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diumenge, 17 de novembre de 2019

Mi lugar en Fez.



Es el lugar, en la medina de Fez, una medina que contrasta con la locura moderna en la ciudad de contrastes.
Al cruzar por cualquiera de las puertas de la medina de Fez, el olor, el ambiente, el ruido, el trasiego, los colores, las personas, los burros, las motos, el agua en el suelo, las miradas, los roces, los empujones, los puestecitos de libros  alternándose con ropas, bolsos y zapatos, te encandilan al pasar. La sensación de que los sentidos no dan a basto, las miradas se cruzan, en un espacio interpersonal reducido,  el olfato, la vista, el oído y hasta la libido se ponen en alerta. Y, sin saber el rumbo, me dejo empujar y arrastrar por las personas,  turistas y locales, que junto a mí, rozándome el brazo, el bolso, los pies, me indican sin quererlo, el camino. De pronto, tantas sensaciones me hacen perder de vista a mis amigos fasíes. Se han detenido a hablar con unos amigos suyos que trabajan en esta mágica medina. Encontrarse con amistades es frecuente, y los saludos, son absolutamente protocolarios.
_ Labass?
_ Labass?
_ Ua, mezyane. Shokran. Bher?
_ Bher, Shokran. Kulchi mezyane?
_ Nam, bher! Alhamdollillah
_ Alhamdollillah!
Se besan en las mejillas, se rozan las manos (la derecha) y ambos interlocutores se tocan con la misma mano cada uno el pecho a la altura del corazón. Señal de amistad, de que se comunican sus afectos.
Me presentan:
_ Una amiga de España.
_ Bienvenida!
_ Shokran.
Intercambian unas frases en dariya y seguimos caminando. La misma operación se repite cinco, seis, siete, no sé, pierdo la cuenta de a cuántísimas personas se han encontrado y han saludado antes de llegar a nuestro destino
Y seguimos caminando hasta el lugar al que nos dirijimos, un lugar que quienes se han convertido hoy en mis guías particulares frecuentan, un lugar especial, para ir a tomar té. Nada más, un té, atthai, con menta, shiba, geranio y salvia. Me dicen que es un lugar especial. Y lo debe ser, porque llegamos y no podemos entrar. En el local apenas caben seis personas, es pequeño, acogedor, simple, auténtico. Lo regenta un hombre sencillo, Ba Abdellah, el señor Abdellah. Un señor, sí. Me explican mis amigos que Ba es una manera de llamar a los hombres a quienes se les debe un respeto. Ba Abdellah transmite ese respeto. Es un hombre de edad indefinida, no sé si tiene sesenta y muchos, setenta y bastantes. No lo sé. Pero al llegar, me siento arropada por él, por su apariencia, su acogida, como si me estuviera diciendo que por ir con quien voy, soy bienvenida.
Y al vaciarse el lugar, nos sentamos, e inmediatamente mis amigos entablan conversación con él. Yo me limito a mirar la escena. Me encantaría tener a un hombre como Ba Abdellah en mi familia. Parece una persona llena de sabiduría, de estas personas que crean ambiente sólo con su presencia. Es de estatura más bien alta, corpulento pero delgado, va vestido sencillamente, pantalones de pana, un jersey gris y una bufanda vistosa de lana encima, un gorro tradicional hecho de ganchillo, que tapa su discreta calvicie, aunque asoman unos cortos cabellos grises.  Mejillas sonrosadas, sonrisa radiante, mirada sincera, sencilla, amorosa. Me ha embelesado la energía de paz que desprende. No me quiero mover de allí. Contemplo, desde mi discreto y sencillo asiento, cómo hace el té. Utiliza shiba (una clase de artemisa), hierbabuena de hojas intensamente verdes, salvia, y, para mi sorpresa, hojas de ése tipo de geranio que huele a limón.
Estamos sentadas tres personas en el lugar. Tiene unas sillas de hierro forjado con unos cojines redondos desgastados por el uso, y unas mesitas redondas de mosaico andalusí. Todo muy simple, sin adornos ni estilismos. Los vasos, los de toda la vida, altos, con unas huellas en la base, no paran de trabajar. Se vacían se lavan y se vuelven a llenar de hierbas y agua hirviendo. En la base, para no quemarse, se colocan unos vasitos de latón brillante que envuelven el vaso de cristal. Así podemos sorber el té sin quemarnos las manos, aunque la lengua queda abrasada si no sabes sorber como ellos lo hacen.
El ritual es continuo. Ba Abdellah vigila una caldera al fuego constantemente, con agua hirviendo, que va sacando desde el grifo metálico a unas jarritas también de metal, que son las que usa para ir llenando los vasos en los que previamente ha colocado las hojas de las diferentes hierbas. Todas bien apretadas, parece que no cabe el agua. Va a servir los nuestros. Pregunta a mis acompañantes si quiero azúcar. Asiento, y enseguida, me entrega mi vaso, con su base de metal, y el té humeante y ardiente, que me consuela al tenerlo entre mis manos, porque hoy hace frío y llueve en Fez.
Y mis amigos siguen hablando con él, mientras yo, entre sorbo y sorbo de té, me quedo mirando la vida de la medina que asoma por el portal de la minúscula tetería. Definitivamente, es mi lugar en Fez.

