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dimecres, 1 de desembre del 2021

Historias sin nombres (1)

 Tiene veintiséis años. Es joven, muy joven, para contener todo lo que le ha tocado vivir. Veo sus ojos brillantes por encima de la mascarilla. Unos ojos negros, de mirada profunda, algo triste, y, sobre todo, sincera. Me parece leer su historia en ellos. Le pregunto cómo ha llegado hasta aquí, qué o quién le ha traído hasta la isla, cómo fue su llegada, cómo fue su partida, qué cosas le han pasado, si se siente bien aquí, qué le ha gustado más, qué detesta, qué le gustaría hacer en el futuro, cuáles son sus anhelos. Sorprendido de que a alguien le interese su historia, me empieza a contar: 

 "Cuando tenía 15 años, mi padre murió, de cáncer, como tanta gente en el Rif. Había padecido mucho, y, un día, el cuerpo no aguantó. Dejó a mi madre con 9 hijos , yo era el quinto, justo el de enmedio. Estaba a punto de terminar la secundaria, pero la muerte de mi padre me sacó del instituto y me obligó a trabajar en nuestra granja de olivos. Una granja en el sureste de Marruecos, en Saka. Tú sabes, Saka, es pobre, muy pobre. Casi no hay agua, todo es muy seco, los olivos aguantan, pero nada más... unas cuantas cabras, nada más. Entonces, mi hermano mayor dio el paso. Se fue a Tánger, un día, con unos traficantes de haschís y personas, y de allí, en una de las lanchas que cruzan el estrecho, llegó a España. Pero tuvo mala suerte, y les cogieron en la costa, al llegar. Pasó unos meses detenido en un centro para inmigrantes y le devolvieron a Marruecos. Yo, mientras tanto, trabajaba en lo que salía. No sabía hacer muchas cosas, pero me puse a cuidar la granja, recoger verduras y frutas donde me llamasen, ayudar en las obras de las casas que los emigrantes se construyen en Marruecos con el dinero que ganan en Bélgica, en Holanda, en España,... Tú sabes... Cualquier cosa para mantener a mi madre y mis cuatro hermanos más pequeños que todavía están estudiando. 

    Cuando mi hermano regresó, se quedó para cuidar de la granja, y yo decidí marchar. Tenía veintidós  años. Me fui al Norte, a trabajar. Primero en el campo para ahorrar, y cuando tuve el dinero, me pagué el viaje desde Tánger hasta Tarifa. Un viaje de seis, poca gente, para llamar menos la atención, en una de las lanchas del haschís, como mi hermano. Llegamos sobre las seis de la tarde, un mes de septiembre, y nos escondimos en un bosque cercano, hasta llegar la noche. A mis otros compañeros de viaje los detuvieron. Por suerte yo pude escaparme y me puse a caminar, de noche, solo, sin saber muy bien hacia dónde iba. El móvil se había mojado en el viaje, hubo muchas olas, y se perdieron también los zapatos cuando llegamos a Tarifa. Todo fue muy rápido, bajamos de la lancha y nos pusimos a correr. Yo me quedé con los pantalones y la camiseta. Nada más: ni dinero, ni documentos, ni un teléfono con el que llamar a mi madre para decirle que había llegado y que estaba bien. 

    Caminé una hora, dos horas, no sé. Estaba oscuro, iba por una carretera, pensando que encontraría a alguien de mi país. Encontré a una señora española, le pedí si me podía hacer el favor de hacer una llamada para avisar a mi madre. Me dijo que no. Continué caminando, pensando que tenía que llegar a algún sitio donde alguien me dijera dónde estaba, y desde allí poder llamar a mis compatriotas de Almería, para que vinieran a recogerme. Pero no sabía el número de teléfono, solamente el de mi madre. Encontré a varias personas, nadie quiso prestarme su teléfono. Un hombre incluso me dijo que llamaría a la Policía. Me fui corriendo, sin zapatos, me dolían los pies. Al cabo de un rato, después de caminar mucho,  vi una pareja. Les pedí el teléfono para llamar a Marruecos, y el hombre me dejó el teléfono. Hablé con mi madre. Me dijo que llamaría a los familiares que viven en Almería, y ellos llamarían al teléfono de esta buena persona que me dejó llamar. Me llamaron al cabo de una hora. En este tiempo, la pareja me dejó entrar en su casa. Me dejaron ropa, zapatos, ducharme, comer algo y dormir en su casa... (pausa).... De verdad...., cuando tenga los papeles, cuando tenga la residencia.... voy a ir a verles. No me conocían de nada, y me dejaron dormir en su casa, me dejaron solo en la casa por la mañana, hasta que mis familiares llegaron desde Almería para recogerme. Muy buenas personas, de verdad. Me acuerdo muchas veces de ellos..., cuando pueda..., voy a ir a su casa, a darles las gracias... Yo me acuerdo muy bien dónde viven...., no me olvido".

    Sus ojos se pierden en ese episodio, busca con ellos mi mirada, y se nos humedecen los ojos a los dos. Él traga saliva, para seguir contándome su historia. Yo trato de contener la emoción. También trago saliva.   Sigo escuchándole. 

    "Estuve unos meses en Almería con mis familiares. Recogíamos tomates debajo de los plásticos, mucho calor,  insoportable, pero era trabajo para pagar un sitio donde dormir. Cuando pude, me fui a Málaga y en un avión llegué a Mallorca. Aquí vivía y vive un hermanastro mío, mayor que yo. Hace veintidós años que vive en Mallorca. Es también hijo de mi padre. Mi padre se quedó viudo, con cuatro hijos, y después se casó con mi madre. Mi hermanastro  me dejó vivir en su casa al principio, pero pronto conseguí trabajar en la obra. Yo quería trabajar para mandar dinero  a mi casa y no quería molestar a mi hermanastro. Él tiene su familia aquí, yo quería ser independiente. Aprendí a poner baldosas, a pintar, a trabajar en la construcción. A mi jefe le gustó como aprendía todo rápido. ¡Claro, tenía que aprender! Mi madre y mis hermanos esperaban el dinero que yo les enviaba. Ellos siguen estudiando. Tienen que estudiar. Yo habría continuado estudiando si no hubiese muerto mi padre. Me ha tocado muy duro. No quiero que mi hermano pequeño pase por lo que he pasado yo. Ahora quiero tener los papeles, ir a ver a mi madre y mis hermanos.... Hace casi cuatro años que no veo a mi madre.... La echo de menos.... Tengo ganas de ir a Marruecos, a mi casa, y que ella me vea, que estoy bien.... Quiero ver a mis hermanos y decirles que estudien, para que puedan trabajar en algo mejor que lo que me ha tocado a mi. Pero yo estoy contento ahora, les puedo ayudar. Me va bien, no me falta trabajo. Y guardo el dinero para enviarles a ellos. No me gusta ir al café. Me gusta estar en mi casa, tranquilo, cuando vuelvo del trabajo. A veces voy a casa de mi hermanastro. Está bien así. Cuando tenga los papeles, mejor.... Insch'Al·lah!"

    Hemos terminado. Él se va, me da la mano, me da las gracias, tocándose con su mano derecha el corazón. Le imito. Le agradezco que me haya contado su historia, tan humana, tan dura, tan cercana. 
    

dissabte, 20 de març del 2021

Esquitxos d'estiu.


                             Eren les set de l'horabaixa, d'un dia del mes d'agost, en aquell poblet mariner a vorera de mar, Azla, al nord del Marroc, camí de les muntanyes del Rif. La xafugor començava a baixar, una mica d'oratge de la mar entrava cap al desordenat poble que s'extèn muntanya amunt. Els carrers, polsossos, començaven a omplirs-se de criatures que sortien de les cases per jugar una estona als carrers. Nosaltres, el meu fill i jo, veniem de prendre un tè amb menta, al xiringuito de la platja, el millor tè que he pres mai al Marroc. Caminàvem cap a la casa on ens hospedàvem, a dalt del poble, caminant vorera de riu, el riu Azla, que dóna nom al poble. Les cases, disposades de manera desordenada, unes al costat de la carretera, altres, muntanya amunt, agrupades per famílies, donen un aspecte a Azla d'autenticitat, de vida real. Entre les cases, també de manera descolocada, hi ha horts de tomàtigues i altres hortalisses, arbres fruitals, cebes, julivert, cilantre, geranis, magraners, i, al fons, els caramulls de palla, ben tapats amb lones, que han de servir de ferratge a les bísties durant l'hivern. La vida del poble està entre la pesca tradicional i l'agricultura de subsistència, les cabres i els xots que pasturen lliurement per les terres al voltant del riu, vigilats pels més menuts de les cases. La llum en aquella hora de l'horabaixa, és indescriptible, encisadora, donant color als vermells de la terra i al verd dels arbres, provocant que no et cansis de mirar, tornant de la mar, com el sol ilumina les muntanyes del Rif, enfront, tan semblants geològicament a la Serra de Tramuntana. 
           

