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dijous, 9 d’abril de 2020

Recordando Fez.

Patio de la casa del Rabino
Era el mes de octubre, un octubre frío, lluvioso, en Fez, una ciudad que me atrapa sólo por su nombre: Fes, como la pronuncian sus habitantes, fasíes, o fesíes, aunque me gusta más la primera acepción. "Yo soy fasí ", dice mi amigo. No conocía el gentilicio, me gusta. ¡Cómo me gusta perderme en las calles de su medina! No sé muy bien a qué huele: tal vez a una mezcla de piel, del purín de las palomas almacenado en las curtidorías, del tinte de las tintorerías, que abocan sin filtro el sobrante al río que divide la medina, que, ése día, corría escandaloso por las abundantes lluvias de los días pasados.  Un olor que logré identificar al asomarme a ver el agua negra que descendía por el cauce, un olor que se esparce por la ciudad, de manera que con los ojos cerrados podría saber que estoy en Fez sólo por él, por este ambiente, entre agrio y fuerte, que parece que te penetra en la piel, en la ropa, y que no se te va de la memoria olfativa hasta unos días después. Ni tan siquiera el olor de los bocadillos de panaché tan típicos de la ciudad, logran tapar el olor de las curtidorías.
Me dejé llevar por mis amigos para pasear con ánimo de perdernos, nada de prisas, pues no son amigas de las estrecheces de sus calles. Fez , Fes, requiere calma para ir caminando, rodeada de gente, rodeada de personas que entran y salen de las tiendas, de los pequeños portales que albergan negocios diminutos, en los que todo está perfectamente desordenado, dentro de un orden antiguo, casi medieval, el que marca la distribución de la histórica ciudad, el orden de los gremios: los tintoreros, unos de los más famosos, los curtidores, los vendedores de cuero, los latoneros, los caldereros, los cuchilleros, y,  a su lado, las carnicerías, ...todo perfectamente organizado en un entramado aparentemente desordenado. Y la cotidianeidad de quienes la habitan, en su trasiego diario, para comprar el pan, la carne, o la pieza de latón que le hace falta para completar el armario de madera con pomos dorados....
Puerta a la casa más antigua
Y, en esa cotidianeidad, que es lo que más me gusta de las ciudades cuando estoy de visita, nos apareció, al asomarme a una callejuela bajo un arco, al final del barrio judío o mellah, una niña, que acababa de regresar a su casa desde la escuela. Me saludó, en francés, y me preguntó, con sonrisa y ojos vivos,  si quería ver la sinagoga de aquel barrio. Me giré hacia mis amigos, que eran además, mis guías por el laberinto, y los tres, aceptamos encantados, pues ellos tampoco conocían lo que la niña nos estaba describiendo por el camino hacia la sinagoga. Henza (nombre imaginario) dejó su mochila  en casa, y nos fue explicando que en aquel barrio se instalaron judíos que venían de Europa, y señalándonos una casa, estrecha y alta, diferente del resto de construcciones. Nos dice que allí vivió un rabino. La casa se construyó, según la inscripción en 1930. Ella se desenvolvía en varios idiomas, que , sin duda, ha ido aprendiendo imitando o escuchando a los turistas que por allí pasamos. Yo me relacionaba con ella en mi escaso francés, con la ayuda de los gestos.. Nos fue indicando, por el camino a la sinagoga, los aspectos más relevantes de su barrio. Uno de ellos, el hammam. Eran las dos de la tarde aproximadamente, y me invitó a entrar. Pasamos de la sala fría, en la que dejas tu ropa, a la sala templada, en aquel momento lleno de mujeres desnudas, que sin ningún pudor, se bañaban en el hammam, sin inmutarse por mi presencia.  Mientras, mis amigos nos esperaban en el callejón. Salimos enseguida, y seguimos caminando escaleras abajo, las callejuelas estrechas tienen escalones para evitar patinar. No pasan vehículos por aquellos callejones, solamente burros, muy característicos en la medina fasí.
Baño de las mujeres bajo la sinagoga
Y, de repente, nos abrió un portal que daba a un patio de una casa con una fuente enmedio,  desgastada por el uso, con un mosaico que va deshaciéndose por la humedad. Nos explicaba Henza, que es la casa más antigua del barrio, y que donde ahora vivían tres familias, antes vivía un rabino. Saludamos discretamente a los vecinos, y la niña nos indicó que  podíamos tomar fotos sin sacar a las personas. Aún así, pedí  permiso a sus inquilinas, en aquel momento estaban lavando en un lugar al lado del patio. Sin inmutarse, continuaron con su tarea como si tal cosa.
Y por fin , llegamos a la sinagoga. Entré yo sola, hasta el baño de las mujeres , situado justo debajo de la sala destinada da la oración. Se baja por una escalerita que parece que conduce a un zulo subterráneo, que, en realidad, lo es. Allí hay una especie de piscina pequeña, con una obertura en el techo a modo de respiradero. En esta sala, se bañaban las novias, antes de contraer matrimonio en la sala de arriba, la de oración que me había mostrado antes. Subí, por otra escalera, empinadísima, a la terraza. Estaba lloviznando y no apetecía  entretenerse arriba, sólo un momento para otear desde la pared de la terraza, y divisar, justo abajo, un cementerio, judío, con las tumbas orientadas hacia el mismo lugar, Jerusalén, y pintadas de color blanco. Un lujo, me dije. Fes se veía preciosa desde esta altura: sobre las casas, muchas terrazas, pegadas, que me hicieron pensar en  Fátima Mernisi y su novela "Sueños en el umbral" , cuando hablaba de la vida secreta de las mismaa, en la que los novios se podían ver desde lo alto, unos minutos al día, furtivamente, lejos de las miradas vigilantes de los mayores.
Salí de la sinagoga para decirle a Henza lo mucho que me ha gustado, pero ya no estaba. Mis amigos me esperaban pacientemente. Henza había desaparecido, y en su lugar,  un policía  hablaba tranquilamente con los vigilantes de la sinagoga.
Sentí que se hubise marchado así, me hubiese gustado conocer a su familia, seguro era hermana de un buen ejército de critaturas y jóvenes.
Fue, sin duda,  un lujo de paseo.