dimecres, 13 de novembre de 2019

Un día en el Museo Mohamed VI de Rabat.

Era sábado, tercer día en Rabat, el pasado mes de enero, llovía a cántaros y mi idea de pasear toda la mañana por la medina de la ciudad se desvaneció. Pero en Marruecos siempre aparece un "Plan B" y  me surgió la oportunidad de visitar el Museo de Arte contemporáneo Mohamed VI. Leí que había una exposición temporal de tres pintoras, tres mujeres, de diferentes pueblos de Marruecos, ya fallecidas, cuya personalidad me atrajo. El "Plan B" prometía una mañana intensa.
Bajo la lluvia, mi amigo Hassane me dejó justo enfrente, de paso, cuando se iba a su reunión de la asociación de su barrio. El Museo abría a las diez de la mañana, así que acababan de abrir cuando llegué. Entré la primera, justo cuando abrían sus puertas. El personal del Museo, masculino en su totalidad, no tenía aspecto de estar muy motivado en explicarme nada. Me indicaron el precio (40 Dhm), pagué, dejé la mochila en taquilla y empecé a pasear entre obras de arte.
Pasé tres horas fantásticas contemplando pintura de diferentes autores marroquies, pero, sobre todo, la de las tres pintoras que me dejaron boquiabierta por su historia personal. Mujeres que ahora podrían tener unos 80 años y que dedicaron su vida a la pintura para transmitir el legado cultural de su lugar natal. Sus nombres son Chaibia Talal(1929-2004), Radia Bent El Houcine (1912-1994), Y Fatima Hassan El Farouj (1945-2011), toda ellas fueron niñas sin escolarizar, para convertirse, por su afición a la pintura, en mujeres rompedoras, con una personalidad desbordante a juzgar por lo que muestran sus obras y sus biografías. Me llevé algunas fotografías en el móvil para mostrar las pinturas a las mujeres de Mallorca, pues me dejaron fascinadas con los colores, los detalles y, sobre todo, las entrevistas y videos sobre sus vidas.


En el museo proyectaban en una de las salas, las entrevistas que hace unos años les hicieron en las televisiones a dos de ellas. Unas mujeres con una presencia que me atrajo. No entendía las conversaciones pues las entrevistas no estaban subtituladas, sin embargo me senté ante las pantallas para escucharlas. Son ése tipo de mujer que derrocha talento y seguridad. Me impresionaron mucho. En uno de mis paseos para volver atrás y volver a mirar los cuadros que más me llamaron la atención, se acercó a mi uno de los vigilantes del museo, quien, adivinando mi entusiasmo, me dice que me ha dejado hacer fotos pero que no haga más, porque se trata de una colección privada. Yo estaba dispuesta a borrar las fotos si me lo pedían, no sin antes explicarle el propósito de mi reportaje. Le comenté que trabajo con mujeres marroquíes en Mallorca, a quienes les encantaría poder ver esta exposición, Le expliqué que algunas de ellas escriben y les gusta el arte, y que sería un estímulo muy positivo ver sus pinturas ya conocer la vida de estas artistas.
Me preguntó si soy pintora. Sentí decepcionarle, le hubiera gustado poder decir que había conocido a una pintora, lo leí en su rostro. Pero mantuvo el interés cuando le expliqué lo importante que es para mí ver que mujeres que no han ido a la escuela, tengan estas salas para exponer sus pinturas, y que es algo que quiero transmitir a las mujeres marroquíes que viven en Mallorca, que ni se imaginan algo así por el poco acceso que han podido tener a la cultura. El hombre, curioso, como suelen ser los marroquíes,  se interesó por mi trabajo, me preguntó qué hago exactamente en Mallorca, qué contacto tengo con Marruecos. De manera natural, entablamos conversación, al más puro estilo marroquí, sometiéndome al interrogatorio habitual sobre qué conozco, de dónde vengo, qué hago, cuántas veces he estado en el pais, qué es lo que más me gusta y al final, al saber que trabajo en Manacor, tierra de Rafa Nadal, nos hicimos una foto juntos en la misma sala del museo. "No pinto pero escribo en un blog en el que  me gusta contar cosas de Marruecos", le dije. En Marruecos, interesarse por el país, su cultura y sus costumbres es baza segura para abrir puertas. Al final, el vigilante del Museo y yo mantuvimos una conversación muy interesante sobre las mujeres, la vida de ellas en Mallorca, la nuestra, las costumbres, y el trabajo que supone la acogida en un país extranjero.
Después de quedar retratados en el "selfie",  me acompañó hasta la entrada a otra sala, en la que se visita la exposición permanente. Me animó a regresar al Museo cuando vuelva a Marruecos. Lo haré, le digo, para ver nuevas exposiciones temporales.


