pregunto si querrá verme cuando se mayor. Probablemente, no. Me da vergüenza.
Ahora tengo que pagar cuatrocientos treinta euros cada mes por el   alquiler de mi habitación en el centro,  y además, le tengo que pasar una manutención a ella para mis hijos, para que la vida de mis hijos pueda seguir igual, si no quiero ir a prisión.
Y la vida en el centro, no es nada fácil, cada semana entran tíos nuevos, los trae la policía, después del juicio. Algunos hasta le han partido la cara a su mujer, otros vienen de haber pasado unos meses en prisión, uno de ellos dice que le partió los dientes a su mujer, y pasó dieciocho meses encarcelado...cuando le escucho, me acuerdo de mí, a punto de romperle la boca a María, mi mujer, mi ex-mujer, porque ahora ya está en trámite el divorcio. Ella enseguida fue a pedirlo al juzgado, vaya! Se dio prisa la tía....otra deuda que voy a tener, pagar el divorcio. No vale de nada que yo no quiera, mejor dicho, me cuesta más si me niego, aunque ya me ha dicho el abogado que no vale de nada mi opinión porque la ley no me va a dar la razón. La lié, casi la reviento a golpes, no quería, pero se me fue la olla... Ahora voy al grupo de terapia...eso si que es duro... cómo cojones he llegado hasta este punto, en un grupo todo de hombres que lo han perdido todo, por perder el control, por armarla, por creerse que eran algo... unos mierdas es lo que son, ...lo que somos... unos mierdas... esto lo voy arrastrar toda la vida.
Y me da rabia....pensar que ella está en el piso, con los niños, y yo, aquí, en este sitio, lejos de casa, de mi ambiente, de mi familia, en un sitio en el que tengo que decir siempre a dónde voy, de dónde vengo, con quien voy....con horarios, con tareas compartidas de obligado cumplimiento, .... cómo he podido llegar hasta aquí? Me tratan como a un niño, a mis casi cuarenta, y teniendo que dar explicaciones a los educadores.... cómo he podido llegar hasta aquí?
Ahora, en el centro, me controlan el plan de ahorro, porque me dan un plazo máximo, ya ves, de sólo once meses para encontrarme un piso de alquiler en el que irme a vivir por mi cuenta, lejos de mi casa anterior, porque no me puedo aproximar a ella en dos años. Y el tema está jodido, porque dónde cojones voy a encontrar un alquiler por el mismo precio que pago en el centro, o sea, cuatrocientos treinta euros. Por este precio, ya lo he mirado, y lo único que encuentro son habitaciones realquiladas, en las que ni me voy a poder empadronar, además de tener que compartir baño y cocina con otros tíos que no conozco de nada! Me han comentado algunos compañeros que ya se han ido del centro a vivir en habitaciones compartidas, que hay mucho piso donde se trapichea con droga, o se alquilan camas calientes, de día unos, de noche otros,...vaya mierda...y cómo voy a pagar más si los trabajos que encuentro son una mierda, no llego a los mil euros, currando todo el día, repartiendo paquetes por toda la isla, ...la he jodido, la jodí bien jodida...., por creerme macho....

diumenge, 17 de novembre de 2019

Mi lugar en Fez.



