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dijous, 28 de novembre de 2019

Distopía

Me  detuvieron una noche. Estuve jugando en la casa de apuestas con mis colegas, bebí más de la cuenta y tomamos algo de coca, y con la euforia, aposté el dinero que ella me dió  en la máquina. Estoy jodido. La he jodido, para siempre. A la  mañana siguiente, la juez decretó orden de alejamiento para mí, y me mandaron a un centro con otros hombres que también han pegado o acosado a su mujer. No me dieron opción. No podré volver a acercarme a ella, ni a mis hijos. Me colocaron la pulsera y si me aproximase a ella, una alerta se dispararía y la Policía acudiría enseguida y me volverían a detener. Esta vez por incumplir mi condena. Y puede que entrase en prisión.
Ella se quedó en el piso, con nuestros hijos, para que pudieran continuar sus vidas, ir al colegio, y yo, la he jodido, no puedo verles más que el fin de semana, y sólo si no les interrumpo sus actividades. La verdad, me pasé tres pueblos. No hay vuelta atrás, he perdido todo, por ponerme hasta el culo de coca y alcohol, enfadado por haber perdido el dinero de la apuesta. Ella, a las 3 de la madrugada, me esperaba despierta porque no había vuelto con la compra. A mí eso me jodió, me jodió tanto que le di un empujón, y al caer se golpeó con la cabeza en el pomo de la puerta. Me asusté, gritamos ambos, mucho, ella me increpó diciéndome que me estaba consumiendo el dinero del alquiler y de la comida de mis  hijos. Sus palabras retumban en mi mente. "Te gastas lo que yo ahorro trabajando como una mula en verano en el hotel, y tú no eres capaz de encontrar ni un trabajo digno" Y tenía razón, pero, mi orgullo de macho y  mis voces internas me decían que yo soy quien manda en casa, y la volví a empujar, rojo de ira. "Cállate, PUTA, que das asco, sólo gritas, quítate de delante, no me molestes, quiero dormir!!!"
Y los gritos  despertaron  a los vecinos, y  llamaron a la Policía.
Mi hijo mayor se despertó, y se puso en medio, antes de que volviera a pegarle a ella, tenía ganas de romperle la boca de un puñetazo para que se callara.... Se me fue la olla, del todo.
Sonó el timbre, y él, mi hijo, llorando, abrió enseguida, con lo que la Policía entró en casa y me detuvo sin remedio. He arruinado mi vida, nuestras vidas, me da vergüenza. Mi hijo me ha visto pegar a su madre. Me pregunto si querrá verme cuando se mayor. Probablemente, no. Me da vergüenza.
Ahora tengo que pagar cuatrocientos treinta euros cada mes por el   alquiler de mi habitación en el centro,  y además, le tengo que pasar una manutención a ella para mis hijos, para que la vida de mis hijos pueda seguir igual, si no quiero ir a prisión.