dissabte, 5 d’octubre de 2019

Construyendo un proyecto con Marruecos II (con mi amigo Hassane)

Continuando con el relato del viaje en enero de 2019, esta vez entra en juego mi amigo Hassane, a quien conocí hace veinticinco años, en un campo de trabajo en Aranjuez. Como anéctdota, la primera vez que nos reencontramos, hace ahora cinco años, no sabíamos qué demonios habíamos ido a hacer a Aranjuez: mover piedras al lado de una laguna, como excusa para conocer personas de todo el pais, y de Marruecos. Y, lo mejor, nuestra amistad se mantuvo porque somos dos personas curiosas, en el sentido que nos gusta saber cómo vive la gente en otros países, podíamos interactuar en inglés, y nos gustaba escribir postales. No existían las redes sociales, y nos mandábamos una postal cada vez que viajábamos...¡Recuerdo su dirección en Rabat casi de memoria! (me sonrío al escribir esto). Alberto Mrteh, a quien menciono en este post más abajo, seguro se sonríe al leerlo, ¿verdad Alberto?

El primer día, visité con él un centro que atiende a infancia con discapacidad. Una realidad que sabía que es dura de antemano.  Me quedé con ganas de más: estuve una mañana con ellos en las sesiones de fisioterapia, a las que asisten las madres acompañando a las criaturas que en muchos casos, cargan a sus espaldas para llegar a las sesiones. Los profesionales me ofrecieron quedarme en sus salas de trabajo, fue un lujo poder compartir con ellos aquellos instantes en los que intercambiamos algunas inquietudes propias de quienes trabajamos con personas en situación de dificultad. Les decía que me encantaría poder mostrar su trabajo a profesionales colegas en Mallorca, para intercambiar opiniones, métodos y formaciones conjuntas, sería una manera de enriquecerse mútuamente. Me inquietó mucho ver a las madres, que llegan al centro dos o tres días por semana, desde diferentes lugares más o menos cercanos a Rabat, procedentes del campo o de la ciudad, cargando con los hijos a cuestas a falta de sillas de ruedas, ayudas técnicas que , comentamos, no solucionarían el problema de movilidad puesto que no se puede transitar en silla de ruedas en cuestas empinadas, en calles sin asfaltar o en escaleras imposibles.  Durísimas situaciones que aquí pasamos hace no tanto y que quizás  hemos olvidado.

De esta visita, escribiré otra entrada en el blog porque me hizo pensar mucho, y mi amigo Hassane, voluntario en el centro, me sugirió que le gustaría poner en marcha acciones con perspectiva de género. Pensé que con dar apoyo a las madres cuidadoras, ya tienen una gran tarea. Me admiraron los y las profesionales del centro, con una implicación y sobre todo , mucho amor a los niños y niñas allí atendidos. Y me llamaron la atención los ojos y las sonrisas de los niños y niñas mientras recibían fisioterapia, con sus  "oyoun zine", si no recuerdo mal , que quiere decir ojos bonitos. Agradecían con su mirada el trato recibido por sus cuidadores y cuidadoras. Emocionaba verles tan contentos.

Más  tarde, después de intercambiar algunas impresiones sobre la visita, fuimos paseando por  un barrio cercano al centro que habíamos visitado, pues yo tenía que cambiar mi dinero a Dirhams Marroquíes y cargar mi tarjeta de teléfono para poder hacer llamadas en el pais, mientras mi amigo Hassane esperaba a uno de  sus amigos y próximos fundadores de una asociación de barrio. Éste, alto, grande y muy hablador, parece que es el líder del encuentro, trae una cartera llena de papeles, y nos vamos a tomar un té con él en un café cerca del lugar, donde yo aprovecho para conectarme a internet, escribir en mi cuaderno y seguir organizando mi viaje. El hombre no para de hablar, leen los papeles, se reparten el trabajo, están entusiasmados, y el amigo, que vive en Marrakech y habla como una metralleta desde el fondo de su garganta, le propone a Hassane que sea el presidente. Mientras tanto, yo concreto la cita de mañana con Alberto Mrteh que me esperará en el Café Renaissance en pleno centro de Rabat, para comer juntos y después irnos al coloquio sobre un libro de Fátima Mernisi, mi musa en estos lares.