     I l'espectacle estava davant dels nostres ulls. Un bon grapat d'infants de totes les edats corrien, amb xancles, amb els peus nuus, darrera un tap vermell de plàstic, un tap de garrafa d'oli, que els hi servia de pilota per jugar el futbol de carrer. Feia goig mirar'ls, gaudien de valent, amb aquella sensació que dóna el joc en grup, a l'estiu, en temps de vacances escolars, quan no importen els minuts, el lloc i els mitjans. Quan la intenció és esbravar-se, després d'haver passat les avorrides hores de calor dins de les cases, esperant a que la vida al poble es torni a despertar. I aixecaven pols, amb les seves corregudes, disputant-se el preciat tap de garrafa, per , a cop de puntades de peu, aconseguir marcar un gol en una rudimentària porteria, dos poals de plàstic, abans de pintura, col.locats espontàniament al mig del descampat, al costat de la carretera. Nins de sis, set , vuit anys, dirigits per els germans més grans, de deu, dotze anys, i alguna nina, corrent d'una banda a l'altre, rient, exclamant-se en dariya, yal.lah, yalah!, haggi!, haggi!, per indicar cap a on pegar la puntada. Amb calçons curts, llargs, camisetes de colors , xancles que fugen, i rialles, moltes rialles, perquè el tap, ha creuat el camí que els separava del riu i ha caigut rodant dins l'aigua.... La festa està assegurada, la calor fa tan atractiu aquell bassiot d'aigua del riu que tots van cap allà, i boten i trepitgen l'aigua, es lleven les sabates, les nines, que duen els calçons més llargs, els arromanguen i , sense sabates, entren esquitxant arreu  a tots, també a les mares, que havien cercat una ombra davall aquell poll d'aigua vora el riu. L'aigua esquitxa els seus vestits, i elles entren també en el joc. Les rialles, sanes, renoueres, ens desperten al meu fill i a mi una mitja rialla, i acudim a vorera de riu a contemplar aquella festa de l'aigua, que refresca els dies de l'agost asfixiant i feixug, en aquell indret del Marroc rural, que tant em recorda la meva infància. 




dissabte, 6 de febrer del 2021

Matinades.

    Són les sis del mati, apenes es veu la llum del sol al cel. Mirant cap al Nord, es veu la silueta de les muntanyes, despertant , tot en silenci, esperant les primeres veus dels aucells, saludant el nou dia. Encara es veuen alguns estels per la finestra del jardí, la lluna avui ja no hi és, i els primers raigos del sol despunten per l'alta finestra de la casa. 

    De sobte, l'horitzó va canviant de color. Una línia brillant separa el cel de la terra, de color groc intens, brillant, que en uns segons es torna rosat, vermell, taronja, tornassolat... és hora de volar, de sortir del niu, de sentir a la cara la fredor de la matinada, de caminar per els carrers, quan el poble desperta.  El silenci poc a poc desapareix, el substitueix el gall, que fa estona venia despertant-nos, i els vehicles comencen a moure's per transportar-n's  a la feina, a la ciutat, qui sap on.

    El despertar del dia és un atractiu a gaudir, allà on em trobi, a casa, de viatge, a la platja, a la muntanya. A l'estiu, quan les platges són buides i la mar està plana, transparent, neta, impoluta, sense estrenar, silenciosa, mostrant-n's els peixos que aprofiten la tranquilitat del moment per sortir i brillar sota l'aigua amb els primers raitjs del sol, m'agrada arribar la primera a la mar. L'aigua està quieta, la superficie ens deixa mirar com si d'un vidre es tractàs, el que passa dins d'ella, sense tocar, sense alçar la veu, sense tocar l'arena. 

    Poc a poc, amb els peus a la vorera, els meus dits van prenint contacte amb la mar, i, caminant, sentint la frescor al cos, em summergeixo dins del líquid, amb els ulls clucs, per sentir la fredor a la cara, als cabells,  al cos. L'aigua quieta, la platja muda, la llum del sol pipellejant sobre la mar, com espires de foc que no cremen, que es fonen dins de la mar. 

    I, així el record em ve, quan veig la llum del sol, que entra per la finestra de la casa, atravessant el vidre, en diagonal, dibuixant retxes a l'aire, iluminant parcialment l'habitació, a l'hivern, quan tenim el sol aprop, i llunyà, alhora. Quan despunta a les vuit del matí, tan suau, tan càlid, tan acollidor. Obrir les finestres, les persianes, les cortines, per deixar passar la calentor del breu instant i que ja no tornarà fins demà, o fins un altre dia, quan els núvols el deixin passar, cap a casa, cap al ametllers en flor del mes de febrer. 


 

 

dissabte, 17 d’octubre del 2020

Un libro nos trajo hasta aquí.

     Me ha sucedido varias veces, que un libro o su autor o autora me lleva a un viaje. Fue así con Julio Cortázar, con Gioconda Belli, con Gabriel García Márquez y con Antonio Machado. Hace dos años leí un libro, de un periodista marroquí, Hischam Houdaifa, en el que , para hablar de "Las olvidadas del Marruecos profundo", mencionaba los centros de escucha de la ciudad de Casablanca.  Había recomendado el libro Alberto Mrteh, en su blog El zoco del escriba.
 
    Yo había estado allí meses atrás, me pareció una ciudad caótica en la que no era necesario pasar allí más que lo justo para ir a ver la Mezquita. Sin embargo, me llamó tanto la atención lo que se contaba en el libro, que me puse en contacto con el periodista, para que me facilitara contactos en la ciudad para visitar uno de los  centros que menciona en su libro-denuncia " A la mujer y a la mula, vara dura. Las olvidadas del Marruecos profundo".
     
Hicham y Chadia, con PROSUD.
    Y bien, inesperadamente, me dijo que si iba a Casablanca, que pasara por su despacho, en el centro, y nos conoceríamos. La curiosidad por mi trabajo aquí con mujeres, la mayoría de ellas marroquíes, víctimas de trata y de violencia de género, fue el motivo de su invitación. 

    Después de una auténtica ginkama por la caótica Casa (como la llaman los marroquíes), sorteando rotondas, calles sin numeración que se bifurcan en dos, personas a las que preguntaba y me indicaban mal, conseguí llegar al edificio en el que Hicham y su mujer tienen la editorial "En toutes lettres". El portero amablemente me indicó el camino, en un laberinto de pasillos y ascensores imposibles de entender si es la primera vez que acudes al sitio. Casi igual que en el día anterior corriendo por Rabat en busca del centro anarquista. Las indicaciones son, pensé, como en Mallorca: ¿ves aquel semáforo de la derecha? pues no es allí, es a la izquierda...", tal cual en la isla, la cosa es liar al personal a ver cómo se las apaña para llegar a destino. 

    Bien, sorteados los obstáculos, me abre la puerta un despeinado y larguirucho hombre de una edad indefinida : no és un marroquí típico, tiene un aire especialmente bohemio, casi me parece más un colombiano de Bogotá. Lo primero pido disculpas por que en realidad era el día anterior cuando teníamos cita, pero bajo mi insistencia, accedió a vernos al día siguiente. "Disculpas, el tren, no me aclaraba en la ciudad, si, es imposible en Marruecos llegar a tiempo,  dime, por qué te interesa tanto el libro, ¿qué tienes que ver tú en Mallorca con estas historias?"

    Y le cuento, que en Mallorca llevamos  años atendiendo a mujeres marroquíes, a las que ahora ya vamos conociendo mejor, pero que hay realidades que él nos acerca en el libro a través de las entrevistas, que me han ayudado a entender algunos hechos. Otras, las historias más duras , las de las mujeres prostituidas del barrio de Sbata, me han resultado casi insoportables de leer, por su crudeza. Y, quería acercarme a una de las asociaciones que las atiende, para saber en qué consiste su trabajo, y cómo podemos mejorar la atención a las mujeres con más dificultades. La conversación fue interesantísima, yo no quería robarle más tiempo, pero fue Hicham quien me explicó que estaba preparando un libro sobre la situación de la infancia en Marruecos, y que, recién había salido un libro con su editorial sobre las Señoras de la fresa, escrito por Chadia Arab. Me regaló un ejemplar, aún en francés, que leí con fruición de camino a Mallorca, pues sospechábamos  que algunas mujeres procedentes de Huelva habían llegado a la isla engañadas, para ser prostituídas. Este libro fue una ayuda estupenda para aclarar el caso de una mujer que atendíamos en el servicio de atención a mujeres víctimas.

    Y, al final de la entrevista, le pregunto: "Hicham, ¿tú irías a Mallorca a presentar tu libro?. ¡Excelente idea, cuando me digas!". Tanto, que en Marzo del 2020, un año después, él y Chadia estuvieron entre nosotros en una visita relámpago, inolvidable. Presentación en Palma, en Llibreria Lluna, entrevista en Diario de Mallorca,  dos sesiones en las Jornadas de Trabajo Social organizadas por el alumnado de la UIB,  y , lo mejor, un encuentro de los dos investigadores con Aina Pérez Duran y las mujeres del Projecte Acollida, unas cincuenta,  procedentes de Marruecos, residentes en Manacor. Esto fue el 12 de marzo de 2020, antes de que el COVID cambiara el panorama mundial y ellos tuvieran que regresar precipitadamente a sus respectivos hogares, Hicham en Marruecos, Chadia en Angers, Francia. 

    Esperamos poder volver a tenerles por aquí, para presentar el libro sobre la  infancia que ha preparado Hicham, y la traducción al español del libro de Chadia, Las señoras de la fresa. 

    Escribir para viajar, viajar para escribir. 

    

dissabte, 10 d’octubre del 2020

Causalidades casuales.

    

Puerto de Tánger
                

    Por fin, aquella tarde de octubre llegué a Tánger. No había preparado demasiado el viaje, como otras veces, que me movía a golpe de cita programada. Esta vez, algo me decía que iba perdiéndome cosas con tanta programación. Y, me dejé llevar. El barco atracó en Tanger Ville, a la una de la tarde, procedente de Tarifa. Una delicia de viaje. El barco es la mejor manera de llegar a Marruecos, pasar de un continente a otro, alejándote de Tarifa, divisando la costa de Tánger enfrente, como si la pudieses tocar. Y aquél dia de otoño, la luz era fabulosa. La luz del sol cuando se refleja en el mar, sin sombras, todo claridad, a mediodía. No se me olvida, no paraba de mirar por la ventana, se me hacía larga la hora de trayecto, deseaba poner los pies en Marruecos, pisar tierra y decir: ya estoy en casa otra vez. 