diumenge, 8 de març de 2020

El año nuevo Amazigh. Paseando por Rabat.

Vamos, el domingo a mediodía, un domingo de enero, al barrio del Agdal en Rabat. No acabo de entender el propósito de mi amigo Hassane, de llevarme allí. Debe tener algún sentido, pienso , porque no es un lugar para pasar un rato como turista ni para pasear, ya que no tiene más que un centro comercial y unas calles llenas de comercios caros, los cuales, me consta, que Hassane no frecuenta porque no forma parte de sus inquietudes.

Subimos al coche y no muy lejos de donde habíamos parado a comer, nos paramos de nuevo, esta vez en un aparcamiento de un centro cultural , en el que, según nos explica a su mujer y a mi, vamos a ver a un amigo al que le hacen un homenaje porque se ha jubilado. En la sala hay una exposición de pintura que aprovechamos para ver. Me asombra, o mejor dicho, me llama gratamente la atención  la cantidad  de galerías de arte, de murales en la calle, de certámenes de pintura que he visto en Marruecos. Me gusta esta sensación de poder ver la intimidad de las personas expresada en arte, que no entiende de idiomas y que es fácil para mi poder acceder a él.

La sorpresa va a venir cuando Hassane nos dice que podemos entrar en el teatro que hay justo enfrente del centro cultural en el que yo habia estado observando a un grupo de músicos y de baile vestidos de fiesta con la túnica de gala de color verde turquesa, con sus turbantes blancos elegantísimos y sus babuchas amarillas, preparándose a la entrada para actuar dentro del teatro. Se trataba de la celebración del nuevo año Amazigh, una celebración pagana, que tiene que ver con el ciclo de la cosecha: se agradece el nuevo ciclo que se abre, que es el de la siembra, bailando la música gnawa, tan rítmica y envolvente que enseguida crea un ambiente en el que todo el mundo se siente partícipe.


Yo me entusiasmo con la idea de entrar, aunque no estamos invitados, pero , sin problema, mejor dicho, con satisfacción, nos dejan pasar para presenciar lo que allí dentro va a acontecer, incluso con orgullo. Al ver que soy extranjera y que me acerco al escenario para poder ver mejor el espectáculo, el organizador del evento se me acerca para preguntarme si me gusta. Le contesto que me encanta, que es un regalo para mí poder entrar a ver una ceremonia tan sencilla y tan sentida. Las personas presentes se levantan y bailan los ritmos marcados por la música, las voces, sus patadas en el suelo...maravilloso espectáculo.

Al finalizar, para no molestar , salimos antes de que se sirva la comida. Imposible. Enseguida viene el organizador, quien, al ver que nos vamos, nos  advierte gesticulando con la mano en el corazón, que no podemos irnos de allí sin probar la cocina típica bereber : consiste en una especie de potaje con varias legumbres y un postre hecho con cus cus y una salsa de almendras dulce . Este último no lo podemos probar porque tenemos que irnos. Nos entrega un recipiente para que podamos llevarlo a casa. Parece bien denso el alimento, con maiz, frijol blanco, y una especie de sémola gruesa que le da un aspecto poco apetecible pero con un aroma estupendo. 


Una delicia de celebración, le agradezco el atrevimiento a Hassane por habernos llevado a tal sitio, he hecho videos y fotos porque quiero compartirlo con las mujeres marroquíes de Mallorca. Actos sencillos que no se olvidan.

