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dijous, 12 de setembre del 2019

La fiesta de la henna, el gineceo magrebí.

Me han invitado a la ceremonia de la henna, es la primera vez, estoy emocionada, como cada vez que recibo una invitación de ellas, de mis congéneres marroquíes, ya sea en Mallorca o en Marruecos. Pienso en cómo tengo que ir vestida, cómo me tengo que comportar, cuáles serán los pasos del protocolo a seguir, con cuántas amigas me voy a reencontrar. Esta vez se trata de una fiesta a la que sólo acudimos mujeres, para preparar a Jamila para la boda que tendrá lugar dos días después. Un honor que me hayan invitado, como mujer allegada a la familia de la novia.

Llegamos al portal de la casa, no importa saber la dirección exacta: basta ver el movimiento de mujeres y hombres, niños y jóvenes que van y vienen cargados con bebidas, comida, paquetes, recipientes para cocinar, viandas, dulces, y demás enseres necesarios para la ceremonia. El ascensor entre la planta baja y el cuarto piso  no deja de ir y venir, arriba y abajo,  suben y bajan invitadas, regalos, comida. Lo que se celebra hoy, es importante. Sólo acudiremos las féminas, hoy vestidas de fiesta, preciosas todas , con sus kaftanes de colores, sus tocados llenos de adornos, siempre a la última moda para colocarse el hiyab, a modo de turbante, con su trampa para embellecer los rostros. Pues pasa de ser una prenda que  cubre la belleza de la mujer, para convertirse, en días especiales, en un adorno que realza las facciones de todas ellas para mostrarse bellas ante preámbulo de una boda. Ojos y labios perfectamente maquillados, vestidos preciosamente combinados en colores vivos, con diseño según la  de este año: predominan el color verde carruaje combinado con rosa, detalles brillantes en las ropas, tules ensalzando el tejido, vestidos ceñidos hasta la cintura que se sueltan a partir de las caderas, cubriendo a la mujer hasta los pies. Se prepara  una celebración en toda regla. Y no hay hombres. Ellas se arreglan para sí mismas, para las demás, para realzar sus rasgos femeninos, su femineidad apabullante. Me siento siempre invisible a su lado, tengo que sacar mis dotes conversatorias, mis ganas de bailar y algunas palabras en dariya para mantenerme a la altura del ambiente que se genera en estos encuentros.

El de hoy, es el encuentro femenino por excelencia. La  casa entera se convierte en algo similar a lo que sería, imagino, un gineceo griego,  la estancia en la que se recluía a las mujeres en la Antigua Grecia, para resguardarlas o, más bien,  apartarlas del espacio publico. Pero algo que no pueden conocer los hombres, por ser excluídos, es la energía tremendamente potente y apabullante que se genera en estos espacios, en los que solamente estamos nosotras, mejor dicho, ellas, mujeres tribales, sensuales, explosivas, jóvenes o mayores unidas aunque sólo sea por estos instantes.

Hoy se trata de vestir a la novia, acicalarla, atenderla, cuidarla y desearle lo mejor para la vida a partir de ahora. La fiesta de la henna forma parte del ritual tradicional de  la boda de la mujer marroquí. Como no estamos en Marruecos, no podemos llevarla al hammam para que sea masajeada allí con jabones y aceites . Aquí, una vez se ha arreglado el cabello en su casa, se la viste con un precioso vestido largo, blanco, con el que se la distinguirá del resto de invitadas, y se sentará, con su melena negra y  suelta sobre los hombros, en el sofá preparado para la ocasión.

Y, mientras vamos esperando a que lleguen todas las invitadas, desde diferentes lugares de la isla, e incluso desde Alicante , Barcelona, Bélgica y Holanda, una amiga tatúa con henna las manos de la protagonista, con unos tatuajes de filigrana, dibujos improvisados que parecen un zelig o mosaico árabe o andalusí plasmado en los dedos, en las manos, en las muñecas y  parte del antbrazo. Perfectas formas de flores, de hojas, de dibujos en espiral, adornarán sus manos estos días.
El resto de invitadas, una vez la novia está tatuada, vamos pasando de una en una por las manos de la tatuadora de henna, y nos dibuja también motivos vegetales en nuestras manos. Como símbolo de que hemos estado allí y somos parte de la fiesta.