                                                       
    Y allí me esperaba Sofía, para llevarme junto con Mezuar, a comer un cuscús, en viernes. Qué más podía pedir. Y recibo un mensaje nada más conectarme al Wifi: el hijo de Zohra, mallorquín marroquí, me dice que no busque alojamiento, que me quedo en su casa. "Fabuloso", pensé, "no hay como venir a Marruecos sin planes concretos" . Había pensado ir a una pensión, pero eso me suponía hacer y deshacer equipaje cada día. Así que decidí quedarme en su casa, como campamento base para ir moviéndome por el norte del pais, según los planes que me fueran saliendo. 
 
    Después de comer, mis amigos tenían compromisos, por lo que me acomodé en la casa de mi amigo en pleno centro de Tánger, para descansar un poco antes de ponerme en marcha de nuevo. No podía creerme lo que estaba viendo. Parecía que había entrado en el escenario de una película, en la que el decorado de la casa me trasladaba a los años 50, al Tánger internacional. Impresionante. Y, nada más traspasar el umbral de la puerta, el cartel de la película "La vida perra de Juanita Narboni", un libro que me descubrió Alberto Mrteh, con quien había quedado en un rato, y que tenía intención de leer. Curioseé en la estantería de libros mientras trataba de conectarme al wifi de la casa. El libro de Angel Vázquez me saludaba. Mi amigo marroquí mallorquín me vio y me dijo: "he intentado leerlo, no me ha enganchado"... . Lo ojeé con interés, y con ganas de devorarlo, pensé en leerlo en la noche,  así que lo dejé para más tarde. Llamé a mis hijos en Mallorca nada más tener conexión, pero no pudimos hablar. Les quería contar que estaba bien , que había llegado a Marruecos y que me quedaba en ese magnífico escenario de película, como una reina. Pero ya se lo contaría más tarde. Tenía que ir a la presentación de la revista Sures a la Galería Kent, y  el tiempo era ya justo  para ducharme, salir a comprar una tarjeta de teléfono para estar comunicada con mis contactos en Marruecos, y llegar a la Galería, que no tenía del todo ubicada en el mapa. 
Tánger, entrada al Zoco
     
    Me había dicho Alberto que quizás llegaría, pero un poco más tarde, pues salía en tren desde Rabat. Encontré la Galería Kent, no conocía a nadie, me apunté en la lista de distribución y ojeé la revista /libro de relatos, sobre el desierto. "La camella y rosa"... compré dos, uno para traer hacia Mallorca, y otro para mi amiga Sofía, con quien tenía cita al día siguiente. Me senté entre desconocidos, muchos de  ellos, españoles residentes en Marruecos, otros en tránsito, otros marroquíes, franceses...no conocía a nadie, me entretenía imaginando sus vidas, mientras Santiago de Luca iba explicando el proceso de creación de este número, y algunos de los  participantes iban leyendo sus propios relatos. Al terminar, Alberto, que había llegado un poco antes, me presentó a algunas de las personas asistentes. Me dice: "a tu lado, estaban sentados dos amigos que han hecho un documental, sobre la vida del escritor del libro de Juanita Narboni, espera te los presento". 
     
    Y nos presenta: Pablo Macías y Soledad Villalba. Estaban en fase de promoción del documental "La vida perra" . Y empezamos a hablar, porque el tema no me era desconocido. Mi amigo, en Mallorca, estaba en promoción también de su documental, les conté, y allí empezó la concatenación de casualidades. Pablo había estado hablando con una productora de Mallorca en la misma tarde. Impresionante. A todo esto, ante la sorpresa por la coincidencia, les conté que al llegar a la casa en la que me alojaba en Tánger, lo primero que me había llamado la atención era el cartel de la película. Y que tenía pendiente el libro. Y que ... en fin, que estaba encantada de llegar a Tánger y encontrarme con todo esto. 
     
    Entre emoción y emoción, Alberto dijo que se iba a reservar una habitación en una pensión, y nos acercamos hasta una de las más cercanas, en las calles que bajan desde la Avenida hasta el puerto. Me interesaba saber dónde podía encontrar una pensión por allí por si el escenario de película resultaba ser un farol, y tenía que salir por piernas de allí. 
    
     La noche continuó, en un lugar de la zona, con cena incluida a la que no me quedé, pero no sin antes ponernos al día Alberto y yo, saboreando una Casablanca, en aquel local de cenas, concierto y copas tan distinto de lo que yo imaginaba las primeras veces que llegué a Marruecos. 
       
     esta historia, que la tenía en el cuaderno, ha salido aquí por la proyección en abierto del documental "La vida perra" que compartió Maribel Méndez, en la página del Instituto Cervantes de Fez. Una delicia, un descubrimiento en todos los sentidos, y unas ganas tremendas de volver a pisar Tánger.
     
    Creo que echo mucho de menos Marruecos, ahora que se cumple un año desde el último viaje.

dijous, 9 d’abril del 2020

Recordando Fez.

Patio de la casa del Rabino
Era el mes de octubre, un octubre frío, lluvioso, en Fez, una ciudad que me atrapa sólo por su nombre: Fes, como la pronuncian sus habitantes, fasíes, o fesíes, aunque me gusta más la primera acepción. "Yo soy fasí ", dice mi amigo. No conocía el gentilicio, me gusta. ¡Cómo me gusta perderme en las calles de su medina! No sé muy bien a qué huele: tal vez a una mezcla de piel, del purín de las palomas almacenado en las curtidorías, del tinte de las tintorerías, que abocan sin filtro el sobrante al río que divide la medina, que, ése día, corría escandaloso por las abundantes lluvias de los días pasados.  Un olor que logré identificar al asomarme a ver el agua negra que descendía por el cauce, un olor que se esparce por la ciudad, de manera que con los ojos cerrados podría saber que estoy en Fez sólo por él, por este ambiente, entre agrio y fuerte, que parece que te penetra en la piel, en la ropa, y que no se te va de la memoria olfativa hasta unos días después. Ni tan siquiera el olor de los bocadillos de panaché tan típicos de la ciudad, logran tapar el olor de las curtidorías.
Me dejé llevar por mis amigos para pasear con ánimo de perdernos, nada de prisas, pues no son amigas de las estrecheces de sus calles. Fez , Fes, requiere calma para ir caminando, rodeada de gente, rodeada de personas que entran y salen de las tiendas, de los pequeños portales que albergan negocios diminutos, en los que todo está perfectamente desordenado, dentro de un orden antiguo, casi medieval, el que marca la distribución de la histórica ciudad, el orden de los gremios: los tintoreros, unos de los más famosos, los curtidores, los vendedores de cuero, los latoneros, los caldereros, los cuchilleros, y,  a su lado, las carnicerías, ...todo perfectamente organizado en un entramado aparentemente desordenado. Y la cotidianeidad de quienes la habitan, en su trasiego diario, para comprar el pan, la carne, o la pieza de latón que le hace falta para completar el armario de madera con pomos dorados....
Puerta a la casa más antigua
Y, en esa cotidianeidad, que es lo que más me gusta de las ciudades cuando estoy de visita, nos apareció, al asomarme a una callejuela bajo un arco, al final del barrio judío o mellah, una niña, que acababa de regresar a su casa desde la escuela. Me saludó, en francés, y me preguntó, con sonrisa y ojos vivos,  si quería ver la sinagoga de aquel barrio. Me giré hacia mis amigos, que eran además, mis guías por el laberinto, y los tres, aceptamos encantados, pues ellos tampoco conocían lo que la niña nos estaba describiendo por el camino hacia la sinagoga. Henza (nombre imaginario) dejó su mochila  en casa, y nos fue explicando que en aquel barrio se instalaron judíos que venían de Europa, y señalándonos una casa, estrecha y alta, diferente del resto de construcciones. Nos dice que allí vivió un rabino. La casa se construyó, según la inscripción en 1930. Ella se desenvolvía en varios idiomas, que , sin duda, ha ido aprendiendo imitando o escuchando a los turistas que por allí pasamos. Yo me relacionaba con ella en mi escaso francés, con la ayuda de los gestos.. Nos fue indicando, por el camino a la sinagoga, los aspectos más relevantes de su barrio. Uno de ellos, el hammam. Eran las dos de la tarde aproximadamente, y me invitó a entrar. Pasamos de la sala fría, en la que dejas tu ropa, a la sala templada, en aquel momento lleno de mujeres desnudas, que sin ningún pudor, se bañaban en el hammam, sin inmutarse por mi presencia.  Mientras, mis amigos nos esperaban en el callejón. Salimos enseguida, y seguimos caminando escaleras abajo, las callejuelas estrechas tienen escalones para evitar patinar. No pasan vehículos por aquellos callejones, solamente burros, muy característicos en la medina fasí.
Baño de las mujeres bajo la sinagoga
Y, de repente, nos abrió un portal que daba a un patio de una casa con una fuente enmedio,  desgastada por el uso, con un mosaico que va deshaciéndose por la humedad. Nos explicaba Henza, que es la casa más antigua del barrio, y que donde ahora vivían tres familias, antes vivía un rabino. Saludamos discretamente a los vecinos, y la niña nos indicó que  podíamos tomar fotos sin sacar a las personas. Aún así, pedí  permiso a sus inquilinas, en aquel momento estaban lavando en un lugar al lado del patio. Sin inmutarse, continuaron con su tarea como si tal cosa.
Y por fin , llegamos a la sinagoga. Entré yo sola, hasta el baño de las mujeres , situado justo debajo de la sala destinada da la oración. Se baja por una escalerita que parece que conduce a un zulo subterráneo, que, en realidad, lo es. Allí hay una especie de piscina pequeña, con una obertura en el techo a modo de respiradero. En esta sala, se bañaban las novias, antes de contraer matrimonio en la sala de arriba, la de oración que me había mostrado antes. Subí, por otra escalera, empinadísima, a la terraza. Estaba lloviznando y no apetecía  entretenerse arriba, sólo un momento para otear desde la pared de la terraza, y divisar, justo abajo, un cementerio, judío, con las tumbas orientadas hacia el mismo lugar, Jerusalén, y pintadas de color blanco. Un lujo, me dije. Fes se veía preciosa desde esta altura: sobre las casas, muchas terrazas, pegadas, que me hicieron pensar en  Fátima Mernisi y su novela "Sueños en el umbral" , cuando hablaba de la vida secreta de las mismaa, en la que los novios se podían ver desde lo alto, unos minutos al día, furtivamente, lejos de las miradas vigilantes de los mayores.
Salí de la sinagoga para decirle a Henza lo mucho que me ha gustado, pero ya no estaba. Mis amigos me esperaban pacientemente. Henza había desaparecido, y en su lugar,  un policía  hablaba tranquilamente con los vigilantes de la sinagoga.
Sentí que se hubise marchado así, me hubiese gustado conocer a su familia, seguro era hermana de un buen ejército de critaturas y jóvenes.
Fue, sin duda,  un lujo de paseo.