Es el lugar, en la medina de Fez, una medina que contrasta con la locura moderna en la ciudad de contrastes.
Al cruzar por cualquiera de las puertas de la medina de Fez, el olor, el ambiente, el ruido, el trasiego, los colores, las personas, los burros, las motos, el agua en el suelo, las miradas, los roces, los empujones, los puestecitos de libros  alternándose con ropas, bolsos y zapatos, te encandilan al pasar. La sensación de que los sentidos no dan a basto, las miradas se cruzan, en un espacio interpersonal reducido,  el olfato, la vista, el oído y hasta la libido se ponen en alerta. Y, sin saber el rumbo, me dejo empujar y arrastrar por las personas,  turistas y locales, que junto a mí, rozándome el brazo, el bolso, los pies, me indican sin quererlo, el camino. De pronto, tantas sensaciones me hacen perder de vista a mis amigos fasíes. Se han detenido a hablar con unos amigos suyos que trabajan en esta mágica medina. Encontrarse con amistades es frecuente, y los saludos, son absolutamente protocolarios.
_ Labass?
_ Labass?
_ Ua, mezyane. Shokran. Bher?
_ Bher, Shokran. Kulchi mezyane?
_ Nam, bher! Alhamdollillah
_ Alhamdollillah!
Se besan en las mejillas, se rozan las manos (la derecha) y ambos interlocutores se tocan con la misma mano cada uno el pecho a la altura del corazón. Señal de amistad, de que se comunican sus afectos.
Me presentan:
_ Una amiga de España.
_ Bienvenida!
_ Shokran.
Intercambian unas frases en dariya y seguimos caminando. La misma operación se repite cinco, seis, siete, no sé, pierdo la cuenta de a cuántísimas personas se han encontrado y han saludado antes de llegar a nuestro destino
Y seguimos caminando hasta el lugar al que nos dirigimos, un lugar que quienes se han convertido hoy en mis guías particulares frecuentan, un lugar especial, para ir a tomar té. Nada más, un té, atthai, con menta, shiba, geranio y salvia. Me dicen que es un lugar especial. Y lo debe ser, porque llegamos y no podemos entrar. En el local apenas caben seis personas, es pequeño, acogedor, simple, auténtico. Lo regenta un hombre sencillo, Ba Abdellah, el señor Abdellah. Un señor, sí. Me explican mis amigos que Ba es una manera de llamar a los hombres a quienes se les debe un respeto. Ba Abdellah transmite ese respeto. Es un hombre de edad indefinida, no sé si tiene sesenta y muchos, setenta y bastantes. No lo sé. Pero al llegar, me siento arropada por él, por su apariencia, su acogida, como si me estuviera diciendo que por ir con quien voy, soy bienvenida.
Y al vaciarse el lugar, nos sentamos, e inmediatamente mis amigos entablan conversación con él. Yo me limito a mirar la escena. Me encantaría tener a un hombre como Ba Abdellah en mi familia. Parece una persona llena de sabiduría, de estas personas que crean ambiente sólo con su presencia. Es de estatura más bien alta, corpulento pero delgado, va vestido sencillamente, pantalones de pana, un jersey gris y una bufanda vistosa de lana encima, un gorro tradicional hecho de ganchillo, que tapa su discreta calvicie, aunque asoman unos cortos cabellos grises.  Mejillas sonrosadas, sonrisa radiante, mirada sincera, sencilla, amorosa. Me ha embelesado la energía de paz que desprende. No me quiero mover de allí. Contemplo, desde mi discreto y sencillo asiento, cómo hace el té. Utiliza shiba (una clase de artemisa), hierbabuena de hojas intensamente verdes, salvia, y, para mi sorpresa, hojas de ése tipo de geranio que huele a limón.
Estamos sentadas tres personas en el lugar. Tiene unas sillas de hierro forjado con unos cojines redondos desgastados por el uso, y unas mesitas redondas de mosaico andalusí. Todo muy simple, sin adornos ni estilismos. Los vasos, los de toda la vida, altos, con unas huellas en la base, no paran de trabajar. Se vacían se lavan y se vuelven a llenar de hierbas y agua hirviendo. En la base, para no quemarse, se colocan unos vasitos de latón brillante que envuelven el vaso de cristal. Así podemos sorber el té sin quemarnos las manos, aunque la lengua queda abrasada si no sabes sorber como ellos lo hacen.
El ritual es continuo. Ba Abdellah vigila una caldera al fuego constantemente, con agua hirviendo, que va sacando desde el grifo metálico a unas jarritas también de metal, que son las que usa para ir llenando los vasos en los que previamente ha colocado las hojas de las diferentes hierbas. Todas bien apretadas, parece que no cabe el agua. Va a servir los nuestros. Pregunta a mis acompañantes si quiero azúcar. Asiento, y enseguida, me entrega mi vaso, con su base de metal, y el té humeante y ardiente, que me consuela al tenerlo entre mis manos, porque hoy hace frío y llueve en Fez.
Y mis amigos siguen hablando con él, mientras yo, entre sorbo y sorbo de té, me quedo mirando la vida de la medina que asoma por el portal de la minúscula tetería. Definitivamente, es mi lugar en Fez.

dimecres, 13 de novembre de 2019

Un día en el Museo Mohamed VI de Rabat.