Una vez estamos todas, van apareciendo los platos de suculenta comida, pollo con cebolla y almendras, cous cous con verduras, y algo de ternera. No podemos comer más, y aparece la fruta, después el te y las pastas, ésas verdaderas obras de arte que ha elaborado Ibtissem para la ocasión.

Y, se apartan las mesas, se sube el volumen de la música, y, una de las mujeres más mayores, sin pudor y sin vergüenza, se levanta moviendo hombros, manos y caderas: empieza el baile. El calor es asfixiante, pero la fuerza generada en aquella sala sólo se puede canalizar bailando, todas, al unísono, mientras las más tremendas van a buscar los panderos de piel de cabra, y forman un grupo musical en un minuto. Empieza la fiesta, mujeres de toda edad bailando, moviendo los vestidos al ritmo de las caderas y los hombros de una manera que sólo saben hacer ellas. Siento en estos momentos, la gran satisfacción de ser mujer y tener el privilegio de alimentarme de energía femenina, de erotismo y sensualidad a flor de piel, fluyendo por la simple ausencia de hombres en el recinto. Nos invade la euforia, somos mujeres, vamos a celebrarlo y desearle a la novia lo mejor para la nueva vida, aunque sepamos, para nuestros adentros, que nada es lo que parece.

dijous, 15 d’agost del 2019

Construyendo un Proyecto con Marruecos.

Hay lecturas que te trasladan a mundos imaginarios, que te trasladan a otras realidades lejanas, desconocidas, que te invitan a un viaje, a conocer otros mundos, otras maneras de vivir. Un viaje tiene razón de ser si es para conocer un pais, una región a través de los ojos de las personas que en ellos habitan. Y, aunque he viajado a lugares en los que no conocía a nadie que me los pudiera enseñar, he tratado siempre de contactar con alguien en el lugar que me pudiera ofrecer una visión más cercana y más verdadera que la que me puede ofrecer una guía de turismo.

En este caso , me referiré al libro "A la mujer y a la mula, vara dura. Las olvidadas del Marruecos profundo", de Hicham Houdaifa. Lo conocí a través del blog de Alberto Mrteh El zoco del escriba y despertó  en mi la curiosidad y la necesidad de irme otra vez a Marruecos, pero en esta ocasión , en busca de personas que me acercasen a lo que no puedo ver cuando viajo como turista, que es la vida en lo privado, la vida en las casas, en el Marruecos que no se ve, en el Marruecos de sus mujeres, sobre todo.

Aunque por su dureza, me había quedado a medias en plena lectura del capítulo "Las mujeres prestadas de Kaalat Sraghna", finalmente fui capaz de terminarlo. Me propuse hablar con el periodista que lo escribió y, a través de él contactar con alguna asociación que trabajara con mujeres víctimas de violencia de género en Marruecos. No sabía si soportaría más testimonios de maltrato, de préstamo, de subordinación, de abuso sexual, de no tener valor para nadie, por su dureza.  Los testimonios, relatados por mujeres jóvenes y mayores, rurales, vulnerables por ser pobres además de ser mujer, heridas por la vida de manera irreversible en muchos casos, dañadas en cuerpo y alma, son trasladados por Hischam Houdaifa a testimonios escritos, para que lleguen al público, para que salgan a la luz.

Decidí, al terminarlo, sacar un billete sin meditarlo demasiado, para esta vez, darle un sentido formativo a mi viaje: quería conocer de primera mano, sin saber cómo ni con quién, sólo a través de algunos contactos facilitados por amistades de Marruecos, el trabajo con mujeres víctimas de violencia de género y también en programas de educación y promoción económica para mujeres.