diumenge, 8 de març del 2020

El año nuevo Amazigh. Paseando por Rabat.

Vamos, el domingo a mediodía, un domingo de enero, al barrio del Agdal en Rabat. No acabo de entender el propósito de mi amigo Hassane, de llevarme allí. Debe tener algún sentido, pienso , porque no es un lugar para pasar un rato como turista ni para pasear, ya que no tiene más que un centro comercial y unas calles llenas de comercios caros, los cuales, me consta, que Hassane no frecuenta porque no forma parte de sus inquietudes.

Subimos al coche y no muy lejos de donde habíamos parado a comer, nos paramos de nuevo, esta vez en un aparcamiento de un centro cultural , en el que, según nos explica a su mujer y a mi, vamos a ver a un amigo al que le hacen un homenaje porque se ha jubilado. En la sala hay una exposición de pintura que aprovechamos para ver. Me asombra, o mejor dicho, me llama gratamente la atención  la cantidad  de galerías de arte, de murales en la calle, de certámenes de pintura que he visto en Marruecos. Me gusta esta sensación de poder ver la intimidad de las personas expresada en arte, que no entiende de idiomas y que es fácil para mi poder acceder a él.

La sorpresa va a venir cuando Hassane nos dice que podemos entrar en el teatro que hay justo enfrente del centro cultural en el que yo habia estado observando a un grupo de músicos y de baile vestidos de fiesta con la túnica de gala de color verde turquesa, con sus turbantes blancos elegantísimos y sus babuchas amarillas, preparándose a la entrada para actuar dentro del teatro. Se trataba de la celebración del nuevo año Amazigh, una celebración pagana, que tiene que ver con el ciclo de la cosecha: se agradece el nuevo ciclo que se abre, que es el de la siembra, bailando la música gnawa, tan rítmica y envolvente que enseguida crea un ambiente en el que todo el mundo se siente partícipe.


Yo me entusiasmo con la idea de entrar, aunque no estamos invitados, pero , sin problema, mejor dicho, con satisfacción, nos dejan pasar para presenciar lo que allí dentro va a acontecer, incluso con orgullo. Al ver que soy extranjera y que me acerco al escenario para poder ver mejor el espectáculo, el organizador del evento se me acerca para preguntarme si me gusta. Le contesto que me encanta, que es un regalo para mí poder entrar a ver una ceremonia tan sencilla y tan sentida. Las personas presentes se levantan y bailan los ritmos marcados por la música, las voces, sus patadas en el suelo...maravilloso espectáculo.

Al finalizar, para no molestar , salimos antes de que se sirva la comida. Imposible. Enseguida viene el organizador, quien, al ver que nos vamos, nos  advierte gesticulando con la mano en el corazón, que no podemos irnos de allí sin probar la cocina típica bereber : consiste en una especie de potaje con varias legumbres y un postre hecho con cus cus y una salsa de almendras dulce . Este último no lo podemos probar porque tenemos que irnos. Nos entrega un recipiente para que podamos llevarlo a casa. Parece bien denso el alimento, con maiz, frijol blanco, y una especie de sémola gruesa que le da un aspecto poco apetecible pero con un aroma estupendo. 


Una delicia de celebración, le agradezco el atrevimiento a Hassane por habernos llevado a tal sitio, he hecho videos y fotos porque quiero compartirlo con las mujeres marroquíes de Mallorca. Actos sencillos que no se olvidan.

Nos vamos a casa, yo necesito cambiar dinero, y vamos a dar una vuelta con Hassane por su barrio, sin que nadie pueda cambiarme unos euros. Es un barrio de Rabat lejano al centro, pura esencia de Marruecos, sus cafés, salones de tés, restaurantes económicos, sus tienditas de barrio, ésas que te surten de todo, niños y niñas jugando en la calle, jóvenes arreglando sus motos en equipo, ... ¡y mujeres que salen con sus cubos de casa para pasar la tarde del domingo en el hammam!. ¡Tentadora propuesta!. Me gusta la idea. Le pregunto a Hassane si hay planes antes de cenar y me dice: "si quieres ir, ¡ve! No lo preguntes, es tu momento. Y , bien, confieso que movida por el recuerdo del gran momento en el hammam de Zagora, y por la curiosidad del contraste, me voy a sumergir en el hammam del barrio, nada glamuroso, pero auténtico por lo que veo desde el exterior.
Lo siento, el relato del hammam de Rabat será  otra entrada.



dissabte, 8 de febrer del 2020

Construyendo un proyecto con Marruecos III. Curioseando en Rabat.

Después de la visita al Museo de Arte Contemporáneo Mohamed VI, me voy hacia el centro, a cinco minutos, para encontrarme con un escritor español que vive en Kenitra,  y que hoy me ha propuesto que comamos juntos antes de irnos a una charla-coloquio en un local cultural de la capital. Me espera en la Cafetería Renaissance, en pleno centro de Rabat, encima de los cines , en una primera planta a la que subo andando, y en la que inmediatamente me siento como en una película de los años 50.
Se sube por unas escaleras dobles, a un local de ambiente europeo , colonial , decadente y encantador. Y allí está Alberto Mrteh, sentado en una mesa pequeña, dando la espalda a una enorme ventana acristalada, provocando un efecto de contraluz, que me deslumbra y me impide verle , hasta que estoy casi encima de su mesa. El está escribiendo unas notas, me dice que está traduciendo un libro, y que tiene muchos frentes abiertos, que por éso ha venido antes para aprovechar el hueco para trabajar en el libro entre el horario del tren y la hora de nuestra cita.


No nos vamos a quedar, me cuenta que tiene previsto que vayamos a comer cerca de donde va a tener lugar el coloquio. Como yo no conozco la ciudad, me dejo asesorar y le sigo, no sin antes echar un vistazo a la Cafetería , sobre la que veo un escenario montado para tocar un grupo de música. Me comenta Alberto que es un lugar especial en el que se organizan conciertos y que es muy agradable el ambiente que se crea. Un lugar para tener en cuenta si regreso, mirando calendarios y posibilidades, muy interesante.



