diumenge, 16 de desembre de 2018

Perversión, deseo, amor...

Cuando se vio frente a la  sonrisa de él, sintió que algo se movía en su bajo vientre, entre sus piernas, como si ya lo hubiera notado antes. Salió a relucir con una simple mueca, una media sonrisa que escondía sorpresa, ante eso que ella, tan inútilmente, había tratado de no sentir, de esconder. Había empezado a conocerse a sí misma, trataba de estar atenta a lo que su cuerpo le decía, era el que señalizaba las emociones, ése, justo ese cuerpo que tanto tiempo trató de callar, porque le avergonzaba, emitiendo señales que ella identificaba con el secreto, con lo que no se debe hacer, con lo que no se debe saber, con lo que no se puede contar, con lo que no tenía permiso para sentir.. 

Fue, como si de repente, le viera con ojos distintos de los que lo pudo ver la primera vez. Sabía que no valía evitar, que era evidente, que era posible, que aquello que él le había propuesto por teléfono de manera segura, descarada y atrevida, que tan duramente había rechazado, podía pasar... Esta vez , pensaba, no quería arrepentirse de lo que no se atrevería, en todo caso, prefería pedir perdón a pedir permiso, estaba segura de lo que hacía, había conseguido traspasar la barrera del miedo. 

La química se mostraba abiertamente mediante el acercamiento entre ella y él, se percibía desde fuera el interés por contarse, por acercarse, por reírse, por mirarse a los ojos, dando a entender que entre ambos surgió un libidinoso deseo. Esta vez, a diferencia de las anteriores, se trataba de asumir con tranquilidad, dejar fluir y suceder todo aquello que podía ser. Sin forzar, sólo permitiendo que pasara.

Le invadió, de repente, una energía que sólo recordaba en la adolescencia, la que le provocaba reírse sin motivo y sin poder parar, de manera nerviosa, cruzando bromas, miradas, que daban a entender que el deseo carnal estaba presente en ella,  en su cuerpo, en sus sentidos.

Aun así, su coraza, su carcasa, no estaba del todo deshecha. Era, creía recordar, la misma que la protegía desde que tenía conciencia de su atracción por el sexo opuesto, por los hombres, en plena efervescencia adolescente. Era algo que tenía que disimular, no podía mostrar interés, era algo que "nunca", se decía a sí misma, "me voy a permitir que se note". Mostrar interés por alguno de sus amigos era algo absolutamente pecaminoso, había tenido que jugar a esconder el deseo, por miedo a enfrentar su propia perversión. Un temor que, aún en aquel momento de su madurez, le perseguía. Temía quedarse a solas con él, porque sabía que el encuentro íntimo era inevitable, ella sería incapaz de dejarse sentir, al tiempo que sabía que no podría decirle que no, aun cuando su cuerpo se separara de su mente,  de sus sensaciones y dejara de respirar para no poder obtener placer. 

Aquellos momentos de la tierna infancia, en los que él la llamaba para provocarse placer, para que  ella, menuda y paralizada, simplemente, lo presenciara, para que su mera presencia fuera motivo de éxtasis,  aquellos momentos,  se daba cuenta ahora, le crearon una patológica adicción. Eran instantes eternos, durante los cuales  ella se sentía especial, "flashes" de la memoria que quedaron en el fondo de su ser, frenándola para desarrollarse, para brillar como ser único, como un ser más. Eran los momentos en los que su cuerpo le regalaba señales placenteras, combinadas, con la adrenalina que  genera hacer algo excitante a escondidas, unido a un sentimiento de culpa, manifestado corporalmente con un nudo en la garganta, el rubor y la parálisis casi estática de sus piernas, la respiración contenida y la mirada perdida para no encontrarse consigo misma, buscando auxilio para salir de donde en realidad, no quería estar.