De regreso a casa, Hassane me comenta que no va a ser posible entrevistar a una de las madres que acuden al centro porque habría que pedir permiso a la fundación que la financia, que se entendería como una intromisión, por lo que me olvido de la propuesta, y lo dejamos para una próxima visita en la que se haya podido pactar tal encuentro. Mi deseo no es otro que el de conocer de primera mano y a través de sus vivencias, qué es lo que necesitan estas familias que se encuentran con la discapacidad de uno de sus miembros, sean hijos, hermanos o padres. Me puedo imaginar las dificultades si trato de meterme en su piel, pero vienen de realidades tan lejanas y responden a códigos culturales tan variados y distintos, que la única manera de saber es entrevistarse con las madres y escuchar, dejarlas hablar y abrirse a su mundo. Mi hándicap: todavía no hablo dariya, el dialecto que se habla en la calle.

Comemos toda la familia, compartimos un rato con la esposa y las hijas de Hassane, la mayor es estudiante de arquitectura, con un inglés perfecto, además del francés como segunda lengua. La pequeña aún está en secundaria, y es una apasionada lectora. No abandona su libro ni para almorzar, prácticamente come con él al lado. Me cuenta su madre que no tiene teléfono móvil todavía y que tal vez éso está ayudando a su afición por la lectura. Domina el francés a la perfección y sus lecturas las prioriza en este idioma. Tiene tan sólo 14 años. Me parece interesante comentar estos aspectos, pues en general, nos formamos una idea de la adolescencia en Marruecos que nada tiene que ver con lo que es en muchos casos.
Termino este post a una semana de volver a encontrarnos: Esta vez, Hassane me quiere "embaucar" para su proyecto con gente mayor. En Octubre sabré más.

dijous, 12 de setembre de 2019

La fiesta de la henna, el gineceo magrebí.

Me han invitado a la ceremonia de la henna, es la primera vez, estoy emocionada, como cada vez que recibo una invitación de ellas, de mis congéneres marroquíes, ya sea en Mallorca o en Marruecos. Pienso en cómo tengo que ir vestida, cómo me tengo que comportar, cuáles serán los pasos del protocolo a seguir, con cuántas amigas me voy a reencontrar. Esta vez se trata de una fiesta a la que sólo acudimos mujeres, para preparar a Jamila para la boda que tendrá lugar dos días después. Un honor que me hayan invitado, como mujer allegada a la familia de la novia.

Llegamos al portal de la casa, no importa saber la dirección exacta: basta ver el movimiento de mujeres y hombres, niños y jóvenes que van y vienen cargados con bebidas, comida, paquetes, recipientes para cocinar, viandas, dulces, y demás enseres necesarios para la ceremonia. El ascensor entre la planta baja y el cuarto piso  no deja de ir y venir, arriba y abajo,  suben y bajan invitadas, regalos, comida. Lo que se celebra hoy, es importante. Sólo acudiremos las féminas, hoy vestidas de fiesta, preciosas todas , con sus kaftanes de colores, sus tocados llenos de adornos, siempre a la última moda para colocarse el hiyab, a modo de turbante, con su trampa para embellecer los rostros. Pues pasa de ser una prenda que  cubre la belleza de la mujer, para convertirse, en días especiales, en un adorno que realza las facciones de todas ellas para mostrarse bellas ante preámbulo de una boda. Ojos y labios perfectamente maquillados, vestidos preciosamente combinados en colores vivos, con diseño según la  de este año: predominan el color verde carruaje combinado con rosa, detalles brillantes en las ropas, tules ensalzando el tejido, vestidos ceñidos hasta la cintura que se sueltan a partir de las caderas, cubriendo a la mujer hasta los pies. Se prepara  una celebración en toda regla. Y no hay hombres. Ellas se arreglan para sí mismas, para las demás, para realzar sus rasgos femeninos, su femineidad apabullante. Me siento siempre invisible a su lado, tengo que sacar mis dotes conversatorias, mis ganas de bailar y algunas palabras en dariya para mantenerme a la altura del ambiente que se genera en estos encuentros.

El de hoy, es el encuentro femenino por excelencia. La  casa entera se convierte en algo similar a lo que sería, imagino, un gineceo griego,  la estancia en la que se recluía a las mujeres en la Antigua Grecia, para resguardarlas o, más bien,  apartarlas del espacio publico. Pero algo que no pueden conocer los hombres, por ser excluídos, es la energía tremendamente potente y apabullante que se genera en estos espacios, en los que solamente estamos nosotras, mejor dicho, ellas, mujeres tribales, sensuales, explosivas, jóvenes o mayores unidas aunque sólo sea por estos instantes.

