dilluns, 8 de juliol de 2019

El concierto del verano.

Me había pasado meses estudiando, sentía el cansancio en las extremidades, en el cerebro, las ideas no fluían con facilidad, una pesadez mental se había apoderado de mí, impidiéndome ver lo que pasaba a mi alrededor, como si me hubiesen metido dentro de un bote de jabón negro.
El calor empezó en aquellas semanas a subir los termómetros, la humedad en el ambiente era casi insoportable, las calles quemaban por la tarde, el asfalto se veía brillante desde lejos, como en aquellas imágenes del desierto, en las que se pueden ver grandes espejos de agua en la distancia. En casa, en la zona de mi dormitorio, el tejado y las paredes irradiaban el calor hacia el interior, provocando o bien el letargo, o bien la huída urgente, a la biblioteca, a la piscina del pabellón municipal, o a un café con aire acondicionado. Alcanzaba tal grado  la temperatura durante el día, que  durante la noche no daba tiempo a refrescarla, aun manteniendo las ventanas abiertas de par en par, los ventiladores rodando, el deshumidificador recogiendo el agua del ambiente y cuantos inventos caseros se idearan. El calor estaba cociendo las paredes de la casa, y a mí misma, como si de hervir un huevo se tratara, así era la sensación de mi cerebro.
Una de estas tórridas tardes, me llegó un mensaje de un antiguo jefe : concierto en un convento, de música clásica, a beneficio de una Ong, un domingo al ponerse el sol. "Bien", pensé, "voy a ir." Me va a ayudar a relajarme, y además, en los conventos e iglesias, se está fresquito. Y la música clásica, me ayudará a relajar la tensión neuronal, en estos días de tensa espera de resultados del examen.
Compartí el cartel, por si alguien se animaba a ir conmigo, lo colgué en las redes. Y, ahí estuvo el "quid" de este relato. Varias personas me pusieron un "Me gusta". Fueron diez o doce, no recuerdo, no me importa, porque uno de ellos fue quien me hizo sonreír. Venía de lejos, de lejos en el tiempo, lejos en el espacio, lejos en el recuerdo. Venía de mi primer amor, de alguien con quien no he vuelto a  tener contacto en treinta años, pero de quien conservaba el teléfono porque un día él me lo hizo llegar a través de un mensaje privado. Y no me lo pensé dos veces, busqué su nombre en los contactos guardados en el móvil , y llamé.
Fue curioso, porque hay cosas que siempre permanecen en el recuerdo, y entre ellas, las voces de las personas con quienes has mantenido relaciones estrechas. Familia, amistades, relaciones amorosas, son voces que registramos sin fecha de caducidad, en los rincones del cerebro, que se activan con un "Hola".
Al otro lado, alguien descolgó, saludó con una expresión general "Dígame?". Le dije, como si hubiésemos estado hablado ayer, si me reconocía. Me contestó que no, claro, yo andaba con ventaja, pues era yo quien marcaba la llamada. Me presenté. Se creó un silencio. Un largo y profundo silencio, de los que acercan a dos personas que se quieren, que se han querido, que han compartido momentos especiales de la vida, cuando la juventud nos invadía los cuerpos, cuando todavía teníamos la vida por delante, con todos los planes por hacer, por cumplir. Aunque no fuese juntos. El tiempo pasado en común, las ideas compartidas, las llamadas por teléfono, tantos momentos vividos, se hicieron presentes durante los intensos segundos de silencio inicial.
El contenido de la conversación fue irreproducible, irrelevante tal vez, significativo sin embargo, simple, sincero, entrañable. La vida ha pasado, cada uno la ha vivido a su manera, mejor dicho, la vive a su manera: con vorágine, con tranquilidad, con rutinas, con imprevistos, imposible resumirla en una llamada.
El motivo de contacto fue lo de menos. Lo importante es que la vida pasa, todo pasa, pero los afectos quedan, y la amistad profunda, permanece. Y los conciertos de música clásica se pueden presenciar en cualquier lugar, en cualquier época del año.
Revisemos calendarios, agendas y guías de ocio. Alguno habrá a nuestro alcance. 





dijous, 6 de juny de 2019

Ternura.

