Seguidors

dissabte, 5 de gener del 2019

Mi vecino Vladimir

Hoy tengo ganas de escribir sobre mi vecino Vladimir, el mejor vecino que he tenido jamás. Yo tenía veinticuatro años, el tendría unos cincuenta, así que, podría haber sido mi padre, y, seguramente por eso, le recuerdo como mi papá caleño.
Me acuerdo de él , sentado en la panadería situada en la esquina, justo abajo de casa, un lugar  que nos servía como espacio de reunión a los vecinos del edificio de apartamentos "La Palma", a una cuadra del Estadio del América de Cali. Vladimir siempre desayunaba en el local, café y bollo, muy temprano, tan temprano que yo, a las siete de la mañana me lo encontraba ya sentado en una de las mesas de la terraza,  cuando me iba a tomar el bus hacia el trabajo.
Recuerdo que me tranquilizaba verle al salir de mi casa. Yo estaba sola en la ciudad, a mis  veinticuatro, cuando nada sabía de la vida, y menos, de la vida de Colombia. Pero me parecía que lo sabía todo, y me iba, sin miedo y sin reflexión, allá donde me mandasen, aun así fuera el barrio menos seguro de la ciudad, al distrito más conflictivo o a la comuna con más exguerrilleros por metro cuadrado. Inconsciente yo del peligro, cada mañana me iba a una zona alejada de mi casa, del centro neurálgico de la ciudad y de la vida digamos que "normal", no sin dar el "parte "a mi vecino Vladimir. Cuando nos cruzábamos, me preguntaba siempre:
_ ¿Para dónde se va hoy, Laurita?
_ Pues hoy me voy al Distrito de Agua Blanca.
_¡¡¡¿¿¿Agua Blanca???!!!, ¡pero si allí no vamos ni los caleños! Su mamá sabe que está usted por allí? Mire que me la van a matar! Andese con cuidado que allá solo se busca una problemas.
_ No se preocupe Vladimir, que no voy sola, voy con personas que viven allí y siempre me acompañan.
_ Bien, cuídese mucho y avíseme cuando regrese a casa, ¿oyó?
_ Así lo haré, pero de verdad, no se preocupe....
Y así, todos los días, cada mañana, le pasaba mi plan de trabajo: Comuna 20, San Marino, El Paraíso, Junín, los barrios que me tocaba visitar y la hora en que pensaba regresar, a veces, pasadas las diez de la noche, pues me tocaba asistir a las asambleas comunales, un espacio bien interesante para una trabajadora social que justo empezaba a vislumbrar la profesión.
Al regresar, Vladimir se aseguraba de que todo había ido bien y me preguntaba por mi labor, que, me decía, le parecía increíble que me gustara.
Vladimir vivía solo, algún día me contaba su vida: sus padres le pusieron de nombre Vladimir porque eran comunistas, y creo recordar que habían ido a Rusia y que él había estado en Cuba. Vladimir no trabajaba, no supe nunca de qué vivía, pero imagino que en aquellos momentos en que el M-19 recién había firmado los acuerdos de paz,  estaría relacionado con la vuelta a la vida civil, y, con una pequeña pensión, se instaló en el mismo edificio de mini apartamentos donde contábamos con una gran familia de vecinos, desde estudiantes a gente de paso en la ciudad, como yo , cooperante española, con ganas de mezclarme con la gente del lugar.
Su apartamento era exactamente igual de minúsculo que el mío, pero el suyo, estaba mucho mejor aprovechado. Recuerdo las paredes llenas de libros, un pequeño escritorio que sobresalía de los estantes y una cocina con nevera y una cama que hacía sus veces de sofá. Todo lo había hecho él a su gusto y medida. Por eso, en cuanto me vio sola, se ofreció para ayudarme a acomodar mi pequeño apartamento. Se trataba de una sola estancia, en la que la cocina quedaba integrada en la sala de estar-dormitorio-cocina. El baño era la única estancia separada, una puerta a la izquierda, nada más entrar en el apartamento, que colindaba con la cocina.
Pues bien, Vladimir, sin mediar palabra, se presentó en mi apartamento al cabo de pocos días para ver cómo me había instalado, y al ver mi precariedad, empezó a tomar medidas de todo. Le dije que tenía unos muebles de mimbre encargados en un almacén de la zona y de un día para otro se presentó con unas maderas para complementar la cocina, y me acompañó al almacén para apremiar a los empleados en la entrega de los muebles:
_¿Oyó? Esta mujer está sin muebles y no pueden pasar más días, así que apúrese en la entrega!
Hacía falta la mano contundente de Vladimir: al día siguiente tenía mi mesa, sillas y estantería en casa.
Así fue como pasaron mis posteriores seis meses en Cali, de barrio en barrio, pasándole el planning semanal a Vladimir, quien velaba por mi seguridad como si de un padre se tratara. De él tengo aún la expresión aquella de "¿Ya se va para Metrallo?" cuando me iba a Medellín para visitar los centros juveniles de la comuna noroccidental. Eran los tiempos de Pablo Escobar y no podía concebir que me mandaran allí a trabajar el fin de semana, le parecía una aberración y , ante la impotencia, me acompañaba a tomar el bus en la estación, como si asegurarse de que me dejaba en manos del conductor para que no me dejara salir de la estación de "Metrallo" hasta que alguien me recogiera a la llegada.
Compartimos muchos ratos juntos, con otros vecinos y vecinas, en la panadería, viendo los partidos de la Copa América , asistiendo a un partido de en el Estadio del América de Cali
(decía Vladimir que no podía regresarme a España sin haber visto un partido) del que guardo un recuerdo entrañable, por cierto, por la fiesta que se vivía disfrutando del espectáculo deportivo-cómico; de las largas charlas en el apartamento de cualquiera de nosotros, repasando batallitas de la vida agitada de Colombia, de las copas de aguardiente anestesiante que me hicieron probar para reírse de mi expresión al tragarlo, de las noches en la terraza callejera, arreglando el mundo, de las canciones que escuchaba en su radio desde mi casa, de las recetas que compartíamos, de la tortilla de papas que hice para invitar al vecindario, promovida por él, de la batidora que le regalé al regresarme a España, como recuerdo para que no se olvidase de mí.
Jamás me contestó una carta al regresarme a Mallorca, y pensé: ¿Será que Vladimir sólo estuvo allí para protegerme?