Me puse en marcha, miré precios de pasajes de avión, escogí las fechas más convenientes y económicas para mí y empecé a mandar correos electrónicos, búsquedas en las redes sociales, mensajes de messenger y whatsapps a mis contactos en el país, o a personas relacionadas con lo que yo buscaba.

El trabajo me llevó unos meses, correos sin respuesta, algunas peticiones de colaboración, concertar entrevistas, elaboración de un documento en el que explicara mi trabajo y el objetivo de mi viaje: empaparme de normativa, de resolución de casos individuales, y de contextualización de las situaciones con las que me encuentro en el día a día de la intervención con víctimas de violencia machista.

Antes de irme, con mi compañera de locura tratamos de diseñar un documento, que después de muchos devaneos, nos dimos cuenta que ya habíamos redactado en un arranque anterior al que no le dimos aire y se fue apagando poco a poco. En esta ocasión, aprovechamos el empuje del momento, y el apoyo que desde la distancia, algunas escritoras asistentes al EIDE del mes de Octubre en Tetuán , nos han dado para dar visibilidad a un trabajo que a sus ojos es maravilloso, ante nuestra sorpresa, y también, nuestro agrado. El trabajo con mujer inmigrante es algo que hemos ido construyendo y pensamos que ahora necesita algo más, que así como empezamos sin saber, ahora podemos empezar a compartirlo y a mejorarlo. Sin el contacto con Marruecos y las asociaciones que allí intervienen, no es posible. Tenemos que romper barreras y desplazarnos.

Afortunadamente, tengo amistades en Marruecos que me abrieron las puertas de sus casas, se interesaron por mi trabajo, me permitieron llegar donde de otra manera no sé si hubiese podido llegar, porque , según pude averiguar más tarde, en Marruecos, algunas asociaciones están cansadas de recibir salvadores y salvadoras que , aun con la mejor voluntad del mundo, quieren ayudar " a la europea", cuando profesionales del país ya saben bien qué tienen que hacer, y cómo, aunque a veces lo que les falla es la financiación. Por este motivo, no es tan fácil conocer el mundo de las asociaciones "in situ".

Pasé diez días entre Rabat, Casablanca, Tánger y Tetuán, entrevistándome con personas que me han acercado a la realidad de Marruecos, un país en pleno auge con una importante inversión en infraestructuras, un país que acoge a personas migrantes de toda Africa, un país que está cambiando a velocidad lenta en algunos aspectos como educación y respeto por los Derechos Humanos y rapidísima en cuestión de innovación y comunicación.

Iré relatando lo visto y lo vivido, las sucesivas visitas a Marruecos y las personas y proyectos contactados. Ha sido, y está siendo para mí, algo mucho más instructivo que un máster, que, sin quererlo, me ha cambiado la manera de intervenir, de entrevistar, de abordar el día a día en mi trabajo y que quiero trasladar por si puede servir de experiencia a otras profesionales de la relación de ayuda.
Marruecos es un país mágico ante los ojos del turista, pero que esconde muchas contradicciones y sufrimientos no siempre  captadas a simple vista. Y, no tan lejos de realidades recientes vividas en nuestro pais.

Seguiré escribiendo sobre el proyecto compartiendo puntos de vista y sorpresas que me ha deparado cada una de las visitas a Marruecos.






divendres, 9 d’agost del 2019

El momento del baño.