Hoy se trata de vestir a la novia, acicalarla, atenderla, cuidarla y desearle lo mejor para la vida a partir de ahora. La fiesta de la henna forma parte del ritual tradicional de  la boda de la mujer marroquí. Como no estamos en Marruecos, no podemos llevarla al hammam para que sea masajeada allí con jabones y aceites . Aquí, una vez se ha arreglado el cabello en su casa, se la viste con un precioso vestido largo, blanco, con el que se la distinguirá del resto de invitadas, y se sentará, con su melena negra y  suelta sobre los hombros, en el sofá preparado para la ocasión.

Y, mientras vamos esperando a que lleguen todas las invitadas, desde diferentes lugares de la isla, e incluso desde Alicante , Barcelona, Bélgica y Holanda, una amiga tatúa con henna las manos de la protagonista, con unos tatuajes de filigrana, dibujos improvisados que parecen un zelig o mosaico árabe o andalusí plasmado en los dedos, en las manos, en las muñecas y  parte del antbrazo. Perfectas formas de flores, de hojas, de dibujos en espiral, adornarán sus manos estos días.
El resto de invitadas, una vez la novia está tatuada, vamos pasando de una en una por las manos de la tatuadora de henna, y nos dibuja también motivos vegetales en nuestras manos. Como símbolo de que hemos estado allí y somos parte de la fiesta.

Una vez estamos todas, van apareciendo los platos de suculenta comida, pollo con cebolla y almendras, cous cous con verduras, y algo de ternera. No podemos comer más, y aparece la fruta, después el te y las pastas, ésas verdaderas obras de arte que ha elaborado Ibtissem para la ocasión.

Y, se apartan las mesas, se sube el volumen de la música, y, una de las mujeres más mayores, sin pudor y sin vergüenza, se levanta moviendo hombros, manos y caderas: empieza el baile. El calor es asfixiante, pero la fuerza generada en aquella sala sólo se puede canalizar bailando, todas, al unísono, mientras las más tremendas van a buscar los panderos de piel de cabra, y forman un grupo musical en un minuto. Empieza la fiesta, mujeres de toda edad bailando, moviendo los vestidos al ritmo de las caderas y los hombros de una manera que sólo saben hacer ellas. Siento en estos momentos, la gran satisfacción de ser mujer y tener el privilegio de alimentarme de energía femenina, de erotismo y sensualidad a flor de piel, fluyendo por la simple ausencia de hombres en el recinto. Nos invade la euforia, somos mujeres, vamos a celebrarlo y desearle a la novia lo mejor para la nueva vida, aunque sepamos, para nuestros adentros, que nada es lo que parece.

dijous, 15 d’agost de 2019

Construyendo un Proyecto con Marruecos.

Hay lecturas que te trasladan a mundos imaginarios, que te trasladan a otras realidades lejanas, desconocidas, que te invitan a un viaje, a conocer otros mundos, otras maneras de vivir. Un viaje tiene razón de ser si es para conocer un pais, una región a través de los ojos de las personas que en ellos habitan. Y, aunque he viajado a lugares en los que no conocía a nadie que me los pudiera enseñar, he tratado siempre de contactar con alguien en el lugar que me pudiera ofrecer una visión más cercana y más verdadera que la que me puede ofrecer una guía de turismo.

En este caso , me referiré al libro "A la mujer y a la mula, vara dura. Las olvidadas del Marruecos profundo", de Hicham Houdaifa. Lo conocí a través del blog de Alberto Mrteh El zoco del escriba y despertó  en mi la curiosidad y la necesidad de irme otra vez a Marruecos, pero en esta ocasión , en busca de personas que me acercasen a lo que no puedo ver cuando viajo como turista, que es la vida en lo privado, la vida en las casas, en el Marruecos que no se ve, en el Marruecos de sus mujeres, sobre todo.

Aunque por su dureza, me había quedado a medias en plena lectura del capítulo "Las mujeres prestadas de Kaalat Sraghna", finalmente fui capaz de terminarlo. Me propuse hablar con el periodista que lo escribió y, a través de él contactar con alguna asociación que trabajara con mujeres víctimas de violencia de género en Marruecos. No sabía si soportaría más testimonios de maltrato, de préstamo, de subordinación, de abuso sexual, de no tener valor para nadie, por su dureza.  Los testimonios, relatados por mujeres jóvenes y mayores, rurales, vulnerables por ser pobres además de ser mujer, heridas por la vida de manera irreversible en muchos casos, dañadas en cuerpo y alma, son trasladados por Hischam Houdaifa a testimonios escritos, para que lleguen al público, para que salgan a la luz.

