dimecres, 5 d’abril de 2017

El Dorado.

Aquél día me empezaste a contar cómo había sido tu llegada a España, mejor dicho, tu salida de Marruecos.
Eran los años 90, tendrías unos 25 años, y tus amigos habían empezado a salir del país de cualquier manera, pagando grandes cantidades en relación con sus economías, para cruzar el estrecho en busca de El Dorado en Europa. Lo primero era conseguir llegar como fuera a las costas que veíais desde vuestras playas, porque allí, os aseguraban algunos, encontraríais trabajo y una buena vida para vuestras familias.
Pero empezó el periplo, vuestras familias de origen se oponían a vuestra marcha, no veían la necesidad. Quizás la sabiduría de los mayores les permitía intuir que el prometido El Dorado, no existía. Que a pesar de la pobreza en la que vivíais, el poder de la tribu para salir adelante era superior al poder de las promesas que ofrecía Europa.
Lo que me contabas, lo había podido leer en las noticias, o verlo en documentales, sin embargo, contado por ti en aquella sala en primera persona, fue una experiencia cargada de emoción. Te sentiste en confianza, y me diste todos los detalles de tu partida, dentro del capó del motor de una furgoneta, desde Melilla hasta Algeciras, horas, muchas, interminables. Dentro del capó hacía un calor insufrible, esperando la cola de vehículos para entrar en la bodega del barco. El corazón acelerado, el cuerpo temblando de miedo, por estar completamente a oscuras, con el motor en ralentí, bajo un sol terrible, con los humos, los aceites y los olores calentándote tu cuerpo retorcido y aplastado. No sabes aún cómo pudiste llegar vivo a España. La piel te quemaba, la nariz estaba irritada, como los ojos, la garganta, todo tu ser. Y no te podías mover, no podías toser para que no te oyeran, pues si te cogía la policía española, te entregaban a la policía marroquí, que tiene fama de ser "poco escrupulosa".
Cuatro, cinco, seis, no sabes las horas que pasaste en aquel espacio tan asfixiante. Y sobreviviste. Te soltaron en la carretera, sin tener ni la menor idea de cómo ir hasta Barcelona. Fácil, dijiste, después de salir del capó, todo era fácil.
Es impresionante ver cómo la persona se fortalece ante tanta dificultad. Pero te asoman las lágrimas en los ojos. Cuando me cuentas que llegas a Barcelona con varios compañeros, encuentras a compatriotas, vecinos, en la ciudad, que te ofrecen alojamiento con la condición de que pagues pronto tu parte. No puedes perder el tiempo, tienes que encontrar un trabajo , rápido, porque si te encuentran en la calle, dicen, que te repatriarían.
_¿No era este el país en el que necesitan tanta mano de obra? Qué pasa? Deberían estar contentos de que haya venido, no buscarme como a un delincuente!!!
_Pues sí, aquí eres un delincuente porque buscas trabajo...
Me cuentas esto casi llorando. Y me haces llorar a mi. Ahora veo a otra persona delante de mí, no eres quien yo pensaba, eres un hombre con sus emociones, su tristeza, su valentía. Me sigues contando que en Barcelona pudiste encontrar unas semanas de trabajo, y que pronto quisiste llegar a Mallorca, y que hace ya 25 años que estás aquí.Que siempre has trabajado, y que te duele que las señoras se aparten y crucen la acera cuando te ven.
_Como si les fuera a robar el bolso!, me dices. En veinticinco años, sólo he estado ahora sin trabajar, por la crisis, porque quieren gente más joven, que aun no está enferma de la espalda...
Y te pones de pie, para imitar el gesto de la mujer agarrando fuerte su bolso, en un gesto casi cómico.
_Señora, tranquila, he venido a trabajar, no a robar. Además, si hubiera venido a robar, no quiero su bolso, si quisiera robar, robaría un banco!
Nos reímos, eres capaz de ponerle un sentido del humor extraordinario y contagioso a tu relato.
Seguimos hablando largamente, tu historia es un excelente testimonio, para que podamos ver  a los hombres con su sufrimiento, por no poder regresar ahora a su país, "porque no tendría dinero ni para pagar un té a mis amigos de allá."
Te agradezco la confianza. te animo a que me sigas contando.


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