Y la vida en el centro, no es nada fácil, cada semana entran tíos nuevos, los trae la policía, después del juicio. Algunos hasta le han partido la cara a su mujer, otros vienen de haber pasado unos meses en prisión, uno de ellos dice que le partió los dientes a su mujer, y pasó dieciocho meses encarcelado...cuando le escucho, me acuerdo de mí, a punto de romperle la boca a María, mi mujer, mi ex-mujer, porque ahora ya está en trámite el divorcio. Ella enseguida fue a pedirlo al juzgado, vaya! Se dio prisa la tía....otra deuda que voy a tener, pagar el divorcio. No vale de nada que yo no quiera, mejor dicho, me cuesta más si me niego, aunque ya me ha dicho el abogado que no vale de nada mi opinión porque la ley no me va a dar la razón. La lié, casi la reviento a golpes, no quería, pero se me fue la olla... Ahora voy al grupo de terapia...eso si que es duro... cómo cojones he llegado hasta este punto, en un grupo todo de hombres que lo han perdido todo, por perder el control, por armarla, por creerse que eran algo... unos mierdas es lo que son, ...lo que somos... unos mierdas... esto lo voy arrastrar toda la vida.
Y me da rabia....pensar que ella está en el piso, con los niños, y yo, aquí, en este sitio, lejos de casa, de mi ambiente, de mi familia, en un sitio en el que tengo que decir siempre a dónde voy, de dónde vengo, con quien voy....con horarios, con tareas compartidas de obligado cumplimiento, .... cómo he podido llegar hasta aquí? Me tratan como a un niño, a mis casi cuarenta, y teniendo que dar explicaciones a los educadores.... cómo he podido llegar hasta aquí?
Ahora, en el centro, me controlan el plan de ahorro, porque me dan un plazo máximo, ya ves, de sólo once meses para encontrarme un piso de alquiler en el que irme a vivir por mi cuenta, lejos de mi casa anterior, porque no me puedo aproximar a ella en dos años. Y el tema está jodido, porque dónde cojones voy a encontrar un alquiler por el mismo precio que pago en el centro, o sea, cuatrocientos treinta euros. Por este precio, ya lo he mirado, y lo único que encuentro son habitaciones realquiladas, en las que ni me voy a poder empadronar, además de tener que compartir baño y cocina con otros tíos que no conozco de nada! Me han comentado algunos compañeros que ya se han ido del centro a vivir en habitaciones compartidas, que hay mucho piso donde se trapichea con droga, o se alquilan camas calientes, de día unos, de noche otros,...vaya mierda...y cómo voy a pagar más si los trabajos que encuentro son una mierda, no llego a los mil euros, currando todo el día, repartiendo paquetes por toda la isla, ...la he jodido, la jodí bien jodida...., por creerme macho....