dimarts, 1 de gener del 2019

Los colores del desierto.

Regresábamos por aquella carretera, la que desde entonces, tan a menudo, aparece en mi memoria, de la que no logro deshacerme por sus colores alucinógenos, con todos los infinitos matices que la tierra de Marruecos  regala a quien quiere verlos. A través de los cristales del coche, mis ojos quedaban pegados a cada nueva imagen, por si la vida no me volvía a llevar al paisaje más hipnotizador que hasta ahora había podido contemplar, por si era la única vez , por si no había otra ocasión. En aquel momento, todos mis sentidos se agudizaban, sin gafas para protegerme del sol cegador, quería que toda la luz  de agosto reflejada sobre la hammada, se quedara grabada en mi retina, quería quedarme con los olores a tierra seca, a aire caliente, a desierto...


Mientras el guía zigzagueaba en silencio, concentrado en el sendero  ligeramente  trazado por otros coches , yo no podía dejar de mirar el duro terreno, extensiones interminables de piedras negras, basálticas, romas y brillantes sobre el suelo arenoso , firme y polvoriento, raso, capaz de crear en la distancia un agua que no existía, un juego visual que nos ofrecía la tierra llana y caliente en contacto con el ardiente sol de aquellas horas. Nuestro vehículo vibraba sin cesar al  ritmo del traqueteo de las ruedas pisando sobre el lecho seco de lo que hace cinco décadas era un lago. Nada de vida, nada de agua, nada en movimiento.

Mis ojos no podían salir del horizonte, sentía una profunda sensación de tristeza, por abandonar aquella soledad, aquel lugar inhóspito e inerte donde parecía imposible la vida, donde nada crecía, donde nada vivía, y, que sin embargo, tan profundamente me conectaba a la existencia, a la humanidad y su sabiduría ancestral . Eran extensiones interminables de tierra dura, de polvo, rocas y más piedras, sin un atisbo de verde, sin que nada ni  nadie se moviera en la distancia. Mientras, con el vehículo , avanzábamos levantando una nube de arena tras nuestro paso , polvareda atravesada por  el sol que ya salía a nuestra espalda, indicándonos que aún faltaban unas horas para que llegara el mediodía. Y la luz y el calor ya no te permitían pisar el suelo, caliente aún del día anterior, como rescoldos de un fuego no alimentado.