Nos vamos a casa, yo necesito cambiar dinero, y vamos a dar una vuelta con Hassane por su barrio, sin que nadie pueda cambiarme unos euros. Es un barrio de Rabat lejano al centro, pura esencia de Marruecos, sus cafés, salones de tés, restaurantes económicos, sus tienditas de barrio, ésas que te surten de todo, niños y niñas jugando en la calle, jóvenes arreglando sus motos en equipo, ... ¡y mujeres que salen con sus cubos de casa para pasar la tarde del domingo en el hammam!. ¡Tentadora propuesta!. Me gusta la idea. Le pregunto a Hassane si hay planes antes de cenar y me dice: "si quieres ir, ¡ve! No lo preguntes, es tu momento. Y , bien, confieso que movida por el recuerdo del gran momento en el hammam de Zagora, y por la curiosidad del contraste, me voy a sumergir en el hammam del barrio, nada glamuroso, pero auténtico por lo que veo desde el exterior.
Lo siento, el relato del hammam de Rabat será  otra entrada.



dissabte, 8 de febrer de 2020

Construyendo un proyecto con Marruecos III. Curioseando en Rabat.

Después de la visita al Museo de Arte Contemporáneo Mohamed VI, me voy hacia el centro, a cinco minutos, para encontrarme con un escritor español que vive en Kenitra,  y que hoy me ha propuesto que comamos juntos antes de irnos a una charla-coloquio en un local cultural de la capital. Me espera en la Cafetería Renaissance, en pleno centro de Rabat, encima de los cines , en una primera planta a la que subo andando, y en la que inmediatamente me siento como en una película de los años 50.
Se sube por unas escaleras dobles, a un local de ambiente europeo , colonial , decadente y encantador. Y allí está Alberto Mrteh, sentado en una mesa pequeña, dando la espalda a una enorme ventana acristalada, provocando un efecto de contraluz, que me deslumbra y me impide verle , hasta que estoy casi encima de su mesa. El está escribiendo unas notas, me dice que está traduciendo un libro, y que tiene muchos frentes abiertos, que por éso ha venido antes para aprovechar el hueco para trabajar en el libro entre el horario del tren y la hora de nuestra cita.


No nos vamos a quedar, me cuenta que tiene previsto que vayamos a comer cerca de donde va a tener lugar el coloquio. Como yo no conozco la ciudad, me dejo asesorar y le sigo, no sin antes echar un vistazo a la Cafetería , sobre la que veo un escenario montado para tocar un grupo de música. Me comenta Alberto que es un lugar especial en el que se organizan conciertos y que es muy agradable el ambiente que se crea. Un lugar para tener en cuenta si regreso, mirando calendarios y posibilidades, muy interesante.