Era sábado, tercer día en Rabat, el pasado mes de enero, llovía a cántaros y mi idea de pasear toda la mañana por la medina de la ciudad se desvaneció. Pero en Marruecos siempre aparece un "Plan B" y  me surgió la oportunidad de visitar el Museo de Arte contemporáneo Mohamed VI. Leí que había una exposición temporal de tres pintoras, tres mujeres, de diferentes pueblos de Marruecos, ya fallecidas, cuya personalidad me atrajo. El "Plan B" prometía una mañana intensa.
Bajo la lluvia, mi amigo Hassane me dejó justo enfrente, de paso, cuando se iba a su reunión de la asociación de su barrio. El Museo abría a las diez de la mañana, así que acababan de abrir cuando llegué. Entré la primera, justo cuando abrían sus puertas. El personal del Museo, masculino en su totalidad, no tenía aspecto de estar muy motivado en explicarme nada. Me indicaron el precio (40 Dhm), pagué, dejé la mochila en taquilla y empecé a pasear entre obras de arte.
Pasé tres horas fantásticas contemplando pintura de diferentes autores marroquies, pero, sobre todo, la de las tres pintoras que me dejaron boquiabierta por su historia personal. Mujeres que ahora podrían tener unos 80 años y que dedicaron su vida a la pintura para transmitir el legado cultural de su lugar natal. Sus nombres son Chaibia Talal(1929-2004), Radia Bent El Houcine (1912-1994), Y Fatima Hassan El Farouj (1945-2011), toda ellas fueron niñas sin escolarizar, para convertirse, por su afición a la pintura, en mujeres rompedoras, con una personalidad desbordante a juzgar por lo que muestran sus obras y sus biografías. Me llevé algunas fotografías en el móvil para mostrar las pinturas a las mujeres de Mallorca, pues me dejaron fascinadas con los colores, los detalles y, sobre todo, las entrevistas y videos sobre sus vidas.


En el museo proyectaban en una de las salas, las entrevistas que hace unos años les hicieron en las televisiones a dos de ellas. Unas mujeres con una presencia que me atrajo. No entendía las conversaciones pues las entrevistas no estaban subtituladas, sin embargo me senté ante las pantallas para escucharlas. Son ése tipo de mujer que derrocha talento y seguridad. Me impresionaron mucho. En uno de mis paseos para volver atrás y volver a mirar los cuadros que más me llamaron la atención, se acercó a mi uno de los vigilantes del museo, quien, adivinando mi entusiasmo, me dice que me ha dejado hacer fotos pero que no haga más, porque se trata de una colección privada. Yo estaba dispuesta a borrar las fotos si me lo pedían, no sin antes explicarle el propósito de mi reportaje. Le comenté que trabajo con mujeres marroquíes en Mallorca, a quienes les encantaría poder ver esta exposición, Le expliqué que algunas de ellas escriben y les gusta el arte, y que sería un estímulo muy positivo ver sus pinturas ya conocer la vida de estas artistas.
Me preguntó si soy pintora. Sentí decepcionarle, le hubiera gustado poder decir que había conocido a una pintora, lo leí en su rostro. Pero mantuvo el interés cuando le expliqué lo importante que es para mí ver que mujeres que no han ido a la escuela, tengan estas salas para exponer sus pinturas, y que es algo que quiero transmitir a las mujeres marroquíes que viven en Mallorca, que ni se imaginan algo así por el poco acceso que han podido tener a la cultura. El hombre, curioso, como suelen ser los marroquíes,  se interesó por mi trabajo, me preguntó qué hago exactamente en Mallorca, qué contacto tengo con Marruecos. De manera natural, entablamos conversación, al más puro estilo marroquí, sometiéndome al interrogatorio habitual sobre qué conozco, de dónde vengo, qué hago, cuántas veces he estado en el pais, qué es lo que más me gusta y al final, al saber que trabajo en Manacor, tierra de Rafa Nadal, nos hicimos una foto juntos en la misma sala del museo. "No pinto pero escribo en un blog en el que  me gusta contar cosas de Marruecos", le dije. En Marruecos, interesarse por el país, su cultura y sus costumbres es baza segura para abrir puertas. Al final, el vigilante del Museo y yo mantuvimos una conversación muy interesante sobre las mujeres, la vida de ellas en Mallorca, la nuestra, las costumbres, y el trabajo que supone la acogida en un país extranjero.
Después de quedar retratados en el "selfie",  me acompañó hasta la entrada a otra sala, en la que se visita la exposición permanente. Me animó a regresar al Museo cuando vuelva a Marruecos. Lo haré, le digo, para ver nuevas exposiciones temporales.