 Y, de repente, unos dromedarios nos hicieron levantarnos de nuestros asientos ....allí, a cientos de quilómetros desde el último pueblo en la frontera del desierto, alguien se había asentado para que los animales se alimentaran, o bebieran, o ejercitaran sus largas patas, cuyas sombras se vislumbraban a lo lejos, alargadas, sinuosas, como sus pasos... Se trataba de una realidad inverosímil, una muestra de que la vida es posible en cualquier lado, que la adaptación al medio es una fuerza inherente a los seres vivos, aun en las condiciones más duras.

Pensaba, en aquellos momentos, en los proverbios filosóficos, en los anacoretas que tiempo atrás vinieron a parajes como estos para encontrarse con su Dios, con la naturaleza, con el cosmos, con el latido de sus propios corazones, con los de las otras personas que habitaban estos recónditos lugares, con las miradas, con el otro como ejemplo de fortaleza, de ésa fortaleza que les hace ser flexibles ante la adversidad. Pensaba en mi muerte, como algo inevitable, como un acontecimiento único en el que si mi mente me lo permite, evocaré estos lugares como parte de lo vivido, como lugar para regocijarme de haber visto.

Y no podía contener el llanto, la emoción me desbordaba, pensaba,  en la fortuna  por haber llegado hasta allí, donde las absurdas preocupaciones mundanas pierden importancia, por tener desde aquel momento la certeza de que es posible vivir aun sin tener nada, por entender que tenerse a sí mismos es la mayor riqueza de los nómadas que habitan estos indescriptibles parajes, que ser fuerte es ser humilde para adaptarse a la dureza del medio, un medio que a la vez que silencioso y acogedor, es duro, implacable, amenazante.

Podía entonces imaginarme a aquellas personas, esconderse valientemente en sus haimas al llegar  la tormenta de arena, junto con sus cabras, su gran tesoro , esperando a que pase, mientras, en sus mentes, en sus cuerpos, cada experiencia se guarda como un tesoro  para poder enfrentar la siguiente. E, inevitablemente, me preguntaba cómo es posible dar a luz en estas circunstancias, una pregunta que me surgía al verla a ella, acercarse por el camino, para saludarnos, para darnos una lección de vida, a quienes veníamos de más allá de las montañas. 

divendres, 28 de desembre del 2018

Ellas han venido de otro mundo.



Me di cuenta aquel día : tomábamos cada mañana el mismo tren, muy temprano, antes de la salida del sol. La vi de espaldas, yo estaba en la cola para pasar por el control de salida,
y ella, más adelante, nos ofrecía un tierno espectáculo con su bebé de pocos meses, dormida, acurrucadita, con su cabecita apoyada sobre el regazo. Todavía no sé si quedé enamorada primero de la escena primitivamente maternal, o de la belleza del conjunto, o de la intensa emoción  que despertó en mi,  o de su porte extremadamente elegante, femenino , sensual, inusual, exótico, como de otro mundo.

Sin saber cómo, mirándola, me trasladé al que imaginé podía ser su entorno habitual, en África , no sé si Senegal, Nigeria,  Ghana, Níger o Costa del Marfil, cualquier país de Africa Negra. Sentí una potente atracción hacia su imagen, no podía quitar mis ojos de ella. Era belleza negra en su estado más puro, sin adornos para embellecerse excepto unos aros dorados como pendientes, que le daban un aire de cierto descaro, de presunción, de poderío, de presencia de mujer. Era, como las estatuillas que venden los chicos senegaleses en los mercadillos semanales, siluetas perfectas de mujeres envueltas  en sus trajes de tela tallada en la madera, con el gesto de aguantar un recipiente sobre la cabeza, hecho que ensalza el exotismo de la figura.