Vamos a comer a un restaurante muy típico, decorado como si se tratara de una jaima, encantador lugar y una atención inmejorable, un tagine de carne con ciruelas de ésos que no se olvidan y una ensalada que no podemos terminarnos. Yo, como con las manos, ya no puedo hacerlo con cubiertos en Marruecos, imposible, como con la mano derecha, que es como me sabe mejor todo, y dejo el plato y los cubiertos a parte para que se los lleven.
Sin reposar la comida, nos fuimos a la sede de una asociación Tilila,  en la que se ponía en marcha un club de lectura justo con el libro que hace poco tiempo había leído de Fátima Mernissi: "El Profeta y las mujeres. El Harén Político". El coloquio fue complicado para mí, recogí un 10% de lo que allí se debatió durante dos horas entre personas de diferentes edades y posiciones sociales, interesantísima experiencia , pensaba, inmersa sin saber muy bien cómo, en el mundo asociativo algo "background" de Marruecos.  Allí pude hacer algunos contactos sobre lo que yo buscaba, tarde fructífera  y llena de recuerdos ahora que lo estoy escribiendo, desde la lluvia del día, la búsqueda del lugar y la sorpresa al ver carteles de la CNT en las paredes de este local social gestionado, según pude imaginar, por un grupo de jóvenes muy alternativos, que en Mallorca, pocas personas tienen en el imaginario acerca de la juventud marroquí.
Me quedo de aquel lugar  con la foto de grupo, para poder transmitir la idea de lo que fue esta sesión, y , todo ello, casi sin entender lo que se habló, que fue mucho, muy intenso, y, sobre todo, con un perfecto respeto por entender y explicar, respetando turnos de palabra, la escucha y la profundidad de la lectura. Me sorprendió el análisis que son capaces de hacer jóvenes de unos 20 años sobre el Corán y de diferenciar lo que es Islam como religión .  Yo no conozco algo similar respecto al análisis de la Biblia Católica fuera de los entornos religiosos.
Como colofón, no puedo dejar de mencionar la entrañable presencia de  una espontánea que daría para un relato entero por su manera de entrar y de intervenir. Entró a la hora de haber iniciado el debate, disculpándose mientras atravesaba el círculo formado por las personas asistentes, interrumpiendo lo que en aquel momento se estaba debatiendo, para, en serio pero cómicamente, pedir un resumen de lo hablado hasta el momento. Era una mujer de unos sesenta años, vestida con ropa de joven estudiante universitaria estilo generación del '68, con un turbante amarillo a conjunto con su jersey del mismo color. Un personaje de lo más curioso, que fue la única en interrumpir y no respetar el turno de palabra, andándose por las ramas, como si hubiese venido a dar su charla, aprovechando un local en el que sabía que tendría audiencia. Al finalizar, haciendo gala de la insaciable curiosidad marroquí, se acercó a mi, en francés, lengua que puedo comprender si me hablan despacio, disparando a bocajarro una conversación que empezó por el color de mi jersey y mi pañuelo, y continuó sin saber hacia qué tema porque no pude entender nada más, sin poder recordarle que me tenía que hablar despacio. Yo la miraba con cara de "no entiendo nada" pero pareció no importarle y ella siguió su relato, que es en realidad lo que había venido a hacer: hablar de lo suyo. Afortunadamente, Alberto tuvo la ocurrencia de rescatarme para ir a echar un vistazo a la biblioteca de la asociación en la que puedes donar o comprar también , libros políticos, sobre todo. Me acerqué con curiosidad, a ver la estantería de la sección dedicada a Feminismos, con , por supuesto, varios libros de Fátima Mernissi y otras activistas árabes. Y allí me topé con uno de los asistentes a la charla, un psiquiatra que había conocido a Fátima Mernisi y que se interesó por mi trabajo con mujeres marroquíes en Mallorca. Él estaba tratando de ultimar la presentación de la Asociación Fatima Mernisi, una entidad que trata de visibilizar y trabajar para el empoderamiento de mujeres en zonas recónditas de Marruecos, en este caso, en el Atlas. Nos pasamos direcciones y quedamos en que nos mantendríamos en contacto. Interesante hallazgo, pensé yo, voy avanzando en mis propósitos de conocer asociaciones que intervengan con mujeres en zonas deprimidas. Aunque puede parecer que en la era de Internet todo está a nuestro alcance, me voy dando cuenta que aquí, como en Mallorca, de lo que se trata es de ir haciendo contactos, darte a conocer, explicar tus propósistos de aprender sobre el lugar, e, inmediatamente, se te van abriendo las puertas con más facilidad. Poco a poco, voy tejiendo una red que me va ayudando a configurarme una idea de lo que es el tejido asociativo en Marruecos.

Tras este intercambio de datos con este profesional, nos damos cuenta de que somos prácticamente los últimos en salir del local, los jóvenes que lo gestionan han recogido todo y están en la puerta para salir. Somos los últimos, hemos conseguido ser más curiosos que los propios marroquies. Al despedirme, les pregunto si van a colgar las fotos en su página de Facebook. Me interesa compartir la experiencia, como decía , porque no está en el imaginario mallorquín que existan grupos alternativos en Marruecos.

Continuando con mis andanzas, fuimos Alberto y yo, caminando refugiándonos de la lluvia de regreso al centro de la ciudad, sorteando lagunas formadas por el aguacero, en las avenidas de Rabat, en busca del "cuartel general" en el que se reúnen habitualmente mi amigo Hassane y su comité asociativo.
Llueve en Rabat. Es enero, hace frío. Y mi amigo Hassane nos espera en la terraza de su café del centro de la ciudad.

dimecres, 25 de desembre de 2019

Ara que som a Nadal.

