dijous, 23 de febrer de 2017

Mestizaje

Subía a su recién estrenado apartamento, en un edificio compartido por una vecindad variopinta: estudiantes,personas solas, trabajadores de paso, que le daban al lugar un encanto especial. En la escalera, una voz potente de hombre, derrochaba juventud cantando "La Malagueña". Se escuchaba desde la calle, como si las puertas del lugar estuviesen abiertas para que ella entrara. Cautivada por la voz, se asomó a la ventana de la habitación, unas diez personas rodeaban al cantante. Con gestos y una sonrisa, la invitaron a entrar, la acogieron en silencio sin interrumpir la canción. El ambiente era especial, cálido, acogedor, casi mágico. Cuando acabó la canción aplaudieron como quien asiste a un teatro y le fueron haciendo peticiones. El cantante le preguntó a ella, la extranjera, cuál quería que cantara, especial para ella que acababa de llegar. -"La maza"? La sabes?. El sonrió y sin contestar, se la dedicó. Y así, continuó la noche, una canción tras otra, hasta que la sed les hizo marchar a tomar unas cervezas unas carreras más allá. Ella observó que era el sitio donde se encontraban cantantes , amantes de la música andina. El ambiente bohemio y familiar la cautivó. Sin saberlo, había encontrado una familia a pocos pasos de su nueva casa. Al amanecer, el cantante y un amigo la acompañaron y en el camino de regreso, se sentaron a cantar de nuevo en un banco en el parque mientras salía el sol. Fueron sus verdaderos amigos durante su estancia en la ciudad, su refugio ante la soledad, su ventana a la vida en aquellos meses.

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