dissabte, 5 d’octubre de 2019

Construyendo un proyecto con Marruecos II (con mi amigo Hassane)

Continuando con el relato del viaje en enero de 2019, esta vez entra en juego mi amigo Hassane, a quien conocí hace veinticinco años, en un campo de trabajo en Aranjuez. Como anéctdota, la primera vez que nos reencontramos, hace ahora cinco años, no sabíamos qué demonios habíamos ido a hacer a Aranjuez: mover piedras al lado de una laguna, como excusa para conocer personas de todo el pais, y de Marruecos. Y, lo mejor, nuestra amistad se mantuvo porque somos dos personas curiosas, en el sentido que nos gusta saber cómo vive la gente en otros países, podíamos interactuar en inglés, y nos gustaba escribir postales. No existían las redes sociales, y nos mandábamos una postal cada vez que viajábamos...¡Recuerdo su dirección en Rabat casi de memoria! (me sonrío al escribir esto). Alberto Mrteh, a quien menciono en este post más abajo, seguro se sonríe al leerlo, ¿verdad Alberto?

El primer día, visité con él un centro que atiende a infancia con discapacidad. Una realidad que sabía que es dura de antemano.  Me quedé con ganas de más: estuve una mañana con ellos en las sesiones de fisioterapia, a las que asisten las madres acompañando a las criaturas que en muchos casos, cargan a sus espaldas para llegar a las sesiones. Los profesionales me ofrecieron quedarme en sus salas de trabajo, fue un lujo poder compartir con ellos aquellos instantes en los que intercambiamos algunas inquietudes propias de quienes trabajamos con personas en situación de dificultad. Les decía que me encantaría poder mostrar su trabajo a profesionales colegas en Mallorca, para intercambiar opiniones, métodos y formaciones conjuntas, sería una manera de enriquecerse mútuamente. Me inquietó mucho ver a las madres, que llegan al centro dos o tres días por semana, desde diferentes lugares más o menos cercanos a Rabat, procedentes del campo o de la ciudad, cargando con los hijos a cuestas a falta de sillas de ruedas, ayudas técnicas que , comentamos, no solucionarían el problema de movilidad puesto que no se puede transitar en silla de ruedas en cuestas empinadas, en calles sin asfaltar o en escaleras imposibles.  Durísimas situaciones que aquí pasamos hace no tanto y que quizás  hemos olvidado.

De esta visita, escribiré otra entrada en el blog porque me hizo pensar mucho, y mi amigo Hassane, voluntario en el centro, me sugirió que le gustaría poner en marcha acciones con perspectiva de género. Pensé que con dar apoyo a las madres cuidadoras, ya tienen una gran tarea. Me admiraron los y las profesionales del centro, con una implicación y sobre todo , mucho amor a los niños y niñas allí atendidos. Y me llamaron la atención los ojos y las sonrisas de los niños y niñas mientras recibían fisioterapia, con sus  "oyoun zine", si no recuerdo mal , que quiere decir ojos bonitos. Agradecían con su mirada el trato recibido por sus cuidadores y cuidadoras. Emocionaba verles tan contentos.