He somniat desperta, passejant per Palma, que caminava de la teva mà, per el Carrer Jaume II, i baixavem per les escales d'es Pas de'n Quint,  passavem per davant la tenda d'esports NINS, per la jugueteria La Industrial, i per la Confiteria La Pajarita, al Carrer Sant Nicolau, fins a arribar al nostre destí: Dulces García.
Allà anavem les dues tots els nadals, des de que jo tenia cinc anys. Hi anavem el dissabte matí, el dissabte abans de la Nit de Nadal. Era obligatori: la família ens reuniriem al voltant del record del padrí, el dia 24 de desembre, com cada any, celebrant una nit especial on la família Torres Vidal ens juntariem com fins ara , per degustar una sopa de brou de Nadal, unes viandes especials, ous filats, embotits i, com no, un bon surtit de torrons que tu i jo hauriem adquirit a la teva preciada confiteria.
Aquell ritual el conserv ben net a la meva memòria. Partiem tu i jo ben matí, abrigades, devers les nou, caminant amb passa decidida, cap al centre. Tu i jo aferrades de la  mà, anavem atravessant el carrer 31 de desembre, fins al Carrer de Sant Miquel, passant per tots aquells comerços despareguts,  que poc a poc han estat substituïts per les franquícies. Del Carrer de Sant Miquel record la benzinera i la seva dependenta, una dona especial, cinquanta anys, cabells curts, ulls ben pintats, moderníssima, espectacularment llamativa, amb una cartera de pell penjada a la cintura amb els diners per cobrar i tornar canvi. Continuavem, passavem l'Hospital Militar, i ens aturavem a cada deu metres, perquè tu te trobaves amistats, mestres com tu, jubilades i jubilats, que segurament feien rituals semblants als nostre. Me presentaves: "Ella és na Miquela, ens coneguerem estudiant de mestres al Consulat de Mar", o, els hi explicaves, que jo era la teva neta petita, que en tenies tres, una que ja tenia una nina, i una altra que vivia a França,....I així, fins a sis o set o deu o quinze cops en el recorregut, sense presses en les salutacions. Tu gaudies de trobar les amistats. Jo m'avorria, molt, moltíssim,  però, reconec que ara ho enyor i m'agrada rememorar-ho.
Passàvem per La Filadora, perquè volies comprar una tela per arreglar un forro d'un abrig, o pel Forn "La Palma de Oro", on compràvem unes agulles d'espinacs, i uns medritxos per berenar el diumenge matí i una duquessa per més tard. Tot seguit, travessàvem la Plaça Major, i passàvem pel Carrer Jaume II, on saludàvem uns veïnats que tenien una tenda de records de Mallorca. I, així, fins que al cap d'una hora de camí entre compres i "estacions" per saludar a les teves amistats, aconseguíem arribar a Dulces García.
Record perfectament el local, estret i llarg, a la dreta del Carrer Sant Nicolau, amb un mostrador, al costat esquerra de la porta, on exposaven les barres de torrons artesans, en forma de bloc, de diferents gusts i colors. El local devia tenir uns tres metres d'ample, per sis o set de llarg, dividit per una barra, entrant a l'esquerra, que d'any en any jo anava superant en altura,. Damunt el marbre s'acumulaven barres de torró exquisides. Tot estava folrat de miralls, de manera que el local semblava més gran. El propietari, un "tipo especial", alt i molt gros, amb barba frondosa, ulleres, calçons de tela i jersei de coll picat i camisa blanca, ens saludava i ens oferia les novetats i especialitats de la casa. Record com si els tengués davant, aquells torrons que tant t'agradaven: el de "yema tostada", una barra de color groc,  o el d'avellana, impossible de superar, el de "natanueces", el torró de Xixona, aquell que elaboraven tan fi i que era el teu preferit. O el de castanyes, més car i del que adquiríem un tros més petit. Per acabar, compraves una bosseta de Pasteles Gloria, uns pastissets finíssims, ensucrats i farcits de vermell d'ou, embolicats amb delicadesa amb un paper encerat i platejat, que deia "Pasteles Gloria" amb un dibuixet de colors vermells, blaus i blancs. Tot alló ho aficaves dins d'una de les bosses de xarxa que tu ja duies preparada dins del teu bolso. Pesava. Però, no importava, tu ja tenies el que tu volies, i , després de fer la xerradeta de rigor amb l'amo de la confiteria, ens acomiadàvem fins a l'any següent, "si Déu ho vol". Bones Festes i Feliç Any Nou.
I arrancàvem altre vegada escales del Pas d'en Quint per amunt, cap al Carrer de Jaume II, Plaça Major i Carrer de Sant Miquel, on feríem una aturada. Ens ho havíem merescut. Una xocolata ben calenta amb ensaïmada o coca de quarto al ja desaparegut Cafè Moka.  Aquella passejada era deliciosa. I tu, anaves tan contenta, de poder-te permetre, després de la dura pobresa de la vida de mestra, convidar-nos a tota la família a menjar uns torrons especials, per celebrar una jubilació que jo vaig gaudir per haver sigut la neta privilegiada, la teva neta petita. 
In Memoriam. Francisca Vidal Ferrà, 1899-1991.