No sabía con certeza su procedencia,  todo eran suposiciones, por su piel negra, su esbeltez, su manera de vestir, por su  pantalón vaquero desgastado , por su  camiseta de tirantes, que dejaban al descubierto unos hombros perfectamente formados, elegantes, fibrosos, negros, jóvenes, por su pañuelo rojo envolviendo su pelo extremadamente rizado. Era la imagen que yo tenía de una mujer de la sabana africana, delgada, de extremidades largas y musculosas,estilizada, femenina sin pretenderlo, sensual y armoniosa por naturaleza.

La estaba dibujando en mi mente en aquella misma postura, de espaldas,  con el bebé apoyado en un costado sobre su cadera, abrazándola tiernamente con su brazo izquierdo, mientras con el derecho, en lugar de pasar el billete por el control de salida, iba  caminando zimbreante, erguida, con un recipiente con agua sobre su cabeza, por esos interminables senderos que recorren mujeres y niños en el continente vecino para ir a buscar el líquido más preciado.

Durante meses, cada mañana, ella, sigue deleitándonos a los pasajeros del tren con su inusual estilo, su distinguida elegancia, su atención maternal, con su bebé negrita, a quien amamanta cada mañana, en un gesto entre nosotros, ya nada habitual. Ellas dos se muestran unidas como si la naturaleza las envolviera, cuando se funden en una sola figura, bebé y madre unidas por la boquita infantil succionando el pecho de su madre, por el cuerpecito integrado en el regazo como si de una "madonna" se tratara,  como si vinieran de otro mundo, de esos mundos que ahora han llegado al nuestro, que atraviesan desiertos, montañas y ríos, mares y mareas, caminos interminables,  para quedarse inevitablemente entre nosotros y ofrecernos imágenes tan bellas como la de ellas dos. 

dimecres, 26 de desembre del 2018

Instants a l'hivern


Hi ha  dels matins de l'hivern on la llum del sol  feble, tèbia, ilumina els racons del meu paradís particular. El sol passa tímidament cap al migdia, per damut de les teulades de la casa, i per uns instants, tenyeix de colors vius el pati posterior de la casa, un lloc on els renous , els sons , les converses, els moviments, són part de la vida quotidiana: els infants de les cases veinades juguen amb troncs, aigua, terra i pedres; els veïns, un matí de diumenge, agraeixen la pau d'aquest silenci mentrestant les campanes marquen suaument les hores, els aucells es comuniquen des dels arbres dels nostres corrals, les abelles vibren entre les poques flors que adornen en aquets mesos els jardins propers, el vent mou les fulles perennes dels nisprers i tarongers,ara colorits pels fruits madurs.


Tot, amb una senzillesa que m'encisa, que me descansa, que em fa tocar terra, regal de la vida que m'ha duit fins aqui.
Asseguda al pati, m'imagin com fou la vida aquí generacions enrera on les dones i els infants, en aquesta època de l'any, sortien a la serra a collir oliva, on els homes, treballaven a la mina, arriscant vida i salut tot per alimentar a la família.


I,  ara, jo, puc gaudir el luxe de seure al pati, un lloc que temps enrera ja era el tresor de la casa, era el lloc on es criava el porc que alimentaria a la família la resta de l'any, on les gallines convivien amb conills, i, si hi havia possibles, un indiot per Nadal.
Em ressonen les converses de les dones majors, quan, a les vesprades de l'estiu, recorden amb poca enyorança, aquells temps en que les tasques es menjaven les seves infàncies, quan les olives es recollien a les ombrívoles i fredes marjades de la serra, quan les matances eren tasca i festa, on es treballava pensant en el proper i dur hivern, en que l'escola podia ser un luxe només per qui tenia el rebost cobert. 

Sovint, m'assec aquí i contemplo les quatre parets que m'envolten, quan l'amorosa calidesa del sol m'acarona la pell i em permet contemplar amb admiració i gratitud aquets senzills instants plaenters que la vida em regala cada dia a casa meva.


dimecres, 19 de desembre del 2018

A propósito de Laura.