Más  tarde, después de intercambiar algunas impresiones sobre la visita, fuimos paseando por  un barrio cercano al centro que habíamos visitado, pues yo tenía que cambiar mi dinero a Dirhams Marroquíes y cargar mi tarjeta de teléfono para poder hacer llamadas en el pais, mientras mi amigo Hassane esperaba a uno de  sus amigos y próximos fundadores de una asociación de barrio. Éste, alto, grande y muy hablador, parece que es el líder del encuentro, trae una cartera llena de papeles, y nos vamos a tomar un té con él en un café cerca del lugar, donde yo aprovecho para conectarme a internet, escribir en mi cuaderno y seguir organizando mi viaje. El hombre no para de hablar, leen los papeles, se reparten el trabajo, están entusiasmados, y el amigo, que vive en Marrakech y habla como una metralleta desde el fondo de su garganta, le propone a Hassane que sea el presidente. Mientras tanto, yo concreto la cita de mañana con Alberto Mrteh que me esperará en el Café Renaissance en pleno centro de Rabat, para comer juntos y después irnos al coloquio sobre un libro de Fátima Mernisi, mi musa en estos lares.

De regreso a casa, Hassane me comenta que no va a ser posible entrevistar a una de las madres que acuden al centro porque habría que pedir permiso a la fundación que la financia, que se entendería como una intromisión, por lo que me olvido de la propuesta, y lo dejamos para una próxima visita en la que se haya podido pactar tal encuentro. Mi deseo no es otro que el de conocer de primera mano y a través de sus vivencias, qué es lo que necesitan estas familias que se encuentran con la discapacidad de uno de sus miembros, sean hijos, hermanos o padres. Me puedo imaginar las dificultades si trato de meterme en su piel, pero vienen de realidades tan lejanas y responden a códigos culturales tan variados y distintos, que la única manera de saber es entrevistarse con las madres y escuchar, dejarlas hablar y abrirse a su mundo. Mi hándicap: todavía no hablo dariya, el dialecto que se habla en la calle.

Comemos toda la familia, compartimos un rato con la esposa y las hijas de Hassane, la mayor es estudiante de arquitectura, con un inglés perfecto, además del francés como segunda lengua. La pequeña aún está en secundaria, y es una apasionada lectora. No abandona su libro ni para almorzar, prácticamente come con él al lado. Me cuenta su madre que no tiene teléfono móvil todavía y que tal vez éso está ayudando a su afición por la lectura. Domina el francés a la perfección y sus lecturas las prioriza en este idioma. Tiene tan sólo 14 años. Me parece interesante comentar estos aspectos, pues en general, nos formamos una idea de la adolescencia en Marruecos que nada tiene que ver con lo que es en muchos casos.
Termino este post a una semana de volver a encontrarnos: Esta vez, Hassane me quiere "embaucar" para su proyecto con gente mayor. En Octubre sabré más.

dijous, 12 de setembre de 2019

La fiesta de la henna, el gineceo magrebí.

Me han invitado a la ceremonia de la henna, es la primera vez, estoy emocionada, como cada vez que recibo una invitación de ellas, de mis congéneres marroquíes, ya sea en Mallorca o en Marruecos. Pienso en cómo tengo que ir vestida, cómo me tengo que comportar, cuáles serán los pasos del protocolo a seguir, con cuántas amigas me voy a reencontrar. Esta vez se trata de una fiesta a la que sólo acudimos mujeres, para preparar a Jamila para la boda que tendrá lugar dos días después. Un honor que me hayan invitado, como mujer allegada a la familia de la novia.