dijous, 28 de novembre de 2019

Distopía

Me  detuvieron una noche. Estuve jugando en la casa de apuestas con mis colegas, bebí más de la cuenta y tomamos algo de coca, y con la euforia, aposté el dinero que ella me dió  en la máquina. Estoy jodido. La he jodido, para siempre. A la  mañana siguiente, la juez decretó orden de alejamiento para mí, y me mandaron a un centro con otros hombres que también han pegado o acosado a su mujer. No me dieron opción. No podré volver a acercarme a ella, ni a mis hijos. Me colocaron la pulsera y si me aproximase a ella, una alerta se dispararía y la Policía acudiría enseguida y me volverían a detener. Esta vez por incumplir mi condena. Y puede que entrase en prisión.
Ella se quedó en el piso, con nuestros hijos, para que pudieran continuar sus vidas, ir al colegio, y yo, la he jodido, no puedo verles más que el fin de semana, y sólo si no les interrumpo sus actividades. La verdad, me pasé tres pueblos. No hay vuelta atrás, he perdido todo, por ponerme hasta el culo de coca y alcohol, enfadado por haber perdido el dinero de la apuesta. Ella, a las 3 de la madrugada, me esperaba despierta porque no había vuelto con la compra. A mí eso me jodió, me jodió tanto que le di un empujón, y al caer se golpeó con la cabeza en el pomo de la puerta. Me asusté, gritamos ambos, mucho, ella me increpó diciéndome que me estaba consumiendo el dinero del alquiler y de la comida de mis  hijos. Sus palabras retumban en mi mente. "Te gastas lo que yo ahorro trabajando como una mula en verano en el hotel, y tú no eres capaz de encontrar ni un trabajo digno" Y tenía razón, pero, mi orgullo de macho y  mis voces internas me decían que yo soy quien manda en casa, y la volví a empujar, rojo de ira. "Cállate, PUTA, que das asco, sólo gritas, quítate de delante, no me molestes, quiero dormir!!!"
Y los gritos  despertaron  a los vecinos, y  llamaron a la Policía.
Mi hijo mayor se despertó, y se puso en medio, antes de que volviera a pegarle a ella, tenía ganas de romperle la boca de un puñetazo para que se callara.... Se me fue la olla, del todo.
Sonó el timbre, y él, mi hijo, llorando, abrió enseguida, con lo que la Policía entró en casa y me detuvo sin remedio. He arruinado mi vida, nuestras vidas, me da vergüenza. Mi hijo me ha visto pegar a su madre. Me pregunto si querrá verme cuando se mayor. Probablemente, no. Me da vergüenza.
Ahora tengo que pagar cuatrocientos treinta euros cada mes por el   alquiler de mi habitación en el centro,  y además, le tengo que pasar una manutención a ella para mis hijos, para que la vida de mis hijos pueda seguir igual, si no quiero ir a prisión.
Y la vida en el centro, no es nada fácil, cada semana entran tíos nuevos, los trae la policía, después del juicio. Algunos hasta le han partido la cara a su mujer, otros vienen de haber pasado unos meses en prisión, uno de ellos dice que le partió los dientes a su mujer, y pasó dieciocho meses encarcelado...cuando le escucho, me acuerdo de mí, a punto de romperle la boca a María, mi mujer, mi ex-mujer, porque ahora ya está en trámite el divorcio. Ella enseguida fue a pedirlo al juzgado, vaya! Se dio prisa la tía....otra deuda que voy a tener, pagar el divorcio. No vale de nada que yo no quiera, mejor dicho, me cuesta más si me niego, aunque ya me ha dicho el abogado que no vale de nada mi opinión porque la ley no me va a dar la razón. La lié, casi la reviento a golpes, no quería, pero se me fue la olla... Ahora voy al grupo de terapia...eso si que es duro... cómo cojones he llegado hasta este punto, en un grupo todo de hombres que lo han perdido todo, por perder el control, por armarla, por creerse que eran algo... unos mierdas es lo que son, ...lo que somos... unos mierdas... esto lo voy arrastrar toda la vida.
Y me da rabia....pensar que ella está en el piso, con los niños, y yo, aquí, en este sitio, lejos de casa, de mi ambiente, de mi familia, en un sitio en el que tengo que decir siempre a dónde voy, de dónde vengo, con quien voy....con horarios, con tareas compartidas de obligado cumplimiento, .... cómo he podido llegar hasta aquí? Me tratan como a un niño, a mis casi cuarenta, y teniendo que dar explicaciones a los educadores.... cómo he podido llegar hasta aquí?
Ahora, en el centro, me controlan el plan de ahorro, porque me dan un plazo máximo, ya ves, de sólo once meses para encontrarme un piso de alquiler en el que irme a vivir por mi cuenta, lejos de mi casa anterior, porque no me puedo aproximar a ella en dos años. Y el tema está jodido, porque dónde cojones voy a encontrar un alquiler por el mismo precio que pago en el centro, o sea, cuatrocientos treinta euros. Por este precio, ya lo he mirado, y lo único que encuentro son habitaciones realquiladas, en las que ni me voy a poder empadronar, además de tener que compartir baño y cocina con otros tíos que no conozco de nada! Me han comentado algunos compañeros que ya se han ido del centro a vivir en habitaciones compartidas, que hay mucho piso donde se trapichea con droga, o se alquilan camas calientes, de día unos, de noche otros,...vaya mierda...y cómo voy a pagar más si los trabajos que encuentro son una mierda, no llego a los mil euros, currando todo el día, repartiendo paquetes por toda la isla, ...la he jodido, la jodí bien jodida...., por creerme macho....

diumenge, 17 de novembre de 2019

Mi lugar en Fez.