Cuando regreso a casa por la tarde, en invierno, al anochecer, me cruzo a menudo con personas que aprovechan los últimos rayos de sol para salir a entrenar, practicar su deporte favorito, gozando de la preciosa luz que nos ofrecen estos momentos, en un entorno que puedo imaginar tan tranquilo y bello como El Campillo, el pueblo donde Laura Luelmo se encontró con la muerte. 

Veo a hombres que corren solos,  a mujeres que salen solas, con su equipo , grupos de corredores y corredoras que se motivan entre ellos, parejas, .... y me quedo siempre mirándolas a ellas, pensando que van solas, que son carne de cañón, que corren riesgo.... Lo comento en el pueblo, donde apenas somos trescientas personas, y me dicen que aquí no pasa nada, que esto es seguro, que no sea malpensada, que qué va a pasar.

Y contesto, que no me gusta pensarlo, pero que mi experiencia es que el peligro está, que no debemos bajar la guardia, que me jode mucho pensar así, pero que cada día, en mi trabajo, me cuentan historias tremendas de violencia sobre nosotras, las mujeres, a manos de hombres que "nadie lo diría, parece un tipo normal". Claro que me gustaría no ver el peligro, sería fantástico salir seguras, sin miedo. Pero la realidad nos manda otros mensajes: si eres mujer y vas sola, corres peligrosamente.

Cuando tenía 13 años, en verano, mientras mis padres tenían que trabajar en el negocio familiar, yo iba a nadar y a entrenar a un polideportivo situado en un polígono industrial. Un autobús me dejaba enfrente y me recogía después también cuando, a las siete de la tarde, cerraban la piscina y en el polígono no quedaba un alma. Bien advertida por mis padres, no me salía jamás de la ruta.

Un día, perdí el autobús, y me puse a caminar hasta la carretera cercana, donde había unos bloques de viviendas y pasaba otro autobús más tarde. Intranquila, al poco tiempo, me di cuenta de que un coche, un Seat, modelo 850 amarillo pálido, iba despacio y parecía que buscaba aparcar. 

Se detuvo junto a mi, en la parada del autobús, aparcó, y se quedó enfrente de mi, mirándome, el conductor fijamente, un tipo moreno, con barba y gafas, pelo algo largo, camisa de manga corta y pantalón de tergal, que rozaba la tela con la mano de manera sospechosa, a la altura de su sexo. 

Mi corazón se disparó, lo sentía palpitar en mi boca, me quedé en shock, no podía ni correr, ni gritar, ni reaccionar. El tipo se sacó el pene por la bragueta y empezó a masturbarse sin dejar de mirarme. Recuerdo la escena y aún me palpita el corazón, recuerdo su cara, su barba, su lengua rozándose los labios, su mano subiendo y bajando, su miembro erecto entre sus dedos, .... 

Y nadie a quien pedir ayuda, nadie a quien señalarle para que lo vieran y lo detuvieran, ningún teléfono cerca, todas las naves cerradas, nadie circulando por la carretera. De repente, me vi corriendo por las calles del polígono hacia ninguna parte, el coche me siguió... o decidió irse... yo, como quien le lleva el diablo, sollozando, como por arte de magia, encontré una nave abierta, pintaban un yate sobre unos andamios, vi unos hombres, no podía hablar, lloraba desconsolada, me dijeron que me sentara, me dieron agua, me preguntaron qué me pasaba, salieron a ver lo que yo señalaba, no había nadie, y yo lloraba sin parar, las piernas me temblaban, sentía que el corazón me ahogaba....

Los operarios  fueron muy amables conmigo, me tranquilizaron , me pidieron el teléfono de casa para que me fueran a recoger..... y les pedí que por favor, no lo hicieran, que no quería que mis padres supieran lo que había pasado, temía que me prohibieran volver al polideportivo, donde tantas horas pasaba nadando y riendo con mis amigos, donde podía entrenar como atleta en un sitio seguro, "por favor, no digan nada, llévenme a casa y haré ver que no ha pasado nada". Accedieron y me llevaron a casa de mi abuela, quien , al verme, me leyó la cara de miedo y me preguntó si alguien me había hecho algo. Le dije que había discutido con una amiga, y que no tenía ganas de contar. No me creyó, pero me dejó estar callada. Me preguntó días más tarde, qué había pasado.