Llegamos al portal de la casa, no importa saber la dirección exacta: basta ver el movimiento de mujeres y hombres, niños y jóvenes que van y vienen cargados con bebidas, comida, paquetes, recipientes para cocinar, viandas, dulces, y demás enseres necesarios para la ceremonia. El ascensor entre la planta baja y el cuarto piso  no deja de ir y venir, arriba y abajo,  suben y bajan invitadas, regalos, comida. Lo que se celebra hoy, es importante. Sólo acudiremos las féminas, hoy vestidas de fiesta, preciosas todas , con sus kaftanes de colores, sus tocados llenos de adornos, siempre a la última moda para colocarse el hiyab, a modo de turbante, con su trampa para embellecer los rostros. Pues pasa de ser una prenda que  cubre la belleza de la mujer, para convertirse, en días especiales, en un adorno que realza las facciones de todas ellas para mostrarse bellas ante preámbulo de una boda. Ojos y labios perfectamente maquillados, vestidos preciosamente combinados en colores vivos, con diseño según la  de este año: predominan el color verde carruaje combinado con rosa, detalles brillantes en las ropas, tules ensalzando el tejido, vestidos ceñidos hasta la cintura que se sueltan a partir de las caderas, cubriendo a la mujer hasta los pies. Se prepara  una celebración en toda regla. Y no hay hombres. Ellas se arreglan para sí mismas, para las demás, para realzar sus rasgos femeninos, su femineidad apabullante. Me siento siempre invisible a su lado, tengo que sacar mis dotes conversatorias, mis ganas de bailar y algunas palabras en dariya para mantenerme a la altura del ambiente que se genera en estos encuentros.

El de hoy, es el encuentro femenino por excelencia. La  casa entera se convierte en algo similar a lo que sería, imagino, un gineceo griego,  la estancia en la que se recluía a las mujeres en la Antigua Grecia, para resguardarlas o, más bien,  apartarlas del espacio publico. Pero algo que no pueden conocer los hombres, por ser excluídos, es la energía tremendamente potente y apabullante que se genera en estos espacios, en los que solamente estamos nosotras, mejor dicho, ellas, mujeres tribales, sensuales, explosivas, jóvenes o mayores unidas aunque sólo sea por estos instantes.

Hoy se trata de vestir a la novia, acicalarla, atenderla, cuidarla y desearle lo mejor para la vida a partir de ahora. La fiesta de la henna forma parte del ritual tradicional de  la boda de la mujer marroquí. Como no estamos en Marruecos, no podemos llevarla al hammam para que sea masajeada allí con jabones y aceites . Aquí, una vez se ha arreglado el cabello en su casa, se la viste con un precioso vestido largo, blanco, con el que se la distinguirá del resto de invitadas, y se sentará, con su melena negra y  suelta sobre los hombros, en el sofá preparado para la ocasión.

Y, mientras vamos esperando a que lleguen todas las invitadas, desde diferentes lugares de la isla, e incluso desde Alicante , Barcelona, Bélgica y Holanda, una amiga tatúa con henna las manos de la protagonista, con unos tatuajes de filigrana, dibujos improvisados que parecen un zelig o mosaico árabe o andalusí plasmado en los dedos, en las manos, en las muñecas y  parte del antbrazo. Perfectas formas de flores, de hojas, de dibujos en espiral, adornarán sus manos estos días.
El resto de invitadas, una vez la novia está tatuada, vamos pasando de una en una por las manos de la tatuadora de henna, y nos dibuja también motivos vegetales en nuestras manos. Como símbolo de que hemos estado allí y somos parte de la fiesta.

Una vez estamos todas, van apareciendo los platos de suculenta comida, pollo con cebolla y almendras, cous cous con verduras, y algo de ternera. No podemos comer más, y aparece la fruta, después el te y las pastas, ésas verdaderas obras de arte que ha elaborado Ibtissem para la ocasión.

Y, se apartan las mesas, se sube el volumen de la música, y, una de las mujeres más mayores, sin pudor y sin vergüenza, se levanta moviendo hombros, manos y caderas: empieza el baile. El calor es asfixiante, pero la fuerza generada en aquella sala sólo se puede canalizar bailando, todas, al unísono, mientras las más tremendas van a buscar los panderos de piel de cabra, y forman un grupo musical en un minuto. Empieza la fiesta, mujeres de toda edad bailando, moviendo los vestidos al ritmo de las caderas y los hombros de una manera que sólo saben hacer ellas. Siento en estos momentos, la gran satisfacción de ser mujer y tener el privilegio de alimentarme de energía femenina, de erotismo y sensualidad a flor de piel, fluyendo por la simple ausencia de hombres en el recinto. Nos invade la euforia, somos mujeres, vamos a celebrarlo y desearle a la novia lo mejor para la nueva vida, aunque sepamos, para nuestros adentros, que nada es lo que parece.