Es el lugar, en la medina de Fez, una medina que contrasta con la locura moderna en la ciudad de contrastes.
Al cruzar por cualquiera de las puertas de la medina de Fez, el olor, el ambiente, el ruido, el trasiego, los colores, las personas, los burros, las motos, el agua en el suelo, las miradas, los roces, los empujones, los puestecitos de libros  alternándose con ropas, bolsos y zapatos, te encandilan al pasar. La sensación de que los sentidos no dan a basto, las miradas se cruzan, en un espacio interpersonal reducido,  el olfato, la vista, el oído y hasta la libido se ponen en alerta. Y, sin saber el rumbo, me dejo empujar y arrastrar por las personas,  turistas y locales, que junto a mí, rozándome el brazo, el bolso, los pies, me indican sin quererlo, el camino. De pronto, tantas sensaciones me hacen perder de vista a mis amigos fasíes. Se han detenido a hablar con unos amigos suyos que trabajan en esta mágica medina. Encontrarse con amistades es frecuente, y los saludos, son absolutamente protocolarios.
_ Labass?
_ Labass?
_ Ua, mezyane. Shokran. Bher?
_ Bher, Shokran. Kulchi mezyane?
_ Nam, bher! Alhamdollillah
_ Alhamdollillah!
Se besan en las mejillas, se rozan las manos (la derecha) y ambos interlocutores se tocan con la misma mano cada uno el pecho a la altura del corazón. Señal de amistad, de que se comunican sus afectos.
Me presentan:
_ Una amiga de España.
_ Bienvenida!
_ Shokran.
Intercambian unas frases en dariya y seguimos caminando. La misma operación se repite cinco, seis, siete, no sé, pierdo la cuenta de a cuántísimas personas se han encontrado y han saludado antes de llegar a nuestro destino
Y seguimos caminando hasta el lugar al que nos dirigimos, un lugar que quienes se han convertido hoy en mis guías particulares frecuentan, un lugar especial, para ir a tomar té. Nada más, un té, atthai, con menta, shiba, geranio y salvia. Me dicen que es un lugar especial. Y lo debe ser, porque llegamos y no podemos entrar. En el local apenas caben seis personas, es pequeño, acogedor, simple, auténtico. Lo regenta un hombre sencillo, Ba Abdellah, el señor Abdellah. Un señor, sí. Me explican mis amigos que Ba es una manera de llamar a los hombres a quienes se les debe un respeto. Ba Abdellah transmite ese respeto. Es un hombre de edad indefinida, no sé si tiene sesenta y muchos, setenta y bastantes. No lo sé. Pero al llegar, me siento arropada por él, por su apariencia, su acogida, como si me estuviera diciendo que por ir con quien voy, soy bienvenida.
Y al vaciarse el lugar, nos sentamos, e inmediatamente mis amigos entablan conversación con él. Yo me limito a mirar la escena. Me encantaría tener a un hombre como Ba Abdellah en mi familia. Parece una persona llena de sabiduría, de estas personas que crean ambiente sólo con su presencia. Es de estatura más bien alta, corpulento pero delgado, va vestido sencillamente, pantalones de pana, un jersey gris y una bufanda vistosa de lana encima, un gorro tradicional hecho de ganchillo, que tapa su discreta calvicie, aunque asoman unos cortos cabellos grises.  Mejillas sonrosadas, sonrisa radiante, mirada sincera, sencilla, amorosa. Me ha embelesado la energía de paz que desprende. No me quiero mover de allí. Contemplo, desde mi discreto y sencillo asiento, cómo hace el té. Utiliza shiba (una clase de artemisa), hierbabuena de hojas intensamente verdes, salvia, y, para mi sorpresa, hojas de ése tipo de geranio que huele a limón.
Estamos sentadas tres personas en el lugar. Tiene unas sillas de hierro forjado con unos cojines redondos desgastados por el uso, y unas mesitas redondas de mosaico andalusí. Todo muy simple, sin adornos ni estilismos. Los vasos, los de toda la vida, altos, con unas huellas en la base, no paran de trabajar. Se vacían se lavan y se vuelven a llenar de hierbas y agua hirviendo. En la base, para no quemarse, se colocan unos vasitos de latón brillante que envuelven el vaso de cristal. Así podemos sorber el té sin quemarnos las manos, aunque la lengua queda abrasada si no sabes sorber como ellos lo hacen.
El ritual es continuo. Ba Abdellah vigila una caldera al fuego constantemente, con agua hirviendo, que va sacando desde el grifo metálico a unas jarritas también de metal, que son las que usa para ir llenando los vasos en los que previamente ha colocado las hojas de las diferentes hierbas. Todas bien apretadas, parece que no cabe el agua. Va a servir los nuestros. Pregunta a mis acompañantes si quiero azúcar. Asiento, y enseguida, me entrega mi vaso, con su base de metal, y el té humeante y ardiente, que me consuela al tenerlo entre mis manos, porque hoy hace frío y llueve en Fez.
Y mis amigos siguen hablando con él, mientras yo, entre sorbo y sorbo de té, me quedo mirando la vida de la medina que asoma por el portal de la minúscula tetería. Definitivamente, es mi lugar en Fez.

dimecres, 13 de novembre de 2019

Un día en el Museo Mohamed VI de Rabat.