Cuántas veces, 
saboreo un poema, 
disfruto un libro, 
una puesta de sol, 
el mar meciéndose en la playa, 
y me permito que me conmueva,
sin protección, sin miedo.
Cuántas veces pongo freno
a que sea alguien quien me conmueva
sabiendo que desaprovecho 
el goce que produce
que su alma me roce
tan siquiera un instante,
suavemente, 
deslizándose inquietante, 
silenciosa, invisible,
cogiéndome desprevenida, 
sin protección y sin remedio.

dissabte, 11 de maig de 2019

Telouet

Antigua entrada, hoy derruída.
El calor aquella vez,  era absolutamente sofocante. Llevábamos seis días viajando, utilizando todos los medios de transporte que nos permitía el pais. Llegamos por mar, en un ferry que partía desde Algeciras, para visitar Azla, después Rabat, de casa en casa, visitando amistades, recorriendo el pais de Norte a Sur, con la intención de visitar el desierto. 
Las temperaturas amenazaban con amargarnos el viaje, sin embargo, el trayecto era tan atractivo en paisajes y gentes que casi no nos daba tiempo a prestarle atención al calor. El bullicio de Marrakech fue lo peor del camino. El sol abrasador del mes de agosto, junto con las motos, los olores, el trasiego de personas de un lado a otro, se hacía insoportable. 
Y aún teníamos que descender más hacia el Sur, en unos días en que los lugareños sólo buscaban la sombra y, quienes podían, se trasladaban al Norte para pasar los peores días del verano. 

Interior del Palacio del Pachá Glaoui
La ruta al desierto desde Marrakech nos pareció una alucinación. Los colores de la montaña, primero arcillosos, para , más arriba tornarse rojos , y lentamente, volver a degradarse paulatinamente  mientras se desciende,  hasta alcanzar el color de la arena, creaban un ambiente propio de un cuadro de Rafel Joan. Pensaba, mientras nuestro conductor , Ismail, nos adentraba en el valle de Telouet, en cómo debían ser aquellos caminos antes de los vehículos a motor. Estrechos, sinuosos y silenciosos, atravesando valles , descendiendo precipicios, caminando los hombres al paso de dromedarios, burros y, tal vez, caballos en las zonas más frondosas de la cordillera del Atlas.
El camino hacia Telouet es un viaje a través de la historia geológica de la cordillera. El paisaje cambiante deja a la vista las diferentes formaciones de piedras. pizarra, arcilla, cantos rodados, rocas, y arena, mucha arena, que iba quedando atrás , alzándose al pasar con nuestro vehículo por el maravilloso valle de Telouet que recibe el  nombre del pueblo. Desde las curvas que descendían de la carretera principal hasta el valle, nuestros ojos alcanzaban a ver entre la polvareda y la canícula, todo el lecho del río. Las laderas del valle de color rojizo, contrastando con las terrazas cultivadas, los álamos, las cañas y los campos de cultivo, las casas de adobe camufladas en el paisaje, no nos permitían pestañear. Eran las diez o las once de la mañana, y desde lejos ya veíamos el vapor de agua reflejando un espejismo en la distancia. Las ventanillas del coche cerradas para que no entrase en el vehículo la polvareda que habían dejado unos motoristas que nos adelantaron, nos permitían aislarnos del exterior abrasador. Y pasamos junto al pequeño pueblo de Telouet, al que me prometí a mí misma, regresar cuando la temperatura me permitiera caminar por sus callejones y visitar el Palacio que allí se anunciaba. 