No hay imágenes de aquellos instantes, excepto las que nos quedaron grabadas en la memoria, de manera nítida, acompañadas por la emoción que se siente al ser consciente de estar en el lugar oportuno en el momento oportuno y sin haberlo planificado. En un mundo de teléfonos y cámaras digitales, de cada vez más, perdemos el goce de la espontaneidad, de la percepción con todos los sentidos, del disfrute inocente del aquí y ahora, cuando ante nuestros ojos se presentan situaciones insólitas en nuestros mundos.
La que voy a describir, es una imagen cotidiana, en la vida de ellos, algo habitual, natural, algo a lo que tal vez no dan importancia, ni saben la gran belleza que generan en apenas media hora de estar reunidos entorno al agua del pozo.
Ellos, los pastores nómadas del desierto, se acercan antes de la puesta de sol al pozo que queda en medio de la hammada, de la vasta extensión reseca y pedregosa del desierto de M'hamid El Ghizlane, para dar de beber a su ganado, y para lavarse antes de llegar al poblado.
Son las seis de la tarde, el sol está ya cayendo, es el mes de marzo, y el calor en esta parte marroquí  del desierto del Sahara, da una tregua al atardecer. Es hora de acercarse al cuello del pozo, alrededor del cual se suceden llamativas imágenes, que no por su cotidianeidad dejan de ser un reflejo de la sencillez de la belleza.
Es todo un ritual, la primera parte del cual comprende extraer agua con un cubo hecho de neumáticos viejos,  para llenar sus depósitos, acarreados por los dromedarios que hombres y niños pastorean. Son garrafas reutilizadas de plástico, que atan a los lados de la joroba del animal, envases de colores diversos, amarillos, blancos, azules, rojos, ámbar, negros, que deben guardar como tesoros, porque con ellas llevan el líquido preciado al poblado de haimas, establecido en medio de la hammada, a unos quilómetros del pozo. La segunda parte del ritual es dar de beber a los animales, llenando los abrevaderos construidos junto al hoyo, con cemento o adobe precario. Son unas pequeñas construcciones alargadas, de apenas medio metro de alto y un metro de largo, por dos palmos de ancho, que con unos cuantos cubos de agua, quedan llenos para dar de beber al rebaño. Los dromedarios tienen la gran fortaleza de aguantar horas sin beber, sin embargo, es un espectáculo ver cómo sorben el agua que se les pone al alcance. Esta parte del ritual es muy importante, de hecho, nos comenta nuestro amigo Ismail, que es una norma del desierto llenar estos abrevaderos cuando alguien pasa cerca de ellos, para dar de beber a los animales, sean ganado o no: zorros, gatos, dromedarios, beben de esta agua, nos cuenta este amigo.
Y ahora, llega la parte más interesante del ritual, desde el punto de vista humano, que es el momento en que los hombres se sacan el turbante y la túnica, para lavarse por partes, el cabello, la cara, las manos, los brazos, las piernas,  los pies. Se ayudan entre ellos, como aguadores, dejando caer el agua lentamente sobre las cabezas, para aclarar el jabón que cuidadosamente aprovechan unos y otros. Todo es escaso en el desierto, todo debe ser transportado a pie por los nómadas, aunque lo porteen los animales, por lo que no cabe el derroche, todo se aprovecha, todo se cuida, todo se considera un bien precioso. El agua es un tesoro y así lo demuestra el uso que hacen de ella estos hombres, con un arte y una destreza que hacen del momento del aseo un auténtico espectáculo del que no me he podido olvidar y que me gustaría volver a contemplar.
Y así me quedo, disfrutando de este espectáculo cotidiano, mientras ellos actúan totalmente ajenos a mi mirada, sin saber que despiertan en mi una profunda admiración, a la vez que veo la ternura en sus gestos de apoyo, también presentes entre hombres, unidos por la dureza y la adversidad del medio.
Un privilegio que no me atreví a fotografiar por la intimidad que afloraba en cada gesto.

diumenge, 21 de juliol del 2019

Esclavas entre terciopelo rojo.

Recuerdo, como si fuera ayer, aquel tugurio oscuro, lúgubre, rancio, tenebroso, de Ciudad de Guatemala, al que fuimos a parar accidentalmente con un grupo de comerciantes nicaragüenses, una noche de  un diciembre de  los noventa. Quisimos aprovechar el viaje con los nicas, atravesar con ellos Honduras casi de manera clandestina, para permanecer unos días en Guatemala, comprando mercancías que después serían revendidas de regreso a Nicaragua.  El trayecto en sí fue una experiencia de las que no se olvidan en la vida, llena de anécdotas, divertidas unas,  y otras, no tanto.