Era sábado, tercer día en Rabat, el pasado mes de enero, llovía a cántaros y mi idea de pasear toda la mañana por la medina de la ciudad se desvaneció. Pero en Marruecos siempre aparece un "Plan B" y  me surgió la oportunidad de visitar el Museo de Arte contemporáneo Mohamed VI. Leí que había una exposición temporal de tres pintoras, tres mujeres, de diferentes pueblos de Marruecos, ya fallecidas, cuya personalidad me atrajo. El "Plan B" prometía una mañana intensa.
Bajo la lluvia, mi amigo Hassane me dejó justo enfrente, de paso, cuando se iba a su reunión de la asociación de su barrio. El Museo abría a las diez de la mañana, así que acababan de abrir cuando llegué. Entré la primera, justo cuando abrían sus puertas. El personal del Museo, masculino en su totalidad, no tenía aspecto de estar muy motivado en explicarme nada. Me indicaron el precio (40 Dhm), pagué, dejé la mochila en taquilla y empecé a pasear entre obras de arte.
Pasé tres horas fantásticas contemplando pintura de diferentes autores marroquies, pero, sobre todo, la de las tres pintoras que me dejaron boquiabierta por su historia personal. Mujeres que ahora podrían tener unos 80 años y que dedicaron su vida a la pintura para transmitir el legado cultural de su lugar natal. Sus nombres son Chaibia Talal(1929-2004), Radia Bent El Houcine (1912-1994), Y Fatima Hassan El Farouj (1945-2011), toda ellas fueron niñas sin escolarizar, para convertirse, por su afición a la pintura, en mujeres rompedoras, con una personalidad desbordante a juzgar por lo que muestran sus obras y sus biografías. Me llevé algunas fotografías en el móvil para mostrar las pinturas a las mujeres de Mallorca, pues me dejaron fascinadas con los colores, los detalles y, sobre todo, las entrevistas y videos sobre sus vidas.


En el museo proyectaban en una de las salas, las entrevistas que hace unos años les hicieron en las televisiones a dos de ellas. Unas mujeres con una presencia que me atrajo. No entendía las conversaciones pues las entrevistas no estaban subtituladas, sin embargo me senté ante las pantallas para escucharlas. Son ése tipo de mujer que derrocha talento y seguridad. Me impresionaron mucho. En uno de mis paseos para volver atrás y volver a mirar los cuadros que más me llamaron la atención, se acercó a mi uno de los vigilantes del museo, quien, adivinando mi entusiasmo, me dice que me ha dejado hacer fotos pero que no haga más, porque se trata de una colección privada. Yo estaba dispuesta a borrar las fotos si me lo pedían, no sin antes explicarle el propósito de mi reportaje. Le comenté que trabajo con mujeres marroquíes en Mallorca, a quienes les encantaría poder ver esta exposición, Le expliqué que algunas de ellas escriben y les gusta el arte, y que sería un estímulo muy positivo ver sus pinturas ya conocer la vida de estas artistas.
Me preguntó si soy pintora. Sentí decepcionarle, le hubiera gustado poder decir que había conocido a una pintora, lo leí en su rostro. Pero mantuvo el interés cuando le expliqué lo importante que es para mí ver que mujeres que no han ido a la escuela, tengan estas salas para exponer sus pinturas, y que es algo que quiero transmitir a las mujeres marroquíes que viven en Mallorca, que ni se imaginan algo así por el poco acceso que han podido tener a la cultura. El hombre, curioso, como suelen ser los marroquíes,  se interesó por mi trabajo, me preguntó qué hago exactamente en Mallorca, qué contacto tengo con Marruecos. De manera natural, entablamos conversación, al más puro estilo marroquí, sometiéndome al interrogatorio habitual sobre qué conozco, de dónde vengo, qué hago, cuántas veces he estado en el pais, qué es lo que más me gusta y al final, al saber que trabajo en Manacor, tierra de Rafa Nadal, nos hicimos una foto juntos en la misma sala del museo. "No pinto pero escribo en un blog en el que  me gusta contar cosas de Marruecos", le dije. En Marruecos, interesarse por el país, su cultura y sus costumbres es baza segura para abrir puertas. Al final, el vigilante del Museo y yo mantuvimos una conversación muy interesante sobre las mujeres, la vida de ellas en Mallorca, la nuestra, las costumbres, y el trabajo que supone la acogida en un país extranjero.
Después de quedar retratados en el "selfie",  me acompañó hasta la entrada a otra sala, en la que se visita la exposición permanente. Me animó a regresar al Museo cuando vuelva a Marruecos. Lo haré, le digo, para ver nuevas exposiciones temporales.