un instante de vida en Telouet
Y regresé a los pocos meses, esta vez en abril, un día de bajas temperaturas, en el que la nieve se presentó sin avisar. La luz del amanecer iba dando color a los campos cultivados. Desde el salón del albergue, podía ver a unos niños que se iban a recoger parte de lo sembrado. Me levanté temprano para ver la luz del sol reflejarse en las paredes del Palacio del Pachá Glaoui. Quedé fascinada la primera vez que vi las murallas de la antigua kashba derruidas. En uno de los laterales del recinto, quedaba meses atrás el dintel de la puerta de entrada al palacio. Ahora ya no quedan más que escombros, a causa de las fuertes lluvias. Esta es la parte que más me apasionó del lugar: observar las ruinas de un pasado no tan distante, que están llenas de historias de viajeros que pasaban en ambos sentidos, cargados de mercancías de incalculable valor, a expensas de un sol maldito, o de una inesperada nieve que te paralizaba por completo en este pueblo recóndito en medio del Atlas. 
Para mirar el valle, sin ser visto.
Un callejón rodeado de ruinas y casas de adobe te lleva hasta el palacio del Glaoui. A él se entra por un patio, que, a través de pasillos y escaleras, te conduce a unas estancias aún bien conservadas, que no tienen nada que envidiar al Palacio Bahía de Marrakech. Al entrar en el palacio desde el  entorno tan rural que lo rodea ,  un guía lugareño te va explicando con pasión la historia, el significado de cada estancia, las estancias de la mujeres, la sala para recibir a las expediciones, para hacer transacciones comerciales, los corredores, la terraza sobre el valle, las ventanas con celosías para mirar sin ser vista. Dicen que El Glaoui hizo su fortuna por su gran inteligencia comercial. Telouet era paso de caravanas de mercancías que venían desde el desierto , con destino a Essaouira, puerto que facilitaba las comunicaciones con Europa. Y, comenta Aissa, el guía del lugar, que allí se quedaban mármoles, maderas, telas, mientras los europeos se llevaban especias, perfumes y sal, artículos perecederos que en absoluto tenían el valor de las mercancías que se quedaba el Pachá. No es extraño que algunos textos señalen al Pachá como a un auténtico cuatrero. Su vida de esplendor se refleja en un palacio ahora en ruinas que nadie se ocupa de mantener. 
Visitarlo es como estar entre dos mundos. Si no has estado, trata de verlo. 



dissabte, 27 d’abril de 2019

El algoritmo del AMOR.

Todo parecía predeterminado, como si ante cada posible reacción, se hubiesen ideado estratégicamente, respuestas para reducir aquellas que resultaran adversas al sistema implantado. Existía un entramado invisible, celosamente guardado, secretamente creado, absolutamente blindado, al que sólo unas pocas personas tenían acceso. 

Se encargaban de estudiar los movimientos humanos, como si de un algoritmo se tratara, prediciendo con el análisis de grandes datos, cómo  los individuos de ésa comunidad iban a  actuar, de manera infalible, inevitable. 

Las estadísticas eran capaces de predecir el futuro, por lo que la introducción de nuevas variables, provocaba, inexorablemente, nuevas reacciones, o anulaba las elegidas, las que eran adversas a la perpetuación del sistema. 

Los estudios sobre los comportamientos de los sistemas biológicos,  no estaban al servicio de una mejora en las condiciones de vida, contrariamente a lo que los devotos de esas teorías pensaban. Más bien al contrario, usando los datos obtenidos de las observaciones minuciosas de los comportamientos de los sistemas vivos, se pretendía conducir a los mismos hacia una indefensión, hacia un aislamiento que evitara las uniones para perpetuar la supervivencia de sus miembros, pues la estudiada introducción de nuevos elementos provocada por ésa red perversa y dominante, sólo se centraba en la supervivencia del sistema, al margen de la de las unidades que la formaban. 

El entramado del poder, buscaba el algoritmo más  peligroso, basado en la explotación de todas las variables, de todos los elementos disponibles al servicio de la perpetuación del sistema, aquel que podía decidir cómo perpetuar la supremacía de los mejores, de los iluminados, de los que , desde su cobarde escondite, manejaban los invisibles hilos que tratan de manejarnos. 