Muchos años después, algunos novios después, sucesivos encuentros íntimos sin placer y demasiados coitos sin éxtasis, pudo identificar ésa desconexión emocional y corporal,  con el verdadero deseo. Pudo darse cuenta de que su mente se desconectaba rápidamente del mismo, cualquiera, por simple que fuera,: del deseo de bailar desenfrenadamente al escuchar música, de cantar en voz alta, de abrazar estrechamente a sus amigas, de besar locamente a quien le apetecía, de escribir sus pasiones, de entrarle al hombre de sus sueños, de entregarse al placer sexual, de brillar en lo que le hacía sentír sublime, de gozar la vida, de sentirse viva,  para no entrar en la culpa, en la vergüenza y en el miedo. Su cuerpo conservaba la memoria del miedo, se paralizaba de manera automática, primero desde la  cintura hasta los pies, clavándoselos en la tierra, para después dar señales a la sinrazón y que inventara excusas para dejar de sentir. Darse placer, seguir sus anhelos, cumplirlos, era luchar contra el miedo, contra la culpa, contra la tristeza, contra las ideas perversas que su mente, desde niña,  había ido consolidando con los años. El placer para ella era algo perverso, era pensar que se apoderaba del otro, de la otra, de las cosas, que las usaba para su propio disfrute.

Un día, cercano a aquel en que él se bajó del coche con la mirada clavada en la de ella, entendió que ése miedo era proyección, que  se había acostumbrado a dar placer esperando amor, reclamando aquello que yo no era capaz de darse. Se prometió ternura para sí misma , se amó, por primera vez en mucho tiempo, y sintió por unos instantes, que amar es un regalo, que amar  sin anhelo, que tratarse con amor es en sí mismo, una expresión de generosidad. Y fue así como dejó por un momento su coraza y se entregó al amor sin freno, al éxtasis descontrolado que tantas veces había parado por miedo a despertarse culpable de haber amado.


dimarts, 27 de novembre de 2018

Dime de quién hablo....(los guías del desierto)

