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diumenge, 8 de març de 2020

El año nuevo Amazigh. Paseando por Rabat.

Vamos, el domingo a mediodía, un domingo de enero, al barrio del Agdal en Rabat. No acabo de entender el propósito de mi amigo Hassane, de llevarme allí. Debe tener algún sentido, pienso , porque no es un lugar para pasar un rato como turista ni para pasear, ya que no tiene más que un centro comercial y unas calles llenas de comercios caros, los cuales, me consta, que Hassane no frecuenta porque no forma parte de sus inquietudes.

Subimos al coche y no muy lejos de donde habíamos parado a comer, nos paramos de nuevo, esta vez en un aparcamiento de un centro cultural , en el que, según nos explica a su mujer y a mi, vamos a ver a un amigo al que le hacen un homenaje porque se ha jubilado. En la sala hay una exposición de pintura que aprovechamos para ver. Me asombra, o mejor dicho, me llama gratamente la atención  la cantidad  de galerías de arte, de murales en la calle, de certámenes de pintura que he visto en Marruecos. Me gusta esta sensación de poder ver la intimidad de las personas expresada en arte, que no entiende de idiomas y que es fácil para mi poder acceder a él.

La sorpresa va a venir cuando Hassane nos dice que podemos entrar en el teatro que hay justo enfrente del centro cultural en el que yo habia estado observando a un grupo de músicos y de baile vestidos de fiesta con la túnica de gala de color verde turquesa, con sus turbantes blancos elegantísimos y sus babuchas amarillas, preparándose a la entrada para actuar dentro del teatro. Se trataba de la celebración del nuevo año Amazigh, una celebración pagana, que tiene que ver con el ciclo de la cosecha: se agradece el nuevo ciclo que se abre, que es el de la siembra, bailando la música gnawa, tan rítmica y envolvente que enseguida crea un ambiente en el que todo el mundo se siente partícipe.


Yo me entusiasmo con la idea de entrar, aunque no estamos invitados, pero , sin problema, mejor dicho, con satisfacción, nos dejan pasar para presenciar lo que allí dentro va a acontecer, incluso con orgullo. Al ver que soy extranjera y que me acerco al escenario para poder ver mejor el espectáculo, el organizador del evento se me acerca para preguntarme si me gusta. Le contesto que me encanta, que es un regalo para mí poder entrar a ver una ceremonia tan sencilla y tan sentida. Las personas presentes se levantan y bailan los ritmos marcados por la música, las voces, sus patadas en el suelo...maravilloso espectáculo.

Al finalizar, para no molestar , salimos antes de que se sirva la comida. Imposible. Enseguida viene el organizador, quien, al ver que nos vamos, nos  advierte gesticulando con la mano en el corazón, que no podemos irnos de allí sin probar la cocina típica bereber : consiste en una especie de potaje con varias legumbres y un postre hecho con cus cus y una salsa de almendras dulce . Este último no lo podemos probar porque tenemos que irnos. Nos entrega un recipiente para que podamos llevarlo a casa. Parece bien denso el alimento, con maiz, frijol blanco, y una especie de sémola gruesa que le da un aspecto poco apetecible pero con un aroma estupendo. 


Una delicia de celebración, le agradezco el atrevimiento a Hassane por habernos llevado a tal sitio, he hecho videos y fotos porque quiero compartirlo con las mujeres marroquíes de Mallorca. Actos sencillos que no se olvidan.

Nos vamos a casa, yo necesito cambiar dinero, y vamos a dar una vuelta con Hassane por su barrio, sin que nadie pueda cambiarme unos euros. Es un barrio de Rabat lejano al centro, pura esencia de Marruecos, sus cafés, salones de tés, restaurantes económicos, sus tienditas de barrio, ésas que te surten de todo, niños y niñas jugando en la calle, jóvenes arreglando sus motos en equipo, ... ¡y mujeres que salen con sus cubos de casa para pasar la tarde del domingo en el hammam!. ¡Tentadora propuesta!. Me gusta la idea. Le pregunto a Hassane si hay planes antes de cenar y me dice: "si quieres ir, ¡ve! No lo preguntes, es tu momento. Y , bien, confieso que movida por el recuerdo del gran momento en el hammam de Zagora, y por la curiosidad del contraste, me voy a sumergir en el hammam del barrio, nada glamuroso, pero auténtico por lo que veo desde el exterior.
Lo siento, el relato del hammam de Rabat será  otra entrada.



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