La perversión era tal que primero concedieron una serie interminable de privilegios, de entretenimientos que, sin que las mentes de los objetivos se percataran, les iban anulando poco a poco la voluntad. Se trataba de ir introduciendo maliciosamente y de manera muy calculada, unas pantallas que resultaban irresistibles a las mentes más débiles, atractivas visualmente,emisoras de mensajes, imágenes y sonidos repetitivos asociados a respuestas que provocaban una satisfacción inmediata. Poco a poco, se les dio a los propietarios de las pantallas la posibilidad de ser populares a través de las comunicaciones con otros seres lejanos, conectados a través de otras pantallas, en las que se proyectaban los individuos en forma de imágenes ficticias de ellos mismos, transformando sus crudas realidades. Entonces, nuevas variables, creadas por el análisis de los datos vertidos por los mismos individuos en las redes de comunicación, se usaron en favor del Poder. Y el Poder,  al  conocer los deseos íntimos y las debilidades de los individuos dependientes de las pantallas, pudieron provocar que actuaran al servicio del sistema implantado, sutilmente esclavizados, adictos a las luces y sonidos que las pantallas producían, descolectivizando las necesidades, anulando toda posibilidad de rebelión, provocada por la incomunicación entre seres de una misma comunidad. 

Sin embargo, un atisbo de luz ultravioleta podía provocar la reacción de todos aquellos seres sensibles a su destello, aquel que  conectaba con la vida y  la supervivencia del grupo, a los sentimientos y la razón, desbaratando y destruyendo el algoritmo del poder,  tratando de cortar todo el hilo de conexiones centralizadas hacia el núcleo de la red, para , en un error o colapso del sistema, generar una fuerza colectiva , imposible de prever con las estadísticas, pues la variable del amor no se había contemplado como objeto de análisis. Restaurar el Amor entre seres sería la única posibilidad del grupo para sobrevivir al algoritmo destructor.  

dilluns, 22 d’abril de 2019

Quan es faci fosc.

Partia corrensos per la carretera, fugint dels meus dimonis, a les fosques, dimonis que em persegueixen des de la infància quan me n'adonà que tot es començava a tornar negre, obscur i trist. Semblava que sense voler, jo mateixa me creava aquest món pesat, feixug, insuportable, del que sempre vaig voler fugir i al que tantes vegades, inconscientment, la culpa, el sentiment de no poder-me permetre la felicitat, m'hi feia tornar. Però aquell dia, per primera vegada, vaig fugir, vaig iniciar el meu camí de partida, pensant que no volia tornar-hi, que la vida se m'escapava tornant sempre al mateix lloc, on la càrrega acceptada es feia insuportable, on l'aire de la casa havia tornat espés, on la seva presència em sobresaltava, provocant-me tensió just per el fet d'escoltar el meu nom. 
I, sí, aquell dia, quan la seva ombra es va posar a escridassar , em vaig aixecar  i sense pensar-ho, com si les forces de l'Univers m'empenguèssin o estirassin, vaig pensar ¡prou!, agafant les claus del cotxo, al temps que sortia per la porta, a les fosques, per arrancar i sortint a tota velocitat per les carreteres estretes, sense saber ben bé cap a on anar. La foscor em donava seguretat, pensava , era el que coneixia, era el més familiar. La foscor era trista, però no podia pensar amb la llum, anava conduint per allà on ningú me ves, on no pogués veure a ningú, i fugia, fugia, sense saber de que, sense saber cap a on. La foscor me donava seguretat, fent que m'aferràs a ella. I vaig arribar, per camins estrets, al penyasegat, on la mar era abaix, calmada, silenciosa, bella, reflectint la llum de la Lluna que es mostrava allà davant, com si hagués estat ella que me cridàs i em digués: "Vine, a l'obscuritat hi ha bellesa, hi ha calma, queda't aqui, respira , mira l'horitzó". Davant mi tenia la resposta, tenia la calma, una calma que només jo podia donar-me, només si la cercava. 
Me brollaven llàgrimes de ràbia, una ràbia que em va empènyer a passar la por, a embestir-la. 