diumenge, 17 de novembre de 2019

Mi lugar en Fez.



Es el lugar, en la medina de Fez, una medina que contrasta con la locura moderna en la ciudad de contrastes.
Al cruzar por cualquiera de las puertas de la medina de Fez, el olor, el ambiente, el ruido, el trasiego, los colores, las personas, los burros, las motos, el agua en el suelo, las miradas, los roces, los empujones, los puestecitos de libros  alternándose con ropas, bolsos y zapatos, te encandilan al pasar. La sensación de que los sentidos no dan a basto, las miradas se cruzan, en un espacio interpersonal reducido,  el olfato, la vista, el oído y hasta la libido se ponen en alerta. Y, sin saber el rumbo, me dejo empujar y arrastrar por las personas,  turistas y locales, que junto a mí, rozándome el brazo, el bolso, los pies, me indican sin quererlo, el camino. De pronto, tantas sensaciones me hacen perder de vista a mis amigos fasíes. Se han detenido a hablar con unos amigos suyos que trabajan en esta mágica medina. Encontrarse con amistades es frecuente, y los saludos, son absolutamente protocolarios.
_ Labass?
_ Labass?
_ Ua, mezyane. Shokran. Bher?
_ Bher, Shokran. Kulchi mezyane?
_ Nam, bher! Alhamdollillah
_ Alhamdollillah!
Se besan en las mejillas, se rozan las manos (la derecha) y ambos interlocutores se tocan con la misma mano cada uno el pecho a la altura del corazón. Señal de amistad, de que se comunican sus afectos.
Me presentan:
_ Una amiga de España.
_ Bienvenida!
_ Shokran.
Intercambian unas frases en dariya y seguimos caminando. La misma operación se repite cinco, seis, siete, no sé, pierdo la cuenta de a cuántísimas personas se han encontrado y han saludado antes de llegar a nuestro destino
Y seguimos caminando hasta el lugar al que nos dirigimos, un lugar que quienes se han convertido hoy en mis guías particulares frecuentan, un lugar especial, para ir a tomar té. Nada más, un té, atthai, con menta, shiba, geranio y salvia. Me dicen que es un lugar especial. Y lo debe ser, porque llegamos y no podemos entrar. En el local apenas caben seis personas, es pequeño, acogedor, simple, auténtico. Lo regenta un hombre sencillo, Ba Abdellah, el señor Abdellah. Un señor, sí. Me explican mis amigos que Ba es una manera de llamar a los hombres a quienes se les debe un respeto. Ba Abdellah transmite ese respeto. Es un hombre de edad indefinida, no sé si tiene sesenta y muchos, setenta y bastantes. No lo sé. Pero al llegar, me siento arropada por él, por su apariencia, su acogida, como si me estuviera diciendo que por ir con quien voy, soy bienvenida.
Y al vaciarse el lugar, nos sentamos, e inmediatamente mis amigos entablan conversación con él. Yo me limito a mirar la escena. Me encantaría tener a un hombre como Ba Abdellah en mi familia. Parece una persona llena de sabiduría, de estas personas que crean ambiente sólo con su presencia. Es de estatura más bien alta, corpulento pero delgado, va vestido sencillamente, pantalones de pana, un jersey gris y una bufanda vistosa de lana encima, un gorro tradicional hecho de ganchillo, que tapa su discreta calvicie, aunque asoman unos cortos cabellos grises.  Mejillas sonrosadas, sonrisa radiante, mirada sincera, sencilla, amorosa. Me ha embelesado la energía de paz que desprende. No me quiero mover de allí. Contemplo, desde mi discreto y sencillo asiento, cómo hace el té. Utiliza shiba (una clase de artemisa), hierbabuena de hojas intensamente verdes, salvia, y, para mi sorpresa, hojas de ése tipo de geranio que huele a limón.
Estamos sentadas tres personas en el lugar. Tiene unas sillas de hierro forjado con unos cojines redondos desgastados por el uso, y unas mesitas redondas de mosaico andalusí. Todo muy simple, sin adornos ni estilismos. Los vasos, los de toda la vida, altos, con unas huellas en la base, no paran de trabajar. Se vacían se lavan y se vuelven a llenar de hierbas y agua hirviendo. En la base, para no quemarse, se colocan unos vasitos de latón brillante que envuelven el vaso de cristal. Así podemos sorber el té sin quemarnos las manos, aunque la lengua queda abrasada si no sabes sorber como ellos lo hacen.
El ritual es continuo. Ba Abdellah vigila una caldera al fuego constantemente, con agua hirviendo, que va sacando desde el grifo metálico a unas jarritas también de metal, que son las que usa para ir llenando los vasos en los que previamente ha colocado las hojas de las diferentes hierbas. Todas bien apretadas, parece que no cabe el agua. Va a servir los nuestros. Pregunta a mis acompañantes si quiero azúcar. Asiento, y enseguida, me entrega mi vaso, con su base de metal, y el té humeante y ardiente, que me consuela al tenerlo entre mis manos, porque hoy hace frío y llueve en Fez.
Y mis amigos siguen hablando con él, mientras yo, entre sorbo y sorbo de té, me quedo mirando la vida de la medina que asoma por el portal de la minúscula tetería. Definitivamente, es mi lugar en Fez.

dimecres, 13 de novembre de 2019

Un día en el Museo Mohamed VI de Rabat.