A nuestros veintidós años, mi amigo y  yo, estábamos en Nicaragua, entre amistades contactadas a través de los Comités de Solidaridad, en aquellos años de Revolución Sandinista, cuando el país vivía casi exclusivamente de la cooperación internacional y de la ayuda humanitaria. Años de escasez, aunque de necesidades básicas cubiertas: comida racionada, ayudas o incentivos a la producción agrícola, presencia de Ongs internacionales, algunas divisas extranjeras, autobuses en desuso en Europa que entraban a configurar la flota de transporte interurbano, cooperantes, todo, en vías de desarrollo. Parecía que el país iba a sobrevivir y a prosperar tras la revolución.

Pero, ¡oh!, ¡sorpresa!. En las elecciones ganó la UNO, y la desbandada de la solidaridad internacional, dejó al país en manos de Violeta Chamorro, de terratenientes que ahora se sentían legitimados por las urnas. El resultado fue un fiasco. Al desaparecer la presencia internacional, se agravó su miseria estructural, quedó un país profundamente empobrecido, que buscaba en otros mercados la materia prima de la felicidad: ropa de marca, luces de navidad, jabones, perfumes, adornos para el cabello, maquillaje, tabaco...diversión en clubes nocturnos  y, por supuesto,  sexo.

Retomando el viaje a Guatemala con los nicas, he de confesar que nuestro espíritu joven e inocente no nos avisó y sin darnos cuenta  seguimos la ruta de nuestros acompañantes aquella tarde. Acabamos en un tugurio de un barrio nada recomendable, un club nocturno, con luces de neón, decadente,  de la ciudad de Guatemala sin poder prever el dantesco espectáculo que nos depararía la noche.

Pedimos unas cervezas nosotros. Ellos y ellas, hombres y mujeres nicas, unos roncitos. Nosotros, sin saber qué cara poner, nos dimos cuenta de que no queríamos estar allí nada más entrar en aquella curiosa sala. Todo estaba precariamente decorado: sus mesas bajas, su escenario a pie de mesa, sus cortinas rojas de terciopelo sucio y manoseado, rematado por un biés dorado que todavía, si cabe, enfatizaba la decadencia del local. El aire de casino clandestino, cargado de humo, se oscurecía aun más por el ambiente tenebroso creado por unas bombillas pintadas de rojo que más que iluminar, elevaban la temperatura del ambiente. Si hubiese tenido que retratar el infierno, tomaría ése antro como  modelo.

Y, empezó a sonar una música, no sé muy bien cual, pero seguro era de la banda sonora de una película de "streaptease". En breve, apareció sobre el escenario, apartando las cortinas, una joven, tal vez niña. No superaba los dieciocho. Quizás no tenía ni los dieciséis. La recuerdo perfectamente, contoneándose agarrada a las cortinas, caminando lentamente hacia nosotros. Era gruesa, no gorda, de carnes prietas, embutidas en una falda corta y una especie de corsé atado con lazos en la espalda. Todo de color negro, como su media melena rizada, que le daba un aire muy infantil en contraste con la ropa provocativa. Ojos pintados con sombra de color morado, labios estrepitosamente rojos, pestañas postizas, maquillaje desorbitado. Todo me resultaba excesivo, no podía soportar mirarla. La vergüenza por presenciar su humillación me apretaba el pecho. Mi deseo era salir corriendo del local, pero no sabía cómo regresar sola a la pensión a altas horas de la madrugada en una de las ciudades más inseguras de Centroamérica.