Decidí, al terminarlo, sacar un billete sin meditarlo demasiado, para esta vez, darle un sentido formativo a mi viaje: quería conocer de primera mano, sin saber cómo ni con quién, sólo a través de algunos contactos facilitados por amistades de Marruecos, el trabajo con mujeres víctimas de violencia de género y también en programas de educación y promoción económica para mujeres.

Me puse en marcha, miré precios de pasajes de avión, escogí las fechas más convenientes y económicas para mí y empecé a mandar correos electrónicos, búsquedas en las redes sociales, mensajes de messenger y whatsapps a mis contactos en el país, o a personas relacionadas con lo que yo buscaba.

El trabajo me llevó unos meses, correos sin respuesta, algunas peticiones de colaboración, concertar entrevistas, elaboración de un documento en el que explicara mi trabajo y el objetivo de mi viaje: empaparme de normativa, de resolución de casos individuales, y de contextualización de las situaciones con las que me encuentro en el día a día de la intervención con víctimas de violencia machista.

Antes de irme, con mi compañera de locura tratamos de diseñar un documento, que después de muchos devaneos, nos dimos cuenta que ya habíamos redactado en un arranque anterior al que no le dimos aire y se fue apagando poco a poco. En esta ocasión, aprovechamos el empuje del momento, y el apoyo que desde la distancia, algunas escritoras asistentes al EIDE del mes de Octubre en Tetuán , nos han dado para dar visibilidad a un trabajo que a sus ojos es maravilloso, ante nuestra sorpresa, y también, nuestro agrado. El trabajo con mujer inmigrante es algo que hemos ido construyendo y pensamos que ahora necesita algo más, que así como empezamos sin saber, ahora podemos empezar a compartirlo y a mejorarlo. Sin el contacto con Marruecos y las asociaciones que allí intervienen, no es posible. Tenemos que romper barreras y desplazarnos.

Afortunadamente, tengo amistades en Marruecos que me abrieron las puertas de sus casas, se interesaron por mi trabajo, me permitieron llegar donde de otra manera no sé si hubiese podido llegar, porque , según pude averiguar más tarde, en Marruecos, algunas asociaciones están cansadas de recibir salvadores y salvadoras que , aun con la mejor voluntad del mundo, quieren ayudar " a la europea", cuando profesionales del país ya saben bien qué tienen que hacer, y cómo, aunque a veces lo que les falla es la financiación. Por este motivo, no es tan fácil conocer el mundo de las asociaciones "in situ".

Pasé diez días entre Rabat, Casablanca, Tánger y Tetuán, entrevistándome con personas que me han acercado a la realidad de Marruecos, un país en pleno auge con una importante inversión en infraestructuras, un país que acoge a personas migrantes de toda Africa, un país que está cambiando a velocidad lenta en algunos aspectos como educación y respeto por los Derechos Humanos y rapidísima en cuestión de innovación y comunicación.

Iré relatando lo visto y lo vivido, las sucesivas visitas a Marruecos y las personas y proyectos contactados. Ha sido, y está siendo para mí, algo mucho más instructivo que un máster, que, sin quererlo, me ha cambiado la manera de intervenir, de entrevistar, de abordar el día a día en mi trabajo y que quiero trasladar por si puede servir de experiencia a otras profesionales de la relación de ayuda.
Marruecos es un país mágico ante los ojos del turista, pero que esconde muchas contradicciones y sufrimientos no siempre  captadas a simple vista. Y, no tan lejos de realidades recientes vividas en nuestro pais.

Seguiré escribiendo sobre el proyecto compartiendo puntos de vista y sorpresas que me ha deparado cada una de las visitas a Marruecos.






divendres, 9 d’agost de 2019

El momento del baño.