Erg Chegaga, las dunas de M'hamid
Aziz tenía diez años, cuando empezó a pasear turistas montados en camellos por los alrededores de su poblado. Él  es el mayor de los seis hijos de Abdelkader y Fadma. Nació en las dunas de M'hamid  El Guizlane, en un poblado nómada, en un lugar de Marruecos fronterizo con el desierto, cerca de la frontera con Argelia.
M'hamid el Guizlane, o Taragalte según su topónimo Amazigh original, es un pueblo pequeño, con su kashba casi subterránea, de calles estrechas, con casas hechas de adobe, unidas entre sí por el techo, para que no entre el sol abrasador en las callejuelas, en los ardientes meses del largo verano. El pueblo es tan pequeño, que todos se conocen o son familia, "demasiado pequeño", me comentaba Aziz  "porque siempre alguien descubre lo que quieres hacer a escondidas".
Camino al poblado nómada
Fue un niño listo, muy listo, avispado, como eran los chicos de su edad en aquel lugar donde , durante su infancia, el contacto con el resto del país se reducía a una televisión y una o dos líneas de teléfono en todo el pueblo, y al paso de algunas caravanas de vehículos que se adentraban en las dunas para vivir una aventura.
Apenas aprendió a leer y escribir en los pocos meses que fue a la escuela. Tenía poca paciencia, prestaba más atención a los camellos, los pastores y los jeeps que pasaban de vez en cuando que a las lecciones en la pequeña haima habilitada en el oasis, un lugar seco y árido, con algunos tamarindos y acacias,  junto a un pozo que proporcionaba agua a la tribu nómada. Aziz soñaba con conducir uno de esos jeeps, hacer carreras por las dunas con sus amigos, perderse en el horizonte entre la arena y respirar libertad al adentrarse en el medio que le dio la vida, el mágico y silencioso desierto del Sahara.
Su padre, Abdelkader o  Abdel, se dedicaba a cuidar camellos que servían para transportar mercancías entre núcleos habitados por nómadas, o , para pasear turistas ávidos de sensaciones exóticas, aventureras , o místicas incluso.
Fadma, su madre, además de cuidar de las cuatro hermanas y un hermanito de Aziz, hacer pan, lavar ropa, cocinar y atender a la abuela de Aziz, salía a vender un día a la semana al zoco de mujeres para vender o intercambiar con otros mercaderes, los camellitos de lana y algunas artesanías más para complementar la escasa economía familiar. Atravesaba la agreste y pedregosa hamada hasta alcanzar andando siempre con alguno de sus hijos a la espalda, para llegar antes de que el calor abrasara, y no regresaba hasta la tarde, por el mismo motivo: evitar los implacables rayos de sol que se reflejan en la arena, cegando la vista durante el día.
Los días pasaban despacio para todas las gentes de Taragalte. El ritmo de actividad lo marcaban las estaciones del año, los rallies de vehículos "trotadunas" que pasaban de vez en cuando , los festivales de música en primavera y en otoño, y , cómo no, la llamada a la oración desde la mezquita. Era en este momento en el que se respiraba una absoluta quietud, la actividad del pueblo se detenía por unos instantes.
Se escuchaba al almuédano o muecín,  cantando el "Al-Dhan", mientras  los hombres cesaban su actividad y acudían a la mezquita para orar una de las cinco veces que se producía la llamada. La de la tarde, al ponerse el sol, era una de las más conmovedoras, por la quietud del lugar, la luz crepuscular reflejada sobre las fachadas de las casas de adobe, que tomaban un color dorado, brillante, deslumbrante, incluso. El polvo que movía el viento cuando cambia la temperatura, los niños jugando en la calle aprovechando el descenso de la temperatura, podían conferir al pueblo un aspecto de desolación incluso, sin embargo, era paz lo que se respiraba, o calma, una absoluta calma.
Todos estos momentos, evocaban los pueblos del lejano oeste, donde nada pasaba, donde las horas no transcurrían, donde a lo lejos sólo se veía arena, dunas, y más arena, donde no se escuchaban más que las voces humanas y el cacareo de las gallinas que convivían con sus habitantes.
Cada año aumentaba ligeramente el número de visitantes de todas partes del mundo: ingleses, franceses, americanos, españoles.... y Aziz, avispado él y con ganas de comerse el mundo, fue aprendiendo, a su manera  y sin método, diferentes idiomas. Empezó por aprender los saludos, después los números: primero en inglés, después en francés, alemán, español.... se trataba de aprovechar al máximo a la gente que pasaba por allí, no desperdiciar ninguna ocasión de adentrarse con ellos en el desierto, guiarles, ganar unos dirhams y tratar de ahorrar para conseguir su sueño: un jeep que le permitiera ganarse la vida en su casa, en la hamada, en el Erg, enmedio de la nada.
Y así fue como empezó su negocio, a medida que el país iba mejorando en comunicaciones, se instalaron más líneas telefónicas, creció el número de campings e instalaciones hoteleras, campamentos en las dunas, todo ello acelerado por el acceso a internet y a darse a conocer por todo el mundo. Así fue como nació su empresa familiar, y pudo empezar a mantener a sus hermanas para que pudieran ir a la escuela, aprender a leer y escribir y estudiar en Zagora para orgullo de su hermano y de sus padres.
Un campamento en Erg Chegaga
Mientras, Aziz fue ampliando su negocio, creando un camping en el desierto con el que , además de llevar a turistas a vivir una experiencia insólita, proporcionaba bienestar a su familia y  a la de los nómadas que fueron a trabajar con él manteniendo el campamento, cocinando entre dunas y paseando en dromedario a extranjeros que buscaban experiencias "auténticas".
El ambiente que se crea en este lugar del mundo es conocido entre los grupos de viajeros y sobre todo de viajeras por la leyenda, o por la propia experiencia, del hechizo que provoca el desierto, y las pasiones que se desatan en las dunas entre guías y visitantes femeninas, no importa procedencia o edad... Forma parte del viaje para unas, y parte de la vida para otros. Si no, pregúntenle a Aziz, o a Mohamed, o a Yassin, o a Hassan, o a Ismail, o a Youness.....

dimecres, 21 de novembre de 2018

La memoria del miedo.

El cruce de frases, acontecimientos, y las circunstancias en las que se produjo aquella situación, formaron un cóctel instantáneo, una reacción química, cercana a la ya vivida en otros momentos.

Recordaba la imagen como un fogonazo. Ella mostró su malestar ante unas palabras que vivió como ofensivas, trató de decir basta, lo dijo varias veces. La situación se había vuelto demasiado incómoda para ella, no sabía cómo había podido llegar hasta allí. Ya lo había vivido antes, durante una larga etapa que, si bien empezó con amor, al final le costó lágrimas, dolor, insomnios, desánimo, desazón, tristeza.

Se propuso salir de ahí, al principio casi sin fuerzas, pero con firmeza.  Se dijo a sí misma que no volvería a pasar por el mismo túnel, tenía todas las alertas en marcha para que, si algún día eso pasaba, se dispararan como una alarma de incendios, y la avisaran de que allí había posibilidad de asfixiarse, de quemarse.

