dimecres, 15 de març de 2017

Lo sentidos.

Aquél país la había cautivado. Llevaba años sin pisarlo, pero sus colores, sus olores, sus sonidos, seguían muy presentes en su mente, en sus ojos, en su piel. De repente, le venían imágenes de situaciones vividas o imaginadas, recordadas y filtradas por el paso del tiempo, a la vez que reales, pues su cuerpo así las vivía.
Podía mirar un paisaje de su tierra y trasladarse con su capacidad de soñar a las extensiones de caña, a los cultivos de café o a las tierras oscuras y llanas del altiplano, donde la mirada no alcanzaba a ver todos los detalles, colores y tonalidades que la naturaleza ofrecía "en grado superlativo", usando una expresión de su escritor favorito, Gabriel G. Márquez.
Aquél país para ella había significado todo: llegar a un lugar desconocido, con costumbres diferentes a las propias, sin nadie que la pudiera recoger y acoger, sin puntos de referencia, sólo ella misma y sus capacidades, algunas de ellas escondidas, desconocidas, avergonzadas.
Se descubrió a sí misma entre la gente, cautivada por una energía magnética que la obligaba a  sentirse atraída hacia todo aquéllo nuevo que  la ciudad y el país le ofrecían. Músicas mezcladas, de un lugar y otro, ritmos heredados de la época de la esclavitud, ritmos negros, mestizos, bailes primitivos, adornados con una sensualidad elaborada que se captaba en todos los movimientos. Cadencia, música y baile eran una perfecta unión, algo que la enraizaba al lugar, y que permanecería en su mente, en su ser por muchos años. O tal vez ya existía, aun sin ella saberlo, sin haberse parado a descubrirlo, sin haberse permitido sacarlo a la luz, antes, mucho antes.
Podía entonces sacar toda la energía contenida, mostrarse sin vergüenza, sin cumplir con ningún patrón, como un papel en blanco, sobre el que todo estaba por escribir. Allí nadie la conocía, nadie esperaba nada de ella, y éso la hacía sentirse libre, desenfadada, despreocupada, flexible, etérea, con la posibilidad de diluirse en aquel ambiente que sentía como propio.
Se preguntaba a menudo, qué cosas las del destino la habían llevado allí, donde pronto se sintió como si siempre hubiera formado parte del lugar. Aquella vida en las calles, a ritmo de tambores, congas, bongos,  gritos de comerciantes,  canciones para bailar o para llorar,  sonidos ensordecedores,  luces intensas, tropicales,  andares alegres, casi danzas, se convirtió en su lugar de pertenencia, al que, pensaba,  tenía que llegar justo en esa etapa de su juventud. Y seguramente fue justo  éso,  su juventud,la que le facilitó su inmersión en el país. Era ahora capaz de recordar  con nostalgia, aquélla capacidad de sorpresa, aquella apertura, de todos los sentidos, del olfato, la vista, y uno que desconocía, el sentido del tacto, al permitir que el país le entrara por la piel, a través del calor pegajoso que le humedecía el cuerpo y se filtraba en su ser. Sus poros abiertos, trataban de transpirar el ambiente, y de no dejar nada sin absorber, nada que le hiciera perderse el instante vital que con que el destino la había premiado.
Descubrió que la piel era su filtro de entrada, que en aquél país las personas se hablaban por la piel, tocándose sin tocar, rozándose, bailándose entre sí, incluso sin música aparente. Descubrió el placer de mirar a los ojos, de reír con la mirada, de cantar hablando, de amarse sin tapujos, con todos los sentidos.
Las conversaciones tal vez superficiales en palabras, eran sumamente sensuales, mientras transcurrían entre gestos, cruces de miradas , risas y voces, La vida trataba de ser puro goce, pues el día a día era un durísimo ejercicio de supervivencia, que había que contrarrestar al máximo con la sensualidad, algarabía y erotismo camuflado de las pistas de baile, repletas cualquier día de la semana, lugares donde no existían las distancias, y el olor a trópico se acentuaba por los fluídos corpolales que emanaban de los cuerpos de las parejas danzantes.
Así era en su mente, su país.

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