dijous, 2 de març de 2017

Déme una chuspita, vea!

Una noche más, después de trabajar toda la semana, se fue con sus vecinos a aquél lugar que la acogió como a una más de la clientela, mejor dicho, de la familia habitual. Detrás de la barra, recuerda que siempre estaba aquél tipo tan peculiar, con una personalidad distinguida, cosmopolita, abierta: era el dueño del local. Era una persona con una sensibilidad especial, tranquila, amable y suave, que lograba crear un ambiente cómodo y cálido cualquier noche de la semana, provocando que su barra fuera el lugar de encuentro del vecindario, de bohemios y amantes de la música cubana, andina, colombiana, de cantautores diversos, atraídos por el magnetismo que les mantenía fieles a la cita.
Ella era de las pocas mujeres que acudía sola; no era costumbre allá y en ocasiones le daba cierto reparo, aunque pronto se sintió parte de todo aquéllo, sin tener en cuenta género ni procedencia. Sin ella mediar palabra, el dueño, al verla aparecer por la puerta, ya destapaba una botella de la única bebida que ella tomaba:"_Un Canadá Dry para la española",decía, mientras la colocaba encima de la barra sin esperar a que ella la pidiera. Le encantaba ésa familiaridad, la hacía sentirse acogida, mimada, atendida en una ciudad que pronto la hizo suya. Bebía pausadamente mientras escuchaba las conversaciones que se mantenían alrededor del escenario. Aunque más que todo, se detenía a descifrar las expresiones desconocidas que le resultaban tan divertidas, con ésa jerga propia de la ciudad, donde un pollo era carne, aunque no de ave, la comida te la metían en una chuspa, la vergüenza se convertía en pena, a las penas no había que pararles bola y lo más conveniente era dejarse de mamar gallo, e irse a "rumbiar". Se acordaba de las novelas de Gabriel García Márquez, que ahora podía comprobar que eran "puritita" transcripción de lo que pasaba en ése fantástico pais.



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