No le pude contar, no pude, porque el miedo se tragaba mis palabras. El hombre barbudo del coche, era el novio de la vecina de enfrente de mi portal, el del mismo rellano, a menos de diez metros de mi casa, entraba, todas las tardes después, imaginé, de salir de trabajar del polígono. El novio de mi vecina , por el mismo portal que yo, subía la misma escalera sin luz que yo, y cenaba en la casa que toda mi vida de adolescente tuve enfrente de mi. 

Era , decían mis padres, un tipo normal.

diumenge, 16 de desembre del 2018

Perversión, deseo, amor...

Cuando se vio frente a la  sonrisa de él, sintió que algo se movía en su bajo vientre, entre sus piernas, como si ya lo hubiera notado antes. Salió a relucir con una simple mueca, una media sonrisa que escondía sorpresa, ante eso que ella, tan inútilmente, había tratado de no sentir, de esconder. Había empezado a conocerse a sí misma, trataba de estar atenta a lo que su cuerpo le decía, era el que señalizaba las emociones, ése, justo ese cuerpo que tanto tiempo trató de callar, porque le avergonzaba, emitiendo señales que ella identificaba con el secreto, con lo que no se debe hacer, con lo que no se debe saber, con lo que no se puede contar, con lo que no tenía permiso para sentir.. 

Fue, como si de repente, le viera con ojos distintos de los que lo pudo ver la primera vez. Sabía que no valía evitar, que era evidente, que era posible, que aquello que él le había propuesto por teléfono de manera segura, descarada y atrevida, que tan duramente había rechazado, podía pasar... Esta vez , pensaba, no quería arrepentirse de lo que no se atrevería, en todo caso, prefería pedir perdón a pedir permiso, estaba segura de lo que hacía, había conseguido traspasar la barrera del miedo. 

La química se mostraba abiertamente mediante el acercamiento entre ella y él, se percibía desde fuera el interés por contarse, por acercarse, por reírse, por mirarse a los ojos, dando a entender que entre ambos surgió un libidinoso deseo. Esta vez, a diferencia de las anteriores, se trataba de asumir con tranquilidad, dejar fluir y suceder todo aquello que podía ser. Sin forzar, sólo permitiendo que pasara.

Le invadió, de repente, una energía que sólo recordaba en la adolescencia, la que le provocaba reírse sin motivo y sin poder parar, de manera nerviosa, cruzando bromas, miradas, que daban a entender que el deseo carnal estaba presente en ella,  en su cuerpo, en sus sentidos.

Aun así, su coraza, su carcasa, no estaba del todo deshecha. Era, creía recordar, la misma que la protegía desde que tenía conciencia de su atracción por el sexo opuesto, por los hombres, en plena efervescencia adolescente. Era algo que tenía que disimular, no podía mostrar interés, era algo que "nunca", se decía a sí misma, "me voy a permitir que se note". Mostrar interés por alguno de sus amigos era algo absolutamente pecaminoso, había tenido que jugar a esconder el deseo, por miedo a enfrentar su propia perversión. Un temor que, aún en aquel momento de su madurez, le perseguía. Temía quedarse a solas con él, porque sabía que el encuentro íntimo era inevitable, ella sería incapaz de dejarse sentir, al tiempo que sabía que no podría decirle que no, aun cuando su cuerpo se separara de su mente,  de sus sensaciones y dejara de respirar para no poder obtener placer. 

Aquellos momentos de la tierna infancia, en los que él la llamaba para provocarse placer, para que  ella, menuda y paralizada, simplemente, lo presenciara, para que su mera presencia fuera motivo de éxtasis,  aquellos momentos,  se daba cuenta ahora, le crearon una patológica adicción. Eran instantes eternos, durante los cuales  ella se sentía especial, "flashes" de la memoria que quedaron en el fondo de su ser, frenándola para desarrollarse, para brillar como ser único, como un ser más. Eran los momentos en los que su cuerpo le regalaba señales placenteras, combinadas, con la adrenalina que  genera hacer algo excitante a escondidas, unido a un sentimiento de culpa, manifestado corporalmente con un nudo en la garganta, el rubor y la parálisis casi estática de sus piernas, la respiración contenida y la mirada perdida para no encontrarse consigo misma, buscando auxilio para salir de donde en realidad, no quería estar.