Davant la mar, tots els meus pensaments em varen venir a l'hora, la vida em va passar per davant com si fos una pel·lícula, com si algú em volgués mostrar com m'havia mantingut en un paper secundari, sense prendre decisions, amotllant-me a la vida dels altres, per no fer mal, per passar desapercebuda, per evitar la lluita, per evitar el conflicte. Com la nina que es va trobar amb la foscor i no sabia que a fora,  ben aprop, hi havia llum. La llum transforma tot allò que toca, creant un món nou, on els esquemes de la foscor no hi caben, on, en lloc d'anar a les palpentes, es pot anar de front, on els costats obscurs queden a l'ombra, una ombra que tan sols un poc de llum fa visible, revetllant que cada persona en té una, que no es pot amagar, i que és més visible com més forta és la llum, que ens persegueix per sempre i que no ens podrem treure de sobre mai, només quan està fosc, i tot és penumbra, entregant-li la nostra ombra . Ho aprenem de ben petits: quan jugam a desferrar-nos la, si la miram de cara, ens reconeixem en ella, en tots els nostres gestos, en tots els nostres moviments, fins que, per esgotament, verificam que està lligada a noltros i que mai ens la podrem treure de sobre. Acceptar-la, mirar-la de front és el que ens permet acceptar-la, tant la pròpia com l'aliena. Podem jugar a trepitjar-la, a perseguir-la, a tapar-la... i tammateix, continua lligada als nostres peus, a les nostres mans, dibuixant la nostra silueta, més llarga o més deformada, segons d'on vengui la llum.

Tractava d'entendre, perquè totes aquelles històries em semblaven idèntiques, partien de la mateixa arrel, de la mateixa realitat fosca en la que qualsevol de nosaltres un dia, de sobte, es pot trobar. Pot ser la foscor ens envaeixi de sobte, pot ser la por ens returi, ens clavi de peus a terra, ens estiri cap al forat negre quan més desitjam sortir a la llum. I, pot ser la llum la portam damunt o dedins, i pot ser són els altres que tenen por que la nostra llum els ilumini, pot ser tenguin por d'enlluernar-se si ens encenem, pot ser la nostra lluentor és el que han volgut apagar, pot ser les altres persones pensin que no les necessitam per lluir, per iluminar, per mostrar la llum pròpia. Pot ser no la volen veure, pot ser pensin que la seva mirada no la resistirà. Pot ser siguin elles, les que ens tenguin por. 


Pot ser un dia pugui entendre quins són els mecanismes que encenen la pròpia llum, per poder-hi veure quan es faci fosc. 


dissabte, 20 d’abril de 2019

Sabores que transportan.

Saboreando un pequeño pastel, de textura complicada, excesivamente dulce, con ralladuras de pulpa seca de coco, mezclada con yema de huevo, azúcar, y otros ingredientes no identificados, voy paladeando, tratando de mantener el bocado el máximo de tiempo dentro de mi boca, para que las papilas gustativas vayan recogiendo toda la información sobre lo que estoy comiéndome. Trato de evocar la memoria gustativa, aquella que, al igual que la memoria olfativa y memoria visual, nos traslada a otros momentos, otros lugares y otras situaciones, lejanas en el tiempo, pero grabadas en algún rincón de nuestra mente gracias al impacto de las emociones que envolvían ése momento de placer, o de miedo, o de disgusto.