Vamos a comer a un restaurante muy típico, decorado como si se tratara de una jaima, encantador lugar y una atención inmejorable, un tagine de carne con ciruelas de ésos que no se olvidan y una ensalada que no podemos terminarnos. Yo, como con las manos, ya no puedo hacerlo con cubiertos en Marruecos, imposible, como con la mano derecha, que es como me sabe mejor todo, y dejo el plato y los cubiertos a parte para que se los lleven.
Sin reposar la comida, nos fuimos a la sede de una asociación Tilila,  en la que se ponía en marcha un club de lectura justo con el libro que hace poco tiempo había leído de Fátima Mernissi: "El Profeta y las mujeres. El Harén Político". El coloquio fue complicado para mí, recogí un 10% de lo que allí se debatió durante dos horas entre personas de diferentes edades y posiciones sociales, interesantísima experiencia , pensaba, inmersa sin saber muy bien cómo, en el mundo asociativo algo "background" de Marruecos.  Allí pude hacer algunos contactos sobre lo que yo buscaba, tarde fructífera  y llena de recuerdos ahora que lo estoy escribiendo, desde la lluvia del día, la búsqueda del lugar y la sorpresa al ver carteles de la CNT en las paredes de este local social gestionado, según pude imaginar, por un grupo de jóvenes muy alternativos, que en Mallorca, pocas personas tienen en el imaginario acerca de la juventud marroquí.
Me quedo de aquel lugar  con la foto de grupo, para poder transmitir la idea de lo que fue esta sesión, y , todo ello, casi sin entender lo que se habló, que fue mucho, muy intenso, y, sobre todo, con un perfecto respeto por entender y explicar, respetando turnos de palabra, la escucha y la profundidad de la lectura. Me sorprendió el análisis que son capaces de hacer jóvenes de unos 20 años sobre el Corán y de diferenciar lo que es Islam como religión .  Yo no conozco algo similar respecto al análisis de la Biblia Católica fuera de los entornos religiosos.
Como colofón, no puedo dejar de mencionar la entrañable presencia de  una espontánea que daría para un relato entero por su manera de entrar y de intervenir. Entró a la hora de haber iniciado el debate, disculpándose mientras atravesaba el círculo formado por las personas asistentes, interrumpiendo lo que en aquel momento se estaba debatiendo, para, en serio pero cómicamente, pedir un resumen de lo hablado hasta el momento. Era una mujer de unos sesenta años, vestida con ropa de joven estudiante universitaria estilo generación del '68, con un turbante amarillo a conjunto con su jersey del mismo color. Un personaje de lo más curioso, que fue la única en interrumpir y no respetar el turno de palabra, andándose por las ramas, como si hubiese venido a dar su charla, aprovechando un local en el que sabía que tendría audiencia. Al finalizar, haciendo gala de la insaciable curiosidad marroquí, se acercó a mi, en francés, lengua que puedo comprender si me hablan despacio, disparando a bocajarro una conversación que empezó por el color de mi jersey y mi pañuelo, y continuó sin saber hacia qué tema porque no pude entender nada más, sin poder recordarle que me tenía que hablar despacio. Yo la miraba con cara de "no entiendo nada" pero pareció no importarle y ella siguió su relato, que es en realidad lo que había venido a hacer: hablar de lo suyo. Afortunadamente, Alberto tuvo la ocurrencia de rescatarme para ir a echar un vistazo a la biblioteca de la asociación en la que puedes donar o comprar también , libros políticos, sobre todo. Me acerqué con curiosidad, a ver la estantería de la sección dedicada a Feminismos, con , por supuesto, varios libros de Fátima Mernissi y otras activistas árabes. Y allí me topé con uno de los asistentes a la charla, un psiquiatra que había conocido a Fátima Mernisi y que se interesó por mi trabajo con mujeres marroquíes en Mallorca. Él estaba tratando de ultimar la presentación de la Asociación Fatima Mernisi, una entidad que trata de visibilizar y trabajar para el empoderamiento de mujeres en zonas recónditas de Marruecos, en este caso, en el Atlas. Nos pasamos direcciones y quedamos en que nos mantendríamos en contacto. Interesante hallazgo, pensé yo, voy avanzando en mis propósitos de conocer asociaciones que intervengan con mujeres en zonas deprimidas. Aunque puede parecer que en la era de Internet todo está a nuestro alcance, me voy dando cuenta que aquí, como en Mallorca, de lo que se trata es de ir haciendo contactos, darte a conocer, explicar tus propósistos de aprender sobre el lugar, e, inmediatamente, se te van abriendo las puertas con más facilidad. Poco a poco, voy tejiendo una red que me va ayudando a configurarme una idea de lo que es el tejido asociativo en Marruecos.

Tras este intercambio de datos con este profesional, nos damos cuenta de que somos prácticamente los últimos en salir del local, los jóvenes que lo gestionan han recogido todo y están en la puerta para salir. Somos los últimos, hemos conseguido ser más curiosos que los propios marroquies. Al despedirme, les pregunto si van a colgar las fotos en su página de Facebook. Me interesa compartir la experiencia, como decía , porque no está en el imaginario mallorquín que existan grupos alternativos en Marruecos.

Continuando con mis andanzas, fuimos Alberto y yo, caminando refugiándonos de la lluvia de regreso al centro de la ciudad, sorteando lagunas formadas por el aguacero, en las avenidas de Rabat, en busca del "cuartel general" en el que se reúnen habitualmente mi amigo Hassane y su comité asociativo.
Llueve en Rabat. Es enero, hace frío. Y mi amigo Hassane nos espera en la terraza de su café del centro de la ciudad.

dimecres, 25 de desembre del 2019

Ara que som a Nadal.

He somniat desperta, passejant per Palma, que caminava de la teva mà, per el Carrer Jaume II, i baixavem per les escales d'es Pas de'n Quint,  passavem per davant la tenda d'esports NINS, per la jugueteria La Industrial, i per la Confiteria La Pajarita, al Carrer Sant Nicolau, fins a arribar al nostre destí: Dulces García.
Allà anavem les dues tots els nadals, des de que jo tenia cinc anys. Hi anavem el dissabte matí, el dissabte abans de la Nit de Nadal. Era obligatori: la família ens reuniriem al voltant del record del padrí, el dia 24 de desembre, com cada any, celebrant una nit especial on la família Torres Vidal ens juntariem com fins ara , per degustar una sopa de brou de Nadal, unes viandes especials, ous filats, embotits i, com no, un bon surtit de torrons que tu i jo hauriem adquirit a la teva preciada confiteria.
Aquell ritual el conserv ben net a la meva memòria. Partiem tu i jo ben matí, abrigades, devers les nou, caminant amb passa decidida, cap al centre. Tu i jo aferrades de la  mà, anavem atravessant el carrer 31 de desembre, fins al Carrer de Sant Miquel, passant per tots aquells comerços despareguts,  que poc a poc han estat substituïts per les franquícies. Del Carrer de Sant Miquel record la benzinera i la seva dependenta, una dona especial, cinquanta anys, cabells curts, ulls ben pintats, moderníssima, espectacularment llamativa, amb una cartera de pell penjada a la cintura amb els diners per cobrar i tornar canvi. Continuavem, passavem l'Hospital Militar, i ens aturavem a cada deu metres, perquè tu te trobaves amistats, mestres com tu, jubilades i jubilats, que segurament feien rituals semblants als nostre. Me presentaves: "Ella és na Miquela, ens coneguerem estudiant de mestres al Consulat de Mar", o, els hi explicaves, que jo era la teva neta petita, que en tenies tres, una que ja tenia una nina, i una altra que vivia a França,....I així, fins a sis o set o deu o quinze cops en el recorregut, sense presses en les salutacions. Tu gaudies de trobar les amistats. Jo m'avorria, molt, moltíssim,  però, reconec que ara ho enyor i m'agrada rememorar-ho.
Passàvem per La Filadora, perquè volies comprar una tela per arreglar un forro d'un abrig, o pel Forn "La Palma de Oro", on compràvem unes agulles d'espinacs, i uns medritxos per berenar el diumenge matí i una duquessa per més tard. Tot seguit, travessàvem la Plaça Major, i passàvem pel Carrer Jaume II, on saludàvem uns veïnats que tenien una tenda de records de Mallorca. I, així, fins que al cap d'una hora de camí entre compres i "estacions" per saludar a les teves amistats, aconseguíem arribar a Dulces García.
Record perfectament el local, estret i llarg, a la dreta del Carrer Sant Nicolau, amb un mostrador, al costat esquerra de la porta, on exposaven les barres de torrons artesans, en forma de bloc, de diferents gusts i colors. El local devia tenir uns tres metres d'ample, per sis o set de llarg, dividit per una barra, entrant a l'esquerra, que d'any en any jo anava superant en altura,. Damunt el marbre s'acumulaven barres de torró exquisides. Tot estava folrat de miralls, de manera que el local semblava més gran. El propietari, un "tipo especial", alt i molt gros, amb barba frondosa, ulleres, calçons de tela i jersei de coll picat i camisa blanca, ens saludava i ens oferia les novetats i especialitats de la casa. Record com si els tengués davant, aquells torrons que tant t'agradaven: el de "yema tostada", una barra de color groc,  o el d'avellana, impossible de superar, el de "natanueces", el torró de Xixona, aquell que elaboraven tan fi i que era el teu preferit. O el de castanyes, més car i del que adquiríem un tros més petit. Per acabar, compraves una bosseta de Pasteles Gloria, uns pastissets finíssims, ensucrats i farcits de vermell d'ou, embolicats amb delicadesa amb un paper encerat i platejat, que deia "Pasteles Gloria" amb un dibuixet de colors vermells, blaus i blancs. Tot alló ho aficaves dins d'una de les bosses de xarxa que tu ja duies preparada dins del teu bolso. Pesava. Però, no importava, tu ja tenies el que tu volies, i , després de fer la xerradeta de rigor amb l'amo de la confiteria, ens acomiadàvem fins a l'any següent, "si Déu ho vol". Bones Festes i Feliç Any Nou.
I arrancàvem altre vegada escales del Pas d'en Quint per amunt, cap al Carrer de Jaume II, Plaça Major i Carrer de Sant Miquel, on feríem una aturada. Ens ho havíem merescut. Una xocolata ben calenta amb ensaïmada o coca de quarto al ja desaparegut Cafè Moka.  Aquella passejada era deliciosa. I tu, anaves tan contenta, de poder-te permetre, després de la dura pobresa de la vida de mestra, convidar-nos a tota la família a menjar uns torrons especials, per celebrar una jubilació que jo vaig gaudir per haver sigut la neta privilegiada, la teva neta petita. 
In Memoriam. Francisca Vidal Ferrà, 1899-1991.