De pronto, un fogonazo ante un cóctel explosivo, como un relámpago en una tormenta perfecta, la hizo saltar hacia atrás, para quedarse en un segundo plano, contemplando la imagen y escuchando aquellas palabras como si de una voz en off se tratara. Era como si le hubieran quitado un antifaz después de permanecer a oscuras durante semanas.

No podía recordar los detalles, ni la cara de su interlocutor, ni la gente alrededor, sólo la reacción química que aquel cóctel había producido dentro de su cuerpo. Fue la emoción traducida en neurotransmisores lo que la hizo reaccionar.

Afortunadamente, durante sus sesiones de terapia para salir de la oscuridad, había tenido la ocasión de tomar consciencia del funcionamiento de su cuerpo. Sabía qué órganos se ponían en alerta, en movimiento, en tensión según la emoción que le provocaban ciertas situaciones. Una sensación de parálisis en las piernas primero. Era la memoria del miedo, el que  identificaba ahora con facilidad, tras una larga lucha por salir del shock, aquél que le producían palabras, para ella, agresivas. Aquellas que vivió siendo niña, adolescente, mujer después. Inmediatamente, atravesando el miedo, sentía, automáticamente, sin poder evitarlo, como si un resorte lo provocara, un pinchazo en el pecho, el estómago encogido, un nudo en la garganta que le impedía articular palabras congruentes, inteligibles, coherentes, acordes con el momento, con la emoción.  Era, ya lo sabía,  el preámbulo de la tristeza, de la profunda congoja, aquella que únicamente  te pueden provocar  las personas a las que quieres, cuando no te tratan como sientes que mereces.

No podía volver a pasar por ello con la intensidad de años atrás, no tenía fuerzas. O, tal vez las tenía, pero no quería  malgastarlas en soportar y luchar contra ello, debía buscar la puerta de salida, rápidamente,  cerrar la puerta cortafuegos,  la que le protegería de aquellos instantes que habían desencadenado la tormenta perfecta, la reacción química corrosiva, tóxica, hiriente.

Saltó hacia atrás, salió de ahí y gritó, con todas sus fuerzas hacia adentro: ¡Basta!

Entonces, la calma, la serenidad, la satisfacción de saberse a salvo, generaron el antídoto emocional al miedo.


diumenge, 18 de novembre de 2018

Amor a primera vista.

Traspassar aquella porta fou per a mi una immersió en un altre món, tan distint i tan proper al meu.
Es tal el continu anar i venir de persones a ca teva , que gairebé sempre la trob oberta, porta empesa, guardant la intimitat, deixant una encletxa per tal que el món alrededor es filtri com ho fan les retxes de sol per la finestra.

La sensació d'arribar a casa, treure'm la roba del damunt, i les capes que em protegeixen de l'exterior. Perquè amb tu, amb vosaltres, no calen proteccions. Una senzilla mirada als ulls , tu dins els meus, jo dins dels teus, i la completa nuesa, queda al descobert. La sensació que la primera vegada que ens mirarem era la que feia vint, o cent, enèssima creuada de mirades entre germanes que es senten còmplices per un passat comú, un passat del que no és necessari que diguem una paraula perquè tu i jo sabem quin és.

Record aquell primer dia, aquell dia en que els teus ulls cridaven als meus, i em vaig quedar enganxada a una conversa sense paraules. Erem dues dones, una davant l'altre, com dues imatges d'un mirall, simètriques, en dimensions distintes, que es reflecteixen una amb l'altre, una dins de l'altre, i així, infinites vegades, que es repliquen iguals, des de fora cap a dins, profundament, fins a l'ànima.

Des de llevors, les converses entre tu i jo sorgeixen espontàneament, m'interessa tot de tu, si ets tu qui m'ho conta. Tu i jo hem viscut en temps paralels, a dimensions distintes, com ens reflexa el mirall, un cop ens hem tret les capes que ens han protegit del món.

I me contes, la duresa de la partida, la duresa de l'arribada. Quan tu i jo no ens enteniem, quan el món al teu voltant gairebé no existia, quan les teves filles eren la finestra al món, quan ansiaves contar com et senties.

I així, tu i jo ens varem connectar: tu amb les teves ganes de compartir. Jo amb les meves ganes de saber de tu, volia posar paraules al que els teus ulls me contaven.