Muchos años después, algunos novios después, sucesivos encuentros íntimos sin placer y demasiados coitos sin éxtasis, pudo identificar ésa desconexión emocional y corporal,  con el verdadero deseo. Pudo darse cuenta de que su mente se desconectaba rápidamente del mismo, cualquiera, por simple que fuera,: del deseo de bailar desenfrenadamente al escuchar música, de cantar en voz alta, de abrazar estrechamente a sus amigas, de besar locamente a quien le apetecía, de escribir sus pasiones, de entrarle al hombre de sus sueños, de entregarse al placer sexual, de brillar en lo que le hacía sentír sublime, de gozar la vida, de sentirse viva,  para no entrar en la culpa, en la vergüenza y en el miedo. Su cuerpo conservaba la memoria del miedo, se paralizaba de manera automática, primero desde la  cintura hasta los pies, clavándoselos en la tierra, para después dar señales a la sinrazón y que inventara excusas para dejar de sentir. Darse placer, seguir sus anhelos, cumplirlos, era luchar contra el miedo, contra la culpa, contra la tristeza, contra las ideas perversas que su mente, desde niña,  había ido consolidando con los años. El placer para ella era algo perverso, era pensar que se apoderaba del otro, de la otra, de las cosas, que las usaba para su propio disfrute.

Un día, cercano a aquel en que él se bajó del coche con la mirada clavada en la de ella, entendió que ése miedo era proyección, que  se había acostumbrado a dar placer esperando amor, reclamando aquello que yo no era capaz de darse. Se prometió ternura para sí misma , se amó, por primera vez en mucho tiempo, y sintió por unos instantes, que amar es un regalo, que amar  sin anhelo, que tratarse con amor es en sí mismo, una expresión de generosidad. Y fue así como dejó por un momento su coraza y se entregó al amor sin freno, al éxtasis descontrolado que tantas veces había parado por miedo a despertarse culpable de haber amado.


dimarts, 27 de novembre del 2018

Dime de quién hablo....(los guías del desierto)