dijous, 28 de novembre del 2019

Distopía

Me  detuvieron una noche. Estuve jugando en la casa de apuestas con mis colegas, bebí más de la cuenta y tomamos algo de coca, y con la euforia, aposté el dinero que ella me dió  en la máquina. Estoy jodido. La he jodido, para siempre. A la  mañana siguiente, la juez decretó orden de alejamiento para mí, y me mandaron a un centro con otros hombres que también han pegado o acosado a su mujer. No me dieron opción. No podré volver a acercarme a ella, ni a mis hijos. Me colocaron la pulsera y si me aproximase a ella, una alerta se dispararía y la Policía acudiría enseguida y me volverían a detener. Esta vez por incumplir mi condena. Y puede que entrase en prisión.
Ella se quedó en el piso, con nuestros hijos, para que pudieran continuar sus vidas, ir al colegio, y yo, la he jodido, no puedo verles más que el fin de semana, y sólo si no les interrumpo sus actividades. La verdad, me pasé tres pueblos. No hay vuelta atrás, he perdido todo, por ponerme hasta el culo de coca y alcohol, enfadado por haber perdido el dinero de la apuesta. Ella, a las 3 de la madrugada, me esperaba despierta porque no había vuelto con la compra. A mí eso me jodió, me jodió tanto que le di un empujón, y al caer se golpeó con la cabeza en el pomo de la puerta. Me asusté, gritamos ambos, mucho, ella me increpó diciéndome que me estaba consumiendo el dinero del alquiler y de la comida de mis  hijos. Sus palabras retumban en mi mente. "Te gastas lo que yo ahorro trabajando como una mula en verano en el hotel, y tú no eres capaz de encontrar ni un trabajo digno" Y tenía razón, pero, mi orgullo de macho y  mis voces internas me decían que yo soy quien manda en casa, y la volví a empujar, rojo de ira. "Cállate, PUTA, que das asco, sólo gritas, quítate de delante, no me molestes, quiero dormir!!!"
Y los gritos  despertaron  a los vecinos, y  llamaron a la Policía.
Mi hijo mayor se despertó, y se puso en medio, antes de que volviera a pegarle a ella, tenía ganas de romperle la boca de un puñetazo para que se callara.... Se me fue la olla, del todo.
Sonó el timbre, y él, mi hijo, llorando, abrió enseguida, con lo que la Policía entró en casa y me detuvo sin remedio. He arruinado mi vida, nuestras vidas, me da vergüenza. Mi hijo me ha visto pegar a su madre. Me pregunto si querrá verme cuando se mayor. Probablemente, no. Me da vergüenza.
Ahora tengo que pagar cuatrocientos treinta euros cada mes por el   alquiler de mi habitación en el centro,  y además, le tengo que pasar una manutención a ella para mis hijos, para que la vida de mis hijos pueda seguir igual, si no quiero ir a prisión.
Y la vida en el centro, no es nada fácil, cada semana entran tíos nuevos, los trae la policía, después del juicio. Algunos hasta le han partido la cara a su mujer, otros vienen de haber pasado unos meses en prisión, uno de ellos dice que le partió los dientes a su mujer, y pasó dieciocho meses encarcelado...cuando le escucho, me acuerdo de mí, a punto de romperle la boca a María, mi mujer, mi ex-mujer, porque ahora ya está en trámite el divorcio. Ella enseguida fue a pedirlo al juzgado, vaya! Se dio prisa la tía....otra deuda que voy a tener, pagar el divorcio. No vale de nada que yo no quiera, mejor dicho, me cuesta más si me niego, aunque ya me ha dicho el abogado que no vale de nada mi opinión porque la ley no me va a dar la razón. La lié, casi la reviento a golpes, no quería, pero se me fue la olla... Ahora voy al grupo de terapia...eso si que es duro... cómo cojones he llegado hasta este punto, en un grupo todo de hombres que lo han perdido todo, por perder el control, por armarla, por creerse que eran algo... unos mierdas es lo que son, ...lo que somos... unos mierdas... esto lo voy arrastrar toda la vida.
Y me da rabia....pensar que ella está en el piso, con los niños, y yo, aquí, en este sitio, lejos de casa, de mi ambiente, de mi familia, en un sitio en el que tengo que decir siempre a dónde voy, de dónde vengo, con quien voy....con horarios, con tareas compartidas de obligado cumplimiento, .... cómo he podido llegar hasta aquí? Me tratan como a un niño, a mis casi cuarenta, y teniendo que dar explicaciones a los educadores.... cómo he podido llegar hasta aquí?
Ahora, en el centro, me controlan el plan de ahorro, porque me dan un plazo máximo, ya ves, de sólo once meses para encontrarme un piso de alquiler en el que irme a vivir por mi cuenta, lejos de mi casa anterior, porque no me puedo aproximar a ella en dos años. Y el tema está jodido, porque dónde cojones voy a encontrar un alquiler por el mismo precio que pago en el centro, o sea, cuatrocientos treinta euros. Por este precio, ya lo he mirado, y lo único que encuentro son habitaciones realquiladas, en las que ni me voy a poder empadronar, además de tener que compartir baño y cocina con otros tíos que no conozco de nada! Me han comentado algunos compañeros que ya se han ido del centro a vivir en habitaciones compartidas, que hay mucho piso donde se trapichea con droga, o se alquilan camas calientes, de día unos, de noche otros,...vaya mierda...y cómo voy a pagar más si los trabajos que encuentro son una mierda, no llego a los mil euros, currando todo el día, repartiendo paquetes por toda la isla, ...la he jodido, la jodí bien jodida...., por creerme macho....

diumenge, 17 de novembre del 2019

Mi lugar en Fez.



Es el lugar, en la medina de Fez, una medina que contrasta con la locura moderna en la ciudad de contrastes.
Al cruzar por cualquiera de las puertas de la medina de Fez, el olor, el ambiente, el ruido, el trasiego, los colores, las personas, los burros, las motos, el agua en el suelo, las miradas, los roces, los empujones, los puestecitos de libros  alternándose con ropas, bolsos y zapatos, te encandilan al pasar. La sensación de que los sentidos no dan a basto, las miradas se cruzan, en un espacio interpersonal reducido,  el olfato, la vista, el oído y hasta la libido se ponen en alerta. Y, sin saber el rumbo, me dejo empujar y arrastrar por las personas,  turistas y locales, que junto a mí, rozándome el brazo, el bolso, los pies, me indican sin quererlo, el camino. De pronto, tantas sensaciones me hacen perder de vista a mis amigos fasíes. Se han detenido a hablar con unos amigos suyos que trabajan en esta mágica medina. Encontrarse con amistades es frecuente, y los saludos, son absolutamente protocolarios.
_ Labass?
_ Labass?
_ Ua, mezyane. Shokran. Bher?
_ Bher, Shokran. Kulchi mezyane?
_ Nam, bher! Alhamdollillah
_ Alhamdollillah!
Se besan en las mejillas, se rozan las manos (la derecha) y ambos interlocutores se tocan con la misma mano cada uno el pecho a la altura del corazón. Señal de amistad, de que se comunican sus afectos.
Me presentan:
_ Una amiga de España.
_ Bienvenida!
_ Shokran.
Intercambian unas frases en dariya y seguimos caminando. La misma operación se repite cinco, seis, siete, no sé, pierdo la cuenta de a cuántísimas personas se han encontrado y han saludado antes de llegar a nuestro destino
Y seguimos caminando hasta el lugar al que nos dirigimos, un lugar que quienes se han convertido hoy en mis guías particulares frecuentan, un lugar especial, para ir a tomar té. Nada más, un té, atthai, con menta, shiba, geranio y salvia. Me dicen que es un lugar especial. Y lo debe ser, porque llegamos y no podemos entrar. En el local apenas caben seis personas, es pequeño, acogedor, simple, auténtico. Lo regenta un hombre sencillo, Ba Abdellah, el señor Abdellah. Un señor, sí. Me explican mis amigos que Ba es una manera de llamar a los hombres a quienes se les debe un respeto. Ba Abdellah transmite ese respeto. Es un hombre de edad indefinida, no sé si tiene sesenta y muchos, setenta y bastantes. No lo sé. Pero al llegar, me siento arropada por él, por su apariencia, su acogida, como si me estuviera diciendo que por ir con quien voy, soy bienvenida.
Y al vaciarse el lugar, nos sentamos, e inmediatamente mis amigos entablan conversación con él. Yo me limito a mirar la escena. Me encantaría tener a un hombre como Ba Abdellah en mi familia. Parece una persona llena de sabiduría, de estas personas que crean ambiente sólo con su presencia. Es de estatura más bien alta, corpulento pero delgado, va vestido sencillamente, pantalones de pana, un jersey gris y una bufanda vistosa de lana encima, un gorro tradicional hecho de ganchillo, que tapa su discreta calvicie, aunque asoman unos cortos cabellos grises.  Mejillas sonrosadas, sonrisa radiante, mirada sincera, sencilla, amorosa. Me ha embelesado la energía de paz que desprende. No me quiero mover de allí. Contemplo, desde mi discreto y sencillo asiento, cómo hace el té. Utiliza shiba (una clase de artemisa), hierbabuena de hojas intensamente verdes, salvia, y, para mi sorpresa, hojas de ése tipo de geranio que huele a limón.
Estamos sentadas tres personas en el lugar. Tiene unas sillas de hierro forjado con unos cojines redondos desgastados por el uso, y unas mesitas redondas de mosaico andalusí. Todo muy simple, sin adornos ni estilismos. Los vasos, los de toda la vida, altos, con unas huellas en la base, no paran de trabajar. Se vacían se lavan y se vuelven a llenar de hierbas y agua hirviendo. En la base, para no quemarse, se colocan unos vasitos de latón brillante que envuelven el vaso de cristal. Así podemos sorber el té sin quemarnos las manos, aunque la lengua queda abrasada si no sabes sorber como ellos lo hacen.
El ritual es continuo. Ba Abdellah vigila una caldera al fuego constantemente, con agua hirviendo, que va sacando desde el grifo metálico a unas jarritas también de metal, que son las que usa para ir llenando los vasos en los que previamente ha colocado las hojas de las diferentes hierbas. Todas bien apretadas, parece que no cabe el agua. Va a servir los nuestros. Pregunta a mis acompañantes si quiero azúcar. Asiento, y enseguida, me entrega mi vaso, con su base de metal, y el té humeante y ardiente, que me consuela al tenerlo entre mis manos, porque hoy hace frío y llueve en Fez.
Y mis amigos siguen hablando con él, mientras yo, entre sorbo y sorbo de té, me quedo mirando la vida de la medina que asoma por el portal de la minúscula tetería. Definitivamente, es mi lugar en Fez.

dimecres, 13 de novembre del 2019

Un día en el Museo Mohamed VI de Rabat.