No hay imágenes de aquellos instantes, excepto las que nos quedaron grabadas en la memoria, de manera nítida, acompañadas por la emoción que se siente al ser consciente de estar en el lugar oportuno en el momento oportuno y sin haberlo planificado. En un mundo de teléfonos y cámaras digitales, de cada vez más, perdemos el goce de la espontaneidad, de la percepción con todos los sentidos, del disfrute inocente del aquí y ahora, cuando ante nuestros ojos se presentan situaciones insólitas en nuestros mundos.
La que voy a describir, es una imagen cotidiana, en la vida de ellos, algo habitual, natural, algo a lo que tal vez no dan importancia, ni saben la gran belleza que generan en apenas media hora de estar reunidos entorno al agua del pozo.
Ellos, los pastores nómadas del desierto, se acercan antes de la puesta de sol al pozo que queda en medio de la hammada, de la vasta extensión reseca y pedregosa del desierto de M'hamid El Ghizlane, para dar de beber a su ganado, y para lavarse antes de llegar al poblado.
Son las seis de la tarde, el sol está ya cayendo, es el mes de marzo, y el calor en esta parte marroquí  del desierto del Sahara, da una tregua al atardecer. Es hora de acercarse al cuello del pozo, alrededor del cual se suceden llamativas imágenes, que no por su cotidianeidad dejan de ser un reflejo de la sencillez de la belleza.
Es todo un ritual, la primera parte del cual comprende extraer agua con un cubo hecho de neumáticos viejos,  para llenar sus depósitos, acarreados por los dromedarios que hombres y niños pastorean. Son garrafas reutilizadas de plástico, que atan a los lados de la joroba del animal, envases de colores diversos, amarillos, blancos, azules, rojos, ámbar, negros, que deben guardar como tesoros, porque con ellas llevan el líquido preciado al poblado de haimas, establecido en medio de la hammada, a unos quilómetros del pozo. La segunda parte del ritual es dar de beber a los animales, llenando los abrevaderos construidos junto al hoyo, con cemento o adobe precario. Son unas pequeñas construcciones alargadas, de apenas medio metro de alto y un metro de largo, por dos palmos de ancho, que con unos cuantos cubos de agua, quedan llenos para dar de beber al rebaño. Los dromedarios tienen la gran fortaleza de aguantar horas sin beber, sin embargo, es un espectáculo ver cómo sorben el agua que se les pone al alcance. Esta parte del ritual es muy importante, de hecho, nos comenta nuestro amigo Ismail, que es una norma del desierto llenar estos abrevaderos cuando alguien pasa cerca de ellos, para dar de beber a los animales, sean ganado o no: zorros, gatos, dromedarios, beben de esta agua, nos cuenta este amigo.
Y ahora, llega la parte más interesante del ritual, desde el punto de vista humano, que es el momento en que los hombres se sacan el turbante y la túnica, para lavarse por partes, el cabello, la cara, las manos, los brazos, las piernas,  los pies. Se ayudan entre ellos, como aguadores, dejando caer el agua lentamente sobre las cabezas, para aclarar el jabón que cuidadosamente aprovechan unos y otros. Todo es escaso en el desierto, todo debe ser transportado a pie por los nómadas, aunque lo porteen los animales, por lo que no cabe el derroche, todo se aprovecha, todo se cuida, todo se considera un bien precioso. El agua es un tesoro y así lo demuestra el uso que hacen de ella estos hombres, con un arte y una destreza que hacen del momento del aseo un auténtico espectáculo del que no me he podido olvidar y que me gustaría volver a contemplar.
Y así me quedo, disfrutando de este espectáculo cotidiano, mientras ellos actúan totalmente ajenos a mi mirada, sin saber que despiertan en mi una profunda admiración, a la vez que veo la ternura en sus gestos de apoyo, también presentes entre hombres, unidos por la dureza y la adversidad del medio.
Un privilegio que no me atreví a fotografiar por la intimidad que afloraba en cada gesto.

diumenge, 21 de juliol de 2019

Esclavas entre terciopelo rojo.

Recuerdo, como si fuera ayer, aquel tugurio oscuro, lúgubre, rancio, tenebroso, de Ciudad de Guatemala, al que fuimos a parar accidentalmente con un grupo de comerciantes nicaragüenses, una noche de  un diciembre de  los noventa. Quisimos aprovechar el viaje con los nicas, atravesar con ellos Honduras casi de manera clandestina, para permanecer unos días en Guatemala, comprando mercancías que después serían revendidas de regreso a Nicaragua.  El trayecto en sí fue una experiencia de las que no se olvidan en la vida, llena de anécdotas, divertidas unas,  y otras, no tanto.

A nuestros veintidós años, mi amigo y  yo, estábamos en Nicaragua, entre amistades contactadas a través de los Comités de Solidaridad, en aquellos años de Revolución Sandinista, cuando el país vivía casi exclusivamente de la cooperación internacional y de la ayuda humanitaria. Años de escasez, aunque de necesidades básicas cubiertas: comida racionada, ayudas o incentivos a la producción agrícola, presencia de Ongs internacionales, algunas divisas extranjeras, autobuses en desuso en Europa que entraban a configurar la flota de transporte interurbano, cooperantes, todo, en vías de desarrollo. Parecía que el país iba a sobrevivir y a prosperar tras la revolución.