Erg Chegaga, las dunas de M'hamid
Aziz tenía diez años, cuando empezó a pasear turistas montados en camellos por los alrededores de su poblado. Él  es el mayor de los seis hijos de Abdelkader y Fadma. Nació en las dunas de M'hamid  El Guizlane, en un poblado nómada, en un lugar de Marruecos fronterizo con el desierto, cerca de la frontera con Argelia.
M'hamid el Guizlane, o Taragalte según su topónimo Amazigh original, es un pueblo pequeño, con su kashba casi subterránea, de calles estrechas, con casas hechas de adobe, unidas entre sí por el techo, para que no entre el sol abrasador en las callejuelas, en los ardientes meses del largo verano. El pueblo es tan pequeño, que todos se conocen o son familia, "demasiado pequeño", me comentaba Aziz  "porque siempre alguien descubre lo que quieres hacer a escondidas".
Camino al poblado nómada
Fue un niño listo, muy listo, avispado, como eran los chicos de su edad en aquel lugar donde , durante su infancia, el contacto con el resto del país se reducía a una televisión y una o dos líneas de teléfono en todo el pueblo, y al paso de algunas caravanas de vehículos que se adentraban en las dunas para vivir una aventura.
Apenas aprendió a leer y escribir en los pocos meses que fue a la escuela. Tenía poca paciencia, prestaba más atención a los camellos, los pastores y los jeeps que pasaban de vez en cuando que a las lecciones en la pequeña haima habilitada en el oasis, un lugar seco y árido, con algunos tamarindos y acacias,  junto a un pozo que proporcionaba agua a la tribu nómada. Aziz soñaba con conducir uno de esos jeeps, hacer carreras por las dunas con sus amigos, perderse en el horizonte entre la arena y respirar libertad al adentrarse en el medio que le dio la vida, el mágico y silencioso desierto del Sahara.
Su padre, Abdelkader o  Abdel, se dedicaba a cuidar camellos que servían para transportar mercancías entre núcleos habitados por nómadas, o , para pasear turistas ávidos de sensaciones exóticas, aventureras , o místicas incluso.
Fadma, su madre, además de cuidar de las cuatro hermanas y un hermanito de Aziz, hacer pan, lavar ropa, cocinar y atender a la abuela de Aziz, salía a vender un día a la semana al zoco de mujeres para vender o intercambiar con otros mercaderes, los camellitos de lana y algunas artesanías más para complementar la escasa economía familiar. Atravesaba la agreste y pedregosa hamada hasta alcanzar andando siempre con alguno de sus hijos a la espalda, para llegar antes de que el calor abrasara, y no regresaba hasta la tarde, por el mismo motivo: evitar los implacables rayos de sol que se reflejan en la arena, cegando la vista durante el día.
Los días pasaban despacio para todas las gentes de Taragalte. El ritmo de actividad lo marcaban las estaciones del año, los rallies de vehículos "trotadunas" que pasaban de vez en cuando , los festivales de música en primavera y en otoño, y , cómo no, la llamada a la oración desde la mezquita. Era en este momento en el que se respiraba una absoluta quietud, la actividad del pueblo se detenía por unos instantes.
Se escuchaba al almuédano o muecín,  cantando el "Al-Dhan", mientras  los hombres cesaban su actividad y acudían a la mezquita para orar una de las cinco veces que se producía la llamada. La de la tarde, al ponerse el sol, era una de las más conmovedoras, por la quietud del lugar, la luz crepuscular reflejada sobre las fachadas de las casas de adobe, que tomaban un color dorado, brillante, deslumbrante, incluso. El polvo que movía el viento cuando cambia la temperatura, los niños jugando en la calle aprovechando el descenso de la temperatura, podían conferir al pueblo un aspecto de desolación incluso, sin embargo, era paz lo que se respiraba, o calma, una absoluta calma.
Todos estos momentos, evocaban los pueblos del lejano oeste, donde nada pasaba, donde las horas no transcurrían, donde a lo lejos sólo se veía arena, dunas, y más arena, donde no se escuchaban más que las voces humanas y el cacareo de las gallinas que convivían con sus habitantes.
Cada año aumentaba ligeramente el número de visitantes de todas partes del mundo: ingleses, franceses, americanos, españoles.... y Aziz, avispado él y con ganas de comerse el mundo, fue aprendiendo, a su manera  y sin método, diferentes idiomas. Empezó por aprender los saludos, después los números: primero en inglés, después en francés, alemán, español.... se trataba de aprovechar al máximo a la gente que pasaba por allí, no desperdiciar ninguna ocasión de adentrarse con ellos en el desierto, guiarles, ganar unos dirhams y tratar de ahorrar para conseguir su sueño: un jeep que le permitiera ganarse la vida en su casa, en la hamada, en el Erg, enmedio de la nada.
Y así fue como empezó su negocio, a medida que el país iba mejorando en comunicaciones, se instalaron más líneas telefónicas, creció el número de campings e instalaciones hoteleras, campamentos en las dunas, todo ello acelerado por el acceso a internet y a darse a conocer por todo el mundo. Así fue como nació su empresa familiar, y pudo empezar a mantener a sus hermanas para que pudieran ir a la escuela, aprender a leer y escribir y estudiar en Zagora para orgullo de su hermano y de sus padres.
Un campamento en Erg Chegaga
Mientras, Aziz fue ampliando su negocio, creando un camping en el desierto con el que , además de llevar a turistas a vivir una experiencia insólita, proporcionaba bienestar a su familia y  a la de los nómadas que fueron a trabajar con él manteniendo el campamento, cocinando entre dunas y paseando en dromedario a extranjeros que buscaban experiencias "auténticas".
El ambiente que se crea en este lugar del mundo es conocido entre los grupos de viajeros y sobre todo de viajeras por la leyenda, o por la propia experiencia, del hechizo que provoca el desierto, y las pasiones que se desatan en las dunas entre guías y visitantes femeninas, no importa procedencia o edad... Forma parte del viaje para unas, y parte de la vida para otros. Si no, pregúntenle a Aziz, o a Mohamed, o a Yassin, o a Hassan, o a Ismail, o a Youness.....