Era sábado, tercer día en Rabat, el pasado mes de enero, llovía a cántaros y mi idea de pasear toda la mañana por la medina de la ciudad se desvaneció. Pero en Marruecos siempre aparece un "Plan B" y  me surgió la oportunidad de visitar el Museo de Arte contemporáneo Mohamed VI. Leí que había una exposición temporal de tres pintoras, tres mujeres, de diferentes pueblos de Marruecos, ya fallecidas, cuya personalidad me atrajo. El "Plan B" prometía una mañana intensa.
Bajo la lluvia, mi amigo Hassane me dejó justo enfrente, de paso, cuando se iba a su reunión de la asociación de su barrio. El Museo abría a las diez de la mañana, así que acababan de abrir cuando llegué. Entré la primera, justo cuando abrían sus puertas. El personal del Museo, masculino en su totalidad, no tenía aspecto de estar muy motivado en explicarme nada. Me indicaron el precio (40 Dhm), pagué, dejé la mochila en taquilla y empecé a pasear entre obras de arte.
Pasé tres horas fantásticas contemplando pintura de diferentes autores marroquies, pero, sobre todo, la de las tres pintoras que me dejaron boquiabierta por su historia personal. Mujeres que ahora podrían tener unos 80 años y que dedicaron su vida a la pintura para transmitir el legado cultural de su lugar natal. Sus nombres son Chaibia Talal(1929-2004), Radia Bent El Houcine (1912-1994), Y Fatima Hassan El Farouj (1945-2011), toda ellas fueron niñas sin escolarizar, para convertirse, por su afición a la pintura, en mujeres rompedoras, con una personalidad desbordante a juzgar por lo que muestran sus obras y sus biografías. Me llevé algunas fotografías en el móvil para mostrar las pinturas a las mujeres de Mallorca, pues me dejaron fascinadas con los colores, los detalles y, sobre todo, las entrevistas y videos sobre sus vidas.


En el museo proyectaban en una de las salas, las entrevistas que hace unos años les hicieron en las televisiones a dos de ellas. Unas mujeres con una presencia que me atrajo. No entendía las conversaciones pues las entrevistas no estaban subtituladas, sin embargo me senté ante las pantallas para escucharlas. Son ése tipo de mujer que derrocha talento y seguridad. Me impresionaron mucho. En uno de mis paseos para volver atrás y volver a mirar los cuadros que más me llamaron la atención, se acercó a mi uno de los vigilantes del museo, quien, adivinando mi entusiasmo, me dice que me ha dejado hacer fotos pero que no haga más, porque se trata de una colección privada. Yo estaba dispuesta a borrar las fotos si me lo pedían, no sin antes explicarle el propósito de mi reportaje. Le comenté que trabajo con mujeres marroquíes en Mallorca, a quienes les encantaría poder ver esta exposición, Le expliqué que algunas de ellas escriben y les gusta el arte, y que sería un estímulo muy positivo ver sus pinturas ya conocer la vida de estas artistas.
Me preguntó si soy pintora. Sentí decepcionarle, le hubiera gustado poder decir que había conocido a una pintora, lo leí en su rostro. Pero mantuvo el interés cuando le expliqué lo importante que es para mí ver que mujeres que no han ido a la escuela, tengan estas salas para exponer sus pinturas, y que es algo que quiero transmitir a las mujeres marroquíes que viven en Mallorca, que ni se imaginan algo así por el poco acceso que han podido tener a la cultura. El hombre, curioso, como suelen ser los marroquíes,  se interesó por mi trabajo, me preguntó qué hago exactamente en Mallorca, qué contacto tengo con Marruecos. De manera natural, entablamos conversación, al más puro estilo marroquí, sometiéndome al interrogatorio habitual sobre qué conozco, de dónde vengo, qué hago, cuántas veces he estado en el pais, qué es lo que más me gusta y al final, al saber que trabajo en Manacor, tierra de Rafa Nadal, nos hicimos una foto juntos en la misma sala del museo. "No pinto pero escribo en un blog en el que  me gusta contar cosas de Marruecos", le dije. En Marruecos, interesarse por el país, su cultura y sus costumbres es baza segura para abrir puertas. Al final, el vigilante del Museo y yo mantuvimos una conversación muy interesante sobre las mujeres, la vida de ellas en Mallorca, la nuestra, las costumbres, y el trabajo que supone la acogida en un país extranjero.
Después de quedar retratados en el "selfie",  me acompañó hasta la entrada a otra sala, en la que se visita la exposición permanente. Me animó a regresar al Museo cuando vuelva a Marruecos. Lo haré, le digo, para ver nuevas exposiciones temporales.


dissabte, 5 d’octubre del 2019

Construyendo un proyecto con Marruecos II (con mi amigo Hassane)

Continuando con el relato del viaje en enero de 2019, esta vez entra en juego mi amigo Hassane, a quien conocí hace veinticinco años, en un campo de trabajo en Aranjuez. Como anéctdota, la primera vez que nos reencontramos, hace ahora cinco años, no sabíamos qué demonios habíamos ido a hacer a Aranjuez: mover piedras al lado de una laguna, como excusa para conocer personas de todo el pais, y de Marruecos. Y, lo mejor, nuestra amistad se mantuvo porque somos dos personas curiosas, en el sentido que nos gusta saber cómo vive la gente en otros países, podíamos interactuar en inglés, y nos gustaba escribir postales. No existían las redes sociales, y nos mandábamos una postal cada vez que viajábamos...¡Recuerdo su dirección en Rabat casi de memoria! (me sonrío al escribir esto). Alberto Mrteh, a quien menciono en este post más abajo, seguro se sonríe al leerlo, ¿verdad Alberto?

El primer día, visité con él un centro que atiende a infancia con discapacidad. Una realidad que sabía que es dura de antemano.  Me quedé con ganas de más: estuve una mañana con ellos en las sesiones de fisioterapia, a las que asisten las madres acompañando a las criaturas que en muchos casos, cargan a sus espaldas para llegar a las sesiones. Los profesionales me ofrecieron quedarme en sus salas de trabajo, fue un lujo poder compartir con ellos aquellos instantes en los que intercambiamos algunas inquietudes propias de quienes trabajamos con personas en situación de dificultad. Les decía que me encantaría poder mostrar su trabajo a profesionales colegas en Mallorca, para intercambiar opiniones, métodos y formaciones conjuntas, sería una manera de enriquecerse mútuamente. Me inquietó mucho ver a las madres, que llegan al centro dos o tres días por semana, desde diferentes lugares más o menos cercanos a Rabat, procedentes del campo o de la ciudad, cargando con los hijos a cuestas a falta de sillas de ruedas, ayudas técnicas que , comentamos, no solucionarían el problema de movilidad puesto que no se puede transitar en silla de ruedas en cuestas empinadas, en calles sin asfaltar o en escaleras imposibles.  Durísimas situaciones que aquí pasamos hace no tanto y que quizás  hemos olvidado.

De esta visita, escribiré otra entrada en el blog porque me hizo pensar mucho, y mi amigo Hassane, voluntario en el centro, me sugirió que le gustaría poner en marcha acciones con perspectiva de género. Pensé que con dar apoyo a las madres cuidadoras, ya tienen una gran tarea. Me admiraron los y las profesionales del centro, con una implicación y sobre todo , mucho amor a los niños y niñas allí atendidos. Y me llamaron la atención los ojos y las sonrisas de los niños y niñas mientras recibían fisioterapia, con sus  "oyoun zine", si no recuerdo mal , que quiere decir ojos bonitos. Agradecían con su mirada el trato recibido por sus cuidadores y cuidadoras. Emocionaba verles tan contentos.

Más  tarde, después de intercambiar algunas impresiones sobre la visita, fuimos paseando por  un barrio cercano al centro que habíamos visitado, pues yo tenía que cambiar mi dinero a Dirhams Marroquíes y cargar mi tarjeta de teléfono para poder hacer llamadas en el pais, mientras mi amigo Hassane esperaba a uno de  sus amigos y próximos fundadores de una asociación de barrio. Éste, alto, grande y muy hablador, parece que es el líder del encuentro, trae una cartera llena de papeles, y nos vamos a tomar un té con él en un café cerca del lugar, donde yo aprovecho para conectarme a internet, escribir en mi cuaderno y seguir organizando mi viaje. El hombre no para de hablar, leen los papeles, se reparten el trabajo, están entusiasmados, y el amigo, que vive en Marrakech y habla como una metralleta desde el fondo de su garganta, le propone a Hassane que sea el presidente. Mientras tanto, yo concreto la cita de mañana con Alberto Mrteh que me esperará en el Café Renaissance en pleno centro de Rabat, para comer juntos y después irnos al coloquio sobre un libro de Fátima Mernisi, mi musa en estos lares.

De regreso a casa, Hassane me comenta que no va a ser posible entrevistar a una de las madres que acuden al centro porque habría que pedir permiso a la fundación que la financia, que se entendería como una intromisión, por lo que me olvido de la propuesta, y lo dejamos para una próxima visita en la que se haya podido pactar tal encuentro. Mi deseo no es otro que el de conocer de primera mano y a través de sus vivencias, qué es lo que necesitan estas familias que se encuentran con la discapacidad de uno de sus miembros, sean hijos, hermanos o padres. Me puedo imaginar las dificultades si trato de meterme en su piel, pero vienen de realidades tan lejanas y responden a códigos culturales tan variados y distintos, que la única manera de saber es entrevistarse con las madres y escuchar, dejarlas hablar y abrirse a su mundo. Mi hándicap: todavía no hablo dariya, el dialecto que se habla en la calle.