Mi amigo y yo nos quedamos como estatuas, tratando de encontrar una vía de escape que no llegaría. Mientras tanto, ella empezó a quitarse prendas, como pudo, porque era evidente que nadie le había dado clases de interpretación, ni de danza, ni de ritmo. No. Daba la impresión de que la habían soltado allí quienes la usaban como mero objeto productivo. Unas cuantas prendas menos, y acabó desnuda ante nosotros. Yo me quería meter bajo tierra, el espectáculo era desolador. Los hombres que nos acompañaban, la llamaban para que se acercase y dejarle unos billetes en la braga mientras la llevaba, en la boca cuando ya no había ropa para sujetar unos manoseados billetes.

Terrible experiencia, pensamos. Imaginé, mientras la miraba, su itinerario de llegada al infernal y decadente club nocturno: con toda seguridad, en casa necesitaban plata, no había trabajo posible en la comunidad de la montaña, por lo que cuando aquel hombre que visitó a su familia le ofreció a la niña un trabajo seguro en la ciudad, su familia dijo que sí sin poder adivinar la esclavitud a la que la iban a someter. O sí, tal vez no era la primera en marchar. Era tal su desconocimiento del mundo que le pareció que aquella oferta de dependienta en Ciudad de Guatemala era factible, creíble, inmejorable. Su familia esperaba unos quetzales (moneda local) a cambio de vender su fuerza de trabajo, daba igual a qué precio, en qué lugar,  en qué condiciones, con qué clientes. En la capital, ella estaba tremendamente sola, no conocía, no sabía, estaba atrapada. Imposible salir de la trampa.

La recuerdo a veces, y me viene su imagen, sentada junto a uno de los hombres presentes en el local,  que le había dejado un billete en sus bragas, riéndole las gracias, abrazándolo,  para emborracharlo y aumentar su comisión aquella noche.
De ello hace ya casi treinta años, y todavía me estremezco al pensar en ella.

dilluns, 8 de juliol del 2019

El concierto del verano.

Me había pasado meses estudiando, sentía el cansancio en las extremidades, en el cerebro, las ideas no fluían con facilidad, una pesadez mental se había apoderado de mí, impidiéndome ver lo que pasaba a mi alrededor, como si me hubiesen metido dentro de un bote de jabón negro.
El calor empezó en aquellas semanas a subir los termómetros, la humedad en el ambiente era casi insoportable, las calles quemaban por la tarde, el asfalto se veía brillante desde lejos, como en aquellas imágenes del desierto, en las que se pueden ver grandes espejos de agua en la distancia. En casa, en la zona de mi dormitorio, el tejado y las paredes irradiaban el calor hacia el interior, provocando o bien el letargo, o bien la huída urgente, a la biblioteca, a la piscina del pabellón municipal, o a un café con aire acondicionado. Alcanzaba tal grado  la temperatura durante el día, que  durante la noche no daba tiempo a refrescarla, aun manteniendo las ventanas abiertas de par en par, los ventiladores rodando, el deshumidificador recogiendo el agua del ambiente y cuantos inventos caseros se idearan. El calor estaba cociendo las paredes de la casa, y a mí misma, como si de hervir un huevo se tratara, así era la sensación de mi cerebro.
Una de estas tórridas tardes, me llegó un mensaje de un antiguo jefe : concierto en un convento, de música clásica, a beneficio de una Ong, un domingo al ponerse el sol. "Bien", pensé, "voy a ir." Me va a ayudar a relajarme, y además, en los conventos e iglesias, se está fresquito. Y la música clásica, me ayudará a relajar la tensión neuronal, en estos días de tensa espera de resultados del examen.
Compartí el cartel, por si alguien se animaba a ir conmigo, lo colgué en las redes. Y, ahí estuvo el "quid" de este relato. Varias personas me pusieron un "Me gusta". Fueron diez o doce, no recuerdo, no me importa, porque uno de ellos fue quien me hizo sonreír. Venía de lejos, de lejos en el tiempo, lejos en el espacio, lejos en el recuerdo. Venía de mi primer amor, de alguien con quien no he vuelto a  tener contacto en treinta años, pero de quien conservaba el teléfono porque un día él me lo hizo llegar a través de un mensaje privado. Y no me lo pensé dos veces, busqué su nombre en los contactos guardados en el móvil , y llamé.
Fue curioso, porque hay cosas que siempre permanecen en el recuerdo, y entre ellas, las voces de las personas con quienes has mantenido relaciones estrechas. Familia, amistades, relaciones amorosas, son voces que registramos sin fecha de caducidad, en los rincones del cerebro, que se activan con un "Hola".
Al otro lado, alguien descolgó, saludó con una expresión general "Dígame?". Le dije, como si hubiésemos estado hablado ayer, si me reconocía. Me contestó que no, claro, yo andaba con ventaja, pues era yo quien marcaba la llamada. Me presenté. Se creó un silencio. Un largo y profundo silencio, de los que acercan a dos personas que se quieren, que se han querido, que han compartido momentos especiales de la vida, cuando la juventud nos invadía los cuerpos, cuando todavía teníamos la vida por delante, con todos los planes por hacer, por cumplir. Aunque no fuese juntos. El tiempo pasado en común, las ideas compartidas, las llamadas por teléfono, tantos momentos vividos, se hicieron presentes durante los intensos segundos de silencio inicial.
El contenido de la conversación fue irreproducible, irrelevante tal vez, significativo sin embargo, simple, sincero, entrañable. La vida ha pasado, cada uno la ha vivido a su manera, mejor dicho, la vive a su manera: con vorágine, con tranquilidad, con rutinas, con imprevistos, imposible resumirla en una llamada.
El motivo de contacto fue lo de menos. Lo importante es que la vida pasa, todo pasa, pero los afectos quedan, y la amistad profunda, permanece. Y los conciertos de música clásica se pueden presenciar en cualquier lugar, en cualquier época del año.
Revisemos calendarios, agendas y guías de ocio. Alguno habrá a nuestro alcance. 