Y, en pocos minutos, me he encontrado en la parada del bus ejecutivo, detrás de la Alcaldía de Cali, haciendo cola a las siete de la tarde, esperando a que pasara mi autobús con destino a casa, casi treinta años antes. Era mi lugar habitual todas las tardes de lunes a viernes. Allí paraban casi todas las líneas de bus que te trasladaban del centro a la periferia, por lo que nos congregábamos unas cincuenta personas a esta hora, guardando riguroso orden de llegada, para subirnos al vehículo que recorría nuestra línea. Era un punto neurálgico, en el que nos saludábamos quienes solíamos encontrarnos a diario, sin entretenernos demasiado porque cada cual tenía ganas de llegar a casa cuanto antes. Lo único que hacíamos era comprar en alguno de los puestecitos de venta ambulante que se colocaban alrededor de la parada, generalmente regentados por mujeres o por niños y niñas, que ofrecían algún que otro tentempié, no siempre el mismo: empanadas fritas de papa con masa de maiz, fruta pelada, mango verde con sal, pan de bono, arepas, chicles y caramelos, los bocadillos o dulce de guayaba con queso, o las empalagosísimas cajetas de coco, hechas con volutas de coco seco envuelto en panela de azúcar derretida y desecada, dándole a los dulces un aspecto casi artístico. De estos dulcísimos manjares se encargaban las mujeres negras, descendientes  de los  esclavos abandonados en el puerto  de Buenaventura, en la Costa Pacífica, que se fueron desplazando a Cali para vender sus frutas en la calle,  ataviadas con anchas y largas faldas, su pañuelo en el pelo, su pelo ensortijado, y sus facciones gruesas, labios y bocas prominentes, de sonrisa y carcajada contagiosa, con un humor extraordinario que provocaba que cualquiera que pasase por sus puestos se detuviese a comprarles lo que fuese con tal de establecer conversación con ellas. Eran, y son, según me consta,  la alegría de la ciudad, con sus canciones publicitarias, a grito pelado, anunciando "La paaaltaa, la rica paaaaltaaa", "la piña, la piña!", "dulces, dulces, el coco, el coco!!! ", pisándose las frases las unas a las otras, abriéndose paso en la calle entre ruido de motores viejos de buses, busetas, camiones, y carros (coches, en colombiano), con sus andares salerosos, moviendo las faldas al ritmo de sus indescriptibles caderas. Realmente, era un espectáculo verlas caminar con sus panas (recipientes) llenas de fruta, sobre su cabeza,  y acompañadas por algunos de sus hijos más pequeños, a veces colgados sobre su costado o arrastrados literalmente para avanzar por la calle, entre el trasiego de gente saliendo de trabajar. Imágenes mezcladas con colores, aromas, sonidos y sabores. 

Sin dejar de paladear mi pastel de coco en la boca, mi mente se ha detenido en aquél lugar, aquél dia preciso en que llegué la primera a la parada del autobús, y , en los hierros de la marquesina, uno de los hijos de las vendedoras ambulantes  estaba marcando con sus puñitos un ritmo más africano que latino , con una percusión improvisada en plena calle, ajeno al entorno, sólo concentrado en marcar la cadencia de una de las canciones de moda del momento: "La negra Tomasa", que enseguida reconocí provocándome una sonrisa. En pocos minutos, la cola de personas de todos los días se fue formando, entre bailes y movimientos de cadera, siguiendo la  orquesta que aquella criatura negrita, de pelito rizado, ojos vivarachos y pies descalzos, había creado para nosotros. Puro arte callejero, sin más añadidos que su talento natural afroamericano. 
Todo ello, evocado a través del pastel de coco que me acabo de comer. 

divendres, 19 d’abril de 2019

Un viaje decisivo.

Abdesalam fue nuestro conductor aquellos días desde Nador hasta Fez, ida y vuelta, en un coche de los años '80, restaurado, estrecho, pero infalible, fiel como ninguno. Nos acogió a las cuatro, en poco espacio, el que después me di cuenta que cada viajero ocupa en un colectivo, el medio de transporte más habitual en Marruecos. Así que aquel vehículo fue durante seis días, nuestro colectivo particular, nuestro espacio de relación, nuestra ventana al oriente marroquí, en unos momentos en los que ser turista en aquella zona, antes de llegar a Fez y Meknés,  resultaba extraño a los ojos de las personas que por aquellas zonas habitan.