I així hem arribat, a un moment de les nostres vides en que formam part de la mateixa història, que la teva i la meva comencen i continuen allà mateix. Però això ho sé ara que tu i jo hem decidit que som família, no sabem des de quan , però ho ambdues ho sabem.



El feix.

Barrunta el meu interior,
sense motiu aparent,
amb el motiu latent,
el mateix motiu,
el sempre present,
el que brolla de l'inconscient
el que fent-se conscient, m'incomoda.
Perquè el dolor és inherent,
el patiment, inevitable,
necessari, per seguir creixent,
per seguir endavant,
tot i mirant enrera,
contemplant d'on venc,
sense voler-hi tornar,
sense enyorança,
amb el feixug record
del passat intransigent
que aflora sobtadament
quan un motiu el fa present.
Ara, vull saber,
quan temps el carregaré,
quan temps romandré
amb aquest feix
que no em meresc
que  tan temps he soportat
que és seu,
que és d'ells dos,
que ara no vull més
Ara vull saber,
quan em permetré
allò que em meresc,
això  que tenc
que encara no em crec
aquesta llibertat
que per mi, és un present.



Disculpin les molèsties, la societat ens està assassinant.

Aquests dies estam de dól, Mallorca està de dól, les companyes de na Sacri, estan de dól, les filles de na Sacri, estàn de dól... Ell, Rafael Pantoja,  ha assassinat a na Sacri, a cara descoberta, davant tohom, davant les seves companyes. Ell ha deixat dues nines esperant a casa, a que ella sortís de la feina.
Imagin com els familiars de na Sacri  els hi han hagut  de dir que mai més no la tornaran a veure. I la víctima es comptabilitzarà com a una. Les filles seràn un altre estadística. La família afectada, les companyes, la clientela, no constaran a cap llista de persones afectades pel crim. Un assassinat d'aquestes característiques, afecta al voltant de l'assasssinada, al més immediat, i al no tan proper.

Qui se'n responsabilitza de tot aquest drama? Ara, imagin als pares de na Sacri, o familiars, havent de donar la notícia a les nines, per a partir del mateix divendres a les 16,30, haver de refer les seves vides, sense poder aturar-se un moment, i fer-se càrrec d'unes criatures a qui un home,  ha mort la seva mare..... 
I què passa amb l'entorn de l'agressor? de l'assassí? Què ens passa com a societat que criam , alimentam, a persones com en Rafael? 

No puc contenir les llàgrimes, és més , no les vull contenir, sent una ràbia immensa, que gairebé no sé cap on he de dirigir. Cap a ell? Cap a Rafael Pantoja,  l'assasí de na Sacri? No!, No me basta. Tothom hi tenim a veure.   

Ni na Sacri, ni l'entorn de'n Rafael varen saber identificar el potencial assassí que s'amagava dins d'ell. Pot ser na Sacri va intuïr el perill i va posar denúncies a la Policia, quan les rodes del seu cotxe aparegueren buides i quan va veure el seu telèfon a un cartell anunciant sexe.... Segurament, no va arribar a poder veure la seva capacitat de matar-la. Perquè ens pensam sempre que això pot passar a una altre, no a mi....

L'assasí, l'assetjava. El sistema, la societat, no hem pogut protegir-la. 
Dilluns em costarà molt començar la setmana, plena d'històries que em duran a pensar en na Sacri. 