Pero, ¡oh!, ¡sorpresa!. En las elecciones ganó la UNO, y la desbandada de la solidaridad internacional, dejó al país en manos de Violeta Chamorro, de terratenientes que ahora se sentían legitimados por las urnas. El resultado fue un fiasco. Al desaparecer la presencia internacional, se agravó su miseria estructural, quedó un país profundamente empobrecido, que buscaba en otros mercados la materia prima de la felicidad: ropa de marca, luces de navidad, jabones, perfumes, adornos para el cabello, maquillaje, tabaco...diversión en clubes nocturnos  y, por supuesto,  sexo.

Retomando el viaje a Guatemala con los nicas, he de confesar que nuestro espíritu joven e inocente no nos avisó y sin darnos cuenta  seguimos la ruta de nuestros acompañantes aquella tarde. Acabamos en un tugurio de un barrio nada recomendable, un club nocturno, con luces de neón, decadente,  de la ciudad de Guatemala sin poder prever el dantesco espectáculo que nos depararía la noche.

Pedimos unas cervezas nosotros. Ellos y ellas, hombres y mujeres nicas, unos roncitos. Nosotros, sin saber qué cara poner, nos dimos cuenta de que no queríamos estar allí nada más entrar en aquella curiosa sala. Todo estaba precariamente decorado: sus mesas bajas, su escenario a pie de mesa, sus cortinas rojas de terciopelo sucio y manoseado, rematado por un biés dorado que todavía, si cabe, enfatizaba la decadencia del local. El aire de casino clandestino, cargado de humo, se oscurecía aun más por el ambiente tenebroso creado por unas bombillas pintadas de rojo que más que iluminar, elevaban la temperatura del ambiente. Si hubiese tenido que retratar el infierno, tomaría ése antro como  modelo.

Y, empezó a sonar una música, no sé muy bien cual, pero seguro era de la banda sonora de una película de "streaptease". En breve, apareció sobre el escenario, apartando las cortinas, una joven, tal vez niña. No superaba los dieciocho. Quizás no tenía ni los dieciséis. La recuerdo perfectamente, contoneándose agarrada a las cortinas, caminando lentamente hacia nosotros. Era gruesa, no gorda, de carnes prietas, embutidas en una falda corta y una especie de corsé atado con lazos en la espalda. Todo de color negro, como su media melena rizada, que le daba un aire muy infantil en contraste con la ropa provocativa. Ojos pintados con sombra de color morado, labios estrepitosamente rojos, pestañas postizas, maquillaje desorbitado. Todo me resultaba excesivo, no podía soportar mirarla. La vergüenza por presenciar su humillación me apretaba el pecho. Mi deseo era salir corriendo del local, pero no sabía cómo regresar sola a la pensión a altas horas de la madrugada en una de las ciudades más inseguras de Centroamérica.

Mi amigo y yo nos quedamos como estatuas, tratando de encontrar una vía de escape que no llegaría. Mientras tanto, ella empezó a quitarse prendas, como pudo, porque era evidente que nadie le había dado clases de interpretación, ni de danza, ni de ritmo. No. Daba la impresión de que la habían soltado allí quienes la usaban como mero objeto productivo. Unas cuantas prendas menos, y acabó desnuda ante nosotros. Yo me quería meter bajo tierra, el espectáculo era desolador. Los hombres que nos acompañaban, la llamaban para que se acercase y dejarle unos billetes en la braga mientras la llevaba, en la boca cuando ya no había ropa para sujetar unos manoseados billetes.

Terrible experiencia, pensamos. Imaginé, mientras la miraba, su itinerario de llegada al infernal y decadente club nocturno: con toda seguridad, en casa necesitaban plata, no había trabajo posible en la comunidad de la montaña, por lo que cuando aquel hombre que visitó a su familia le ofreció a la niña un trabajo seguro en la ciudad, su familia dijo que sí sin poder adivinar la esclavitud a la que la iban a someter. O sí, tal vez no era la primera en marchar. Era tal su desconocimiento del mundo que le pareció que aquella oferta de dependienta en Ciudad de Guatemala era factible, creíble, inmejorable. Su familia esperaba unos quetzales (moneda local) a cambio de vender su fuerza de trabajo, daba igual a qué precio, en qué lugar,  en qué condiciones, con qué clientes. En la capital, ella estaba tremendamente sola, no conocía, no sabía, estaba atrapada. Imposible salir de la trampa.

La recuerdo a veces, y me viene su imagen, sentada junto a uno de los hombres presentes en el local,  que le había dejado un billete en sus bragas, riéndole las gracias, abrazándolo,  para emborracharlo y aumentar su comisión aquella noche.
De ello hace ya casi treinta años, y todavía me estremezco al pensar en ella.