Abdesalam, se fue convirtiendo por mérito propio,  en nuestro mejor acompañante. Era un hombre de unos 60 años, alto, delgado, enjuto, con un aire un tanto quijotesco, serio, poco sonriente al principio, aunque con un aire cercano que se desprendía de su mirada atenta. Recuerdo perfectamente cómo iba vestido: una chaqueta, o parka, o abrigo, de color marrón, una o dos tallas grandes para él, que debía medir algo más del metro ochenta y cinco. Bigote gris y grueso, acabado en línea recta, afeitado, con pómulos algo prominentes que destacaban sobre sus mejillas secas y surcadas por la vida. "Es de Tánger", nos dijo su cuñada y a la vez,  compañera nuestra en el trabajo y en el viaje.  Conociendo su procedencia, entendí inmediatamente por qué su aire me resultaba familiar. Parecia un personaje sacado de la novela "Déjala que caiga" de Paul Bowles, que describe la ciudad tangerina y las vidas lúgubres y no tan exóticas de algunos de sus personajes. Abdesalam, con su chaleco gris, sus camisa granate arremangada, sus pantalones de pinzas impecables y su aire colonial, le dan un aspecto de actor de cine. Me resultó muy agradable su presencia, y me sentí enseguida atraída por lo que debió ser su mundo antes de llegar a Nador y casarse con una de las hermanas de mi amiga. Creo que si supiera dariya, me pasaría, aún hoy día,  largas horas charlando con él de la vida en Tánger por ahí en los 70. Una vida que  seguro estuvo llena de anécdotas, de vida nocturna, de absenta en las trastiendas, en los locales clandestinos en los que el alcohol circulaba con normalidad, para deleite de la colonia europea y americana residente en Tánger. No lo podía evitar y la imaginación se me disparaba al mirarle, como si le viera hablar con Paul Bowles.

Pues bien, con esta compañía, fuimos visitando a las familias con quienes establecimos relación a través de nuestro trabajo en Mallorca, adentrándonos en los poblados más rurales de Saka, Ein Zohra, Driouch, por caminos intransitables, imposibles de alcanzar sin nuestro guía y conductor. Sin embargo, en los primeros días, Abdeslam se mantuvo prudente, observador, distante pero cuidadoso, atento a nuestras necesidades, agasajándonos con la habitual hospitalidad marroquí. No entendía demasiado bien qué buscábamos adentrándonos en la vida cotidiana de las familias que visitábamos. No dejaba de insistir en que estábamos viendo lo feo de Marruecos, que en Fez podíamos ir a ver la medina, que Fez El Bali es precioso, y que Meknés merecía una visita. Sin embargo, a los dos o tres días de conducirnos de casa en casa, de familia en familia, y observar nuestro interés por lo cotidiano, por lo habitual, por el entorno natural de quienes han migrado a Mallorca, su actitud hacia nosotras fue de absoluta dedicación. Se sentía parte de nuestro proyecto, que no era otro que comprender las dinámicas familiares de quienes migran, conocer a la parte de la familia que ha quedado en el país. Y así fue, Abdeslam, la pieza central que hizo girar el engranaje de nuestro proyecto, el guía protector, que nos facilitaba el camino, nos acompañaba, nos explicaba, nos observaba, se sentaba a comer con nosotras, tratando de explicarnos cómo debíamos actuar para ser aceptadas en lugares en los que nunca se veía a una extranjera, cómo debíamos comportarnos para no herir a nadie, para mostrar respeto hacia la pobreza que visitamos, para que nadie se sintiera invadido en su intimidad.
Abdesalam no sabía leer el árabe, pero sí sabía leer a las personas. Era, un hombre sabio.
Aún le recuerdo la noche que regresamos a Mallorca, en la puerta del aeropuerto de Nador, esperando a que pasásemos el control para embarcar. Me di la vuelta porque su mirada me llamaba, él estaba de pie, con sus ojos fijos en nosotras, su tesoro mejor cuidado, para asegurarse de que nos dejaba con todo en orden. Le miré, me emocionó su mirada tierna, y su sonrisa cómplice, al levantar la mano para despedirse y decir, sin hablar: Beslama! (Hasta luego).