dimarts, 13 de novembre de 2018

Ellas

Ellas, en aquel lugar del mundo, donde apenas llegaban extranjeros, donde no llegaba la luz ni el agua corriente,  donde la naturaleza se mostraba salvaje, las mujeres casadas y sus hijas mayores,  se levantaban a las cuatro de la mañana, una hora y media antes de que anocheciera. Los gallos recién se desperezaban para  cantar, mientras ellas encendían el fuego para calentar el comal , en  la cocina, el lugar alrededor del cual iban a pasar casi por completo, el resto del día. Aquel fuego pasaba prendido la mayoría del tiempo, envolviendo a la comunidad en un olor a leña y humos, aromas que salían de los comales para hervir la leche, hacer el café, cocer los frijoles y tostar las tortillas. Mientras tanto, los demás habitantes de la comunidad, se iban despertando. Se escuchaban las primeras noticias, en aquellos días de invierno, sobre la invasión a Kuwait,  en los sobrevivientes transistores a pilas, alternadas con algunas canciones para empezar el día, acordes de canciones antiguas, de son cubano, de cumbias o de los coetáneos merengues de Juan Luis Guerra.
La jornada empezaba a oscuras, el sol tardaría aún una hora en salir. En aquellos momentos de penumbra, los más pequeños de la casa acudían al establo a buscar la ración de leche para el desayuno de la familia. Hacían cola los más chigüines con el cazo en la mano, esperando a que don Catalino, don Lucio o Don Ramón ordeñasen las dos vacas de la cooperativa y les repartiesen equitativamente la leche que tocaba a cada familia según el número de miembros, pero, sobre todo, de escolares.
Ellas, las esposas, las madres, las hermanas, las hijas, las comadres, se encargaban de preparar todos los alimentos para la prole: después de los cafés con leche, o de la leche con pinol, se tostaban las tortillas sobrantes del día anterior, se untaban con crema o se comían con queso. Ellas, seguían, ahumándose,  delante del comal, mientras se aseguraban de que todos los cipotes se habían aseado, peinado y desayunado, para partir a la escuela rural, a una hora andando desde el núcleo de casas que formaban la comunidad.
Ellas, sin parar, sin detenerse,  recogían solas la cocina y se llevaban el maíz naxtamalizado que habían hervido durante horas el día anterior, en un balde, sobre la cabeza, hasta el molino, a media hora de casa. El encuentro con las otras mujeres del entorno, hacía más llevadera esta dura tarea, se iban encontrando y uniendo en el camino hasta el punto neurálgico del pueblo, en donde un molino mecánico  no dejaba de funcionar en toda la mañana. El molino era atendido por otra mujer, que las esperaba con una sonrisa cómplice, pues era el lugar y el momento de ellas, cuando se compartían pecados, quejas, pasiones, desamores, peleas, afectos, confidencias y sinsabores. Era, el lugar de ellas, como en otros lugares podría ser el horno de pan, el lavadero junto al río, el pozo lejano, el hammam, ...
Ellas, regresaban a casa con el maíz molido, charlando durante el camino, con las compañeras de regreso, sin detenerse, para volver a las cocinas, cada una a la suya y empezar la tarea diaria. Como si se sincronizasen , llenaban la comunidad de un ritmo inconfundible, era el palmeado de las tortillas: pampampampampam, tatatatatata...pampampam...y vuelta a empezar. Convertían la masa del maiz molido en finas tortillas de masa aplanada sobre las maderas de las cocinas. Primero, una bola de  masa del tamaño de un puño, después, con los dedos, las aplanaban sobre un disco de fino plástico del tamaño de un plato, y empezaba el tamboreo, haciendo rotar el disco hasta dejar la masa fina, a punto para tostarla hasta hincharse y dorarse sobre el comal. Todo ello, sin parar de atizar el fuego para ir cociendo los frijoles, el arroz y , si , aquél día había habido suerte, hervir un caldo con un trozo de pollo o de carne de res.
Ellas, a las once de la mañana, preparaban un plato de frijoles con arroz, con gallopinto si era sábado,  lo tapaban con las tortillas y un trapo limpio, y lo subían a la milpa, donde los maridos trabajaban bajo un sol implacable, el campo de maíz, de tomates o de hortalizas. Les llevaban la comida, todos los días, de lunes a sábado, el agua y el café para el almuerzo, recorriendo el camino que ellos habían recorrido en la madrugada para llegar antes de que el sol abrasara al campo de cultivo.
Ellas, regresaban después de que ellos almorzaran, a la humilde vivienda, para preparar el plato a la tropa de hijos e hijas escolares, para que, por la tarde, les ayudaran a ellas en las tareas pendientes: alimentar el ganado, limpiar los establos, cuidar los huertos, lavar la ropa en el río, ir a buscar agua al pozo con las mulas, preparar la cena. Los hombres, después de la milpa, se reunían en el patio de la hacienda, a la sombra, a descansar, mientras la vida en la comunidad no se detenía.
Llegaba la noche y con ella, la hora de las plàticas, donde el tiempo parecía detenerse: se compartían los momentos finales del día en el patio, o en la sala de la radio, para compartir noticias, recibir al vecindario y relajarse entre conversaciones profundas sobre la existencia, la vida en otros lugares, o el recuerdo de antiguos visitantes, ésos que traían novedades y rompían la monotonía de vez en cuando en aquel recóndito lugar del mundo.