dijous, 6 de juny del 2019

Ternura.

Cuántas veces, 
saboreo un poema, 
disfruto un libro, 
una puesta de sol, 
el mar meciéndose en la playa, 
y me permito que me conmueva,
sin protección, sin miedo.
Cuántas veces pongo freno
a que sea alguien quien me conmueva
sabiendo que desaprovecho 
el goce que produce
que su alma me roce
tan siquiera un instante,
suavemente, 
deslizándose inquietante, 
silenciosa, invisible,
cogiéndome desprevenida, 
sin protección y sin remedio.

dissabte, 11 de maig del 2019

Telouet

Antigua entrada, hoy derruída.
El calor aquella vez,  era absolutamente sofocante. Llevábamos seis días viajando, utilizando todos los medios de transporte que nos permitía el pais. Llegamos por mar, en un ferry que partía desde Algeciras, para visitar Azla, después Rabat, de casa en casa, visitando amistades, recorriendo el pais de Norte a Sur, con la intención de visitar el desierto. 
Las temperaturas amenazaban con amargarnos el viaje, sin embargo, el trayecto era tan atractivo en paisajes y gentes que casi no nos daba tiempo a prestarle atención al calor. El bullicio de Marrakech fue lo peor del camino. El sol abrasador del mes de agosto, junto con las motos, los olores, el trasiego de personas de un lado a otro, se hacía insoportable. 
Y aún teníamos que descender más hacia el Sur, en unos días en que los lugareños sólo buscaban la sombra y, quienes podían, se trasladaban al Norte para pasar los peores días del verano. 