Era sábado, tercer día en Rabat, el pasado mes de enero, llovía a cántaros y mi idea de pasear toda la mañana por la medina de la ciudad se desvaneció. Pero en Marruecos siempre aparece un "Plan B" y  me surgió la oportunidad de visitar el Museo de Arte contemporáneo Mohamed VI. Leí que había una exposición temporal de tres pintoras, tres mujeres, de diferentes pueblos de Marruecos, ya fallecidas, cuya personalidad me atrajo. El "Plan B" prometía una mañana intensa.
Bajo la lluvia, mi amigo Hassane me dejó justo enfrente, de paso, cuando se iba a su reunión de la asociación de su barrio. El Museo abría a las diez de la mañana, así que acababan de abrir cuando llegué. Entré la primera, justo cuando abrían sus puertas. El personal del Museo, masculino en su totalidad, no tenía aspecto de estar muy motivado en explicarme nada. Me indicaron el precio (40 Dhm), pagué, dejé la mochila en taquilla y empecé a pasear entre obras de arte.
Pasé tres horas fantásticas contemplando pintura de diferentes autores marroquies, pero, sobre todo, la de las tres pintoras que me dejaron boquiabierta por su historia personal. Mujeres que ahora podrían tener unos 80 años y que dedicaron su vida a la pintura para transmitir el legado cultural de su lugar natal. Sus nombres son Chaibia Talal(1929-2004), Radia Bent El Houcine (1912-1994), Y Fatima Hassan El Farouj (1945-2011), toda ellas fueron niñas sin escolarizar, para convertirse, por su afición a la pintura, en mujeres rompedoras, con una personalidad desbordante a juzgar por lo que muestran sus obras y sus biografías. Me llevé algunas fotografías en el móvil para mostrar las pinturas a las mujeres de Mallorca, pues me dejaron fascinadas con los colores, los detalles y, sobre todo, las entrevistas y videos sobre sus vidas.


En el museo proyectaban en una de las salas, las entrevistas que hace unos años les hicieron en las televisiones a dos de ellas. Unas mujeres con una presencia que me atrajo. No entendía las conversaciones pues las entrevistas no estaban subtituladas, sin embargo me senté ante las pantallas para escucharlas. Son ése tipo de mujer que derrocha talento y seguridad. Me impresionaron mucho. En uno de mis paseos para volver atrás y volver a mirar los cuadros que más me llamaron la atención, se acercó a mi uno de los vigilantes del museo, quien, adivinando mi entusiasmo, me dice que me ha dejado hacer fotos pero que no haga más, porque se trata de una colección privada. Yo estaba dispuesta a borrar las fotos si me lo pedían, no sin antes explicarle el propósito de mi reportaje. Le comenté que trabajo con mujeres marroquíes en Mallorca, a quienes les encantaría poder ver esta exposición, Le expliqué que algunas de ellas escriben y les gusta el arte, y que sería un estímulo muy positivo ver sus pinturas ya conocer la vida de estas artistas.
Me preguntó si soy pintora. Sentí decepcionarle, le hubiera gustado poder decir que había conocido a una pintora, lo leí en su rostro. Pero mantuvo el interés cuando le expliqué lo importante que es para mí ver que mujeres que no han ido a la escuela, tengan estas salas para exponer sus pinturas, y que es algo que quiero transmitir a las mujeres marroquíes que viven en Mallorca, que ni se imaginan algo así por el poco acceso que han podido tener a la cultura. El hombre, curioso, como suelen ser los marroquíes,  se interesó por mi trabajo, me preguntó qué hago exactamente en Mallorca, qué contacto tengo con Marruecos. De manera natural, entablamos conversación, al más puro estilo marroquí, sometiéndome al interrogatorio habitual sobre qué conozco, de dónde vengo, qué hago, cuántas veces he estado en el pais, qué es lo que más me gusta y al final, al saber que trabajo en Manacor, tierra de Rafa Nadal, nos hicimos una foto juntos en la misma sala del museo. "No pinto pero escribo en un blog en el que  me gusta contar cosas de Marruecos", le dije. En Marruecos, interesarse por el país, su cultura y sus costumbres es baza segura para abrir puertas. Al final, el vigilante del Museo y yo mantuvimos una conversación muy interesante sobre las mujeres, la vida de ellas en Mallorca, la nuestra, las costumbres, y el trabajo que supone la acogida en un país extranjero.
Después de quedar retratados en el "selfie",  me acompañó hasta la entrada a otra sala, en la que se visita la exposición permanente. Me animó a regresar al Museo cuando vuelva a Marruecos. Lo haré, le digo, para ver nuevas exposiciones temporales.