Comemos toda la familia, compartimos un rato con la esposa y las hijas de Hassane, la mayor es estudiante de arquitectura, con un inglés perfecto, además del francés como segunda lengua. La pequeña aún está en secundaria, y es una apasionada lectora. No abandona su libro ni para almorzar, prácticamente come con él al lado. Me cuenta su madre que no tiene teléfono móvil todavía y que tal vez éso está ayudando a su afición por la lectura. Domina el francés a la perfección y sus lecturas las prioriza en este idioma. Tiene tan sólo 14 años. Me parece interesante comentar estos aspectos, pues en general, nos formamos una idea de la adolescencia en Marruecos que nada tiene que ver con lo que es en muchos casos.
Termino este post a una semana de volver a encontrarnos: Esta vez, Hassane me quiere "embaucar" para su proyecto con gente mayor. En Octubre sabré más.

dijous, 12 de setembre del 2019

La fiesta de la henna, el gineceo magrebí.

Me han invitado a la ceremonia de la henna, es la primera vez, estoy emocionada, como cada vez que recibo una invitación de ellas, de mis congéneres marroquíes, ya sea en Mallorca o en Marruecos. Pienso en cómo tengo que ir vestida, cómo me tengo que comportar, cuáles serán los pasos del protocolo a seguir, con cuántas amigas me voy a reencontrar. Esta vez se trata de una fiesta a la que sólo acudimos mujeres, para preparar a Jamila para la boda que tendrá lugar dos días después. Un honor que me hayan invitado, como mujer allegada a la familia de la novia.

Llegamos al portal de la casa, no importa saber la dirección exacta: basta ver el movimiento de mujeres y hombres, niños y jóvenes que van y vienen cargados con bebidas, comida, paquetes, recipientes para cocinar, viandas, dulces, y demás enseres necesarios para la ceremonia. El ascensor entre la planta baja y el cuarto piso  no deja de ir y venir, arriba y abajo,  suben y bajan invitadas, regalos, comida. Lo que se celebra hoy, es importante. Sólo acudiremos las féminas, hoy vestidas de fiesta, preciosas todas , con sus kaftanes de colores, sus tocados llenos de adornos, siempre a la última moda para colocarse el hiyab, a modo de turbante, con su trampa para embellecer los rostros. Pues pasa de ser una prenda que  cubre la belleza de la mujer, para convertirse, en días especiales, en un adorno que realza las facciones de todas ellas para mostrarse bellas ante preámbulo de una boda. Ojos y labios perfectamente maquillados, vestidos preciosamente combinados en colores vivos, con diseño según la  de este año: predominan el color verde carruaje combinado con rosa, detalles brillantes en las ropas, tules ensalzando el tejido, vestidos ceñidos hasta la cintura que se sueltan a partir de las caderas, cubriendo a la mujer hasta los pies. Se prepara  una celebración en toda regla. Y no hay hombres. Ellas se arreglan para sí mismas, para las demás, para realzar sus rasgos femeninos, su femineidad apabullante. Me siento siempre invisible a su lado, tengo que sacar mis dotes conversatorias, mis ganas de bailar y algunas palabras en dariya para mantenerme a la altura del ambiente que se genera en estos encuentros.

El de hoy, es el encuentro femenino por excelencia. La  casa entera se convierte en algo similar a lo que sería, imagino, un gineceo griego,  la estancia en la que se recluía a las mujeres en la Antigua Grecia, para resguardarlas o, más bien,  apartarlas del espacio publico. Pero algo que no pueden conocer los hombres, por ser excluídos, es la energía tremendamente potente y apabullante que se genera en estos espacios, en los que solamente estamos nosotras, mejor dicho, ellas, mujeres tribales, sensuales, explosivas, jóvenes o mayores unidas aunque sólo sea por estos instantes.

Hoy se trata de vestir a la novia, acicalarla, atenderla, cuidarla y desearle lo mejor para la vida a partir de ahora. La fiesta de la henna forma parte del ritual tradicional de  la boda de la mujer marroquí. Como no estamos en Marruecos, no podemos llevarla al hammam para que sea masajeada allí con jabones y aceites . Aquí, una vez se ha arreglado el cabello en su casa, se la viste con un precioso vestido largo, blanco, con el que se la distinguirá del resto de invitadas, y se sentará, con su melena negra y  suelta sobre los hombros, en el sofá preparado para la ocasión.

Y, mientras vamos esperando a que lleguen todas las invitadas, desde diferentes lugares de la isla, e incluso desde Alicante , Barcelona, Bélgica y Holanda, una amiga tatúa con henna las manos de la protagonista, con unos tatuajes de filigrana, dibujos improvisados que parecen un zelig o mosaico árabe o andalusí plasmado en los dedos, en las manos, en las muñecas y  parte del antbrazo. Perfectas formas de flores, de hojas, de dibujos en espiral, adornarán sus manos estos días.
El resto de invitadas, una vez la novia está tatuada, vamos pasando de una en una por las manos de la tatuadora de henna, y nos dibuja también motivos vegetales en nuestras manos. Como símbolo de que hemos estado allí y somos parte de la fiesta.

Una vez estamos todas, van apareciendo los platos de suculenta comida, pollo con cebolla y almendras, cous cous con verduras, y algo de ternera. No podemos comer más, y aparece la fruta, después el te y las pastas, ésas verdaderas obras de arte que ha elaborado Ibtissem para la ocasión.

Y, se apartan las mesas, se sube el volumen de la música, y, una de las mujeres más mayores, sin pudor y sin vergüenza, se levanta moviendo hombros, manos y caderas: empieza el baile. El calor es asfixiante, pero la fuerza generada en aquella sala sólo se puede canalizar bailando, todas, al unísono, mientras las más tremendas van a buscar los panderos de piel de cabra, y forman un grupo musical en un minuto. Empieza la fiesta, mujeres de toda edad bailando, moviendo los vestidos al ritmo de las caderas y los hombros de una manera que sólo saben hacer ellas. Siento en estos momentos, la gran satisfacción de ser mujer y tener el privilegio de alimentarme de energía femenina, de erotismo y sensualidad a flor de piel, fluyendo por la simple ausencia de hombres en el recinto. Nos invade la euforia, somos mujeres, vamos a celebrarlo y desearle a la novia lo mejor para la nueva vida, aunque sepamos, para nuestros adentros, que nada es lo que parece.

dijous, 15 d’agost del 2019

Construyendo un Proyecto con Marruecos.

Hay lecturas que te trasladan a mundos imaginarios, que te trasladan a otras realidades lejanas, desconocidas, que te invitan a un viaje, a conocer otros mundos, otras maneras de vivir. Un viaje tiene razón de ser si es para conocer un pais, una región a través de los ojos de las personas que en ellos habitan. Y, aunque he viajado a lugares en los que no conocía a nadie que me los pudiera enseñar, he tratado siempre de contactar con alguien en el lugar que me pudiera ofrecer una visión más cercana y más verdadera que la que me puede ofrecer una guía de turismo.

En este caso , me referiré al libro "A la mujer y a la mula, vara dura. Las olvidadas del Marruecos profundo", de Hicham Houdaifa. Lo conocí a través del blog de Alberto Mrteh El zoco del escriba y despertó  en mi la curiosidad y la necesidad de irme otra vez a Marruecos, pero en esta ocasión , en busca de personas que me acercasen a lo que no puedo ver cuando viajo como turista, que es la vida en lo privado, la vida en las casas, en el Marruecos que no se ve, en el Marruecos de sus mujeres, sobre todo.

Aunque por su dureza, me había quedado a medias en plena lectura del capítulo "Las mujeres prestadas de Kaalat Sraghna", finalmente fui capaz de terminarlo. Me propuse hablar con el periodista que lo escribió y, a través de él contactar con alguna asociación que trabajara con mujeres víctimas de violencia de género en Marruecos. No sabía si soportaría más testimonios de maltrato, de préstamo, de subordinación, de abuso sexual, de no tener valor para nadie, por su dureza.  Los testimonios, relatados por mujeres jóvenes y mayores, rurales, vulnerables por ser pobres además de ser mujer, heridas por la vida de manera irreversible en muchos casos, dañadas en cuerpo y alma, son trasladados por Hischam Houdaifa a testimonios escritos, para que lleguen al público, para que salgan a la luz.

Decidí, al terminarlo, sacar un billete sin meditarlo demasiado, para esta vez, darle un sentido formativo a mi viaje: quería conocer de primera mano, sin saber cómo ni con quién, sólo a través de algunos contactos facilitados por amistades de Marruecos, el trabajo con mujeres víctimas de violencia de género y también en programas de educación y promoción económica para mujeres.

Me puse en marcha, miré precios de pasajes de avión, escogí las fechas más convenientes y económicas para mí y empecé a mandar correos electrónicos, búsquedas en las redes sociales, mensajes de messenger y whatsapps a mis contactos en el país, o a personas relacionadas con lo que yo buscaba.

El trabajo me llevó unos meses, correos sin respuesta, algunas peticiones de colaboración, concertar entrevistas, elaboración de un documento en el que explicara mi trabajo y el objetivo de mi viaje: empaparme de normativa, de resolución de casos individuales, y de contextualización de las situaciones con las que me encuentro en el día a día de la intervención con víctimas de violencia machista.

Antes de irme, con mi compañera de locura tratamos de diseñar un documento, que después de muchos devaneos, nos dimos