Interior del Palacio del Pachá Glaoui
La ruta al desierto desde Marrakech nos pareció una alucinación. Los colores de la montaña, primero arcillosos, para , más arriba tornarse rojos , y lentamente, volver a degradarse paulatinamente  mientras se desciende,  hasta alcanzar el color de la arena, creaban un ambiente propio de un cuadro de Rafel Joan. Pensaba, mientras nuestro conductor , Ismail, nos adentraba en el valle de Telouet, en cómo debían ser aquellos caminos antes de los vehículos a motor. Estrechos, sinuosos y silenciosos, atravesando valles , descendiendo precipicios, caminando los hombres al paso de dromedarios, burros y, tal vez, caballos en las zonas más frondosas de la cordillera del Atlas.
El camino hacia Telouet es un viaje a través de la historia geológica de la cordillera. El paisaje cambiante deja a la vista las diferentes formaciones de piedras. pizarra, arcilla, cantos rodados, rocas, y arena, mucha arena, que iba quedando atrás , alzándose al pasar con nuestro vehículo por el maravilloso valle de Telouet que recibe el  nombre del pueblo. Desde las curvas que descendían de la carretera principal hasta el valle, nuestros ojos alcanzaban a ver entre la polvareda y la canícula, todo el lecho del río. Las laderas del valle de color rojizo, contrastando con las terrazas cultivadas, los álamos, las cañas y los campos de cultivo, las casas de adobe camufladas en el paisaje, no nos permitían pestañear. Eran las diez o las once de la mañana, y desde lejos ya veíamos el vapor de agua reflejando un espejismo en la distancia. Las ventanillas del coche cerradas para que no entrase en el vehículo la polvareda que habían dejado unos motoristas que nos adelantaron, nos permitían aislarnos del exterior abrasador. Y pasamos junto al pequeño pueblo de Telouet, al que me prometí a mí misma, regresar cuando la temperatura me permitiera caminar por sus callejones y visitar el Palacio que allí se anunciaba. 

un instante de vida en Telouet
Y regresé a los pocos meses, esta vez en abril, un día de bajas temperaturas, en el que la nieve se presentó sin avisar. La luz del amanecer iba dando color a los campos cultivados. Desde el salón del albergue, podía ver a unos niños que se iban a recoger parte de lo sembrado. Me levanté temprano para ver la luz del sol reflejarse en las paredes del Palacio del Pachá Glaoui. Quedé fascinada la primera vez que vi las murallas de la antigua kashba derruidas. En uno de los laterales del recinto, quedaba meses atrás el dintel de la puerta de entrada al palacio. Ahora ya no quedan más que escombros, a causa de las fuertes lluvias. Esta es la parte que más me apasionó del lugar: observar las ruinas de un pasado no tan distante, que están llenas de historias de viajeros que pasaban en ambos sentidos, cargados de mercancías de incalculable valor, a expensas de un sol maldito, o de una inesperada nieve que te paralizaba por completo en este pueblo recóndito en medio del Atlas. 
Para mirar el valle, sin ser visto.
Un callejón rodeado de ruinas y casas de adobe te lleva hasta el palacio del Glaoui. A él se entra por un patio, que, a través de pasillos y escaleras, te conduce a unas estancias aún bien conservadas, que no tienen nada que envidiar al Palacio Bahía de Marrakech. Al entrar en el palacio desde el  entorno tan rural que lo rodea ,  un guía lugareño te va explicando con pasión la historia, el significado de cada estancia, las estancias de la mujeres, la sala para recibir a las expediciones, para hacer transacciones comerciales, los corredores, la terraza sobre el valle, las ventanas con celosías para mirar sin ser vista. Dicen que El Glaoui hizo su fortuna por su gran inteligencia comercial. Telouet era paso de caravanas de mercancías que venían desde el desierto , con destino a Essaouira, puerto que facilitaba las comunicaciones con Europa. Y, comenta Aissa, el guía del lugar, que allí se quedaban mármoles, maderas, telas, mientras los europeos se llevaban especias, perfumes y sal, artículos perecederos que en absoluto tenían el valor de las mercancías que se quedaba el Pachá. No es extraño que algunos textos señalen al Pachá como a un auténtico cuatrero. Su vida de esplendor se refleja en un palacio ahora en ruinas que nadie se ocupa de mantener. 
Visitarlo es como estar entre dos mundos. Si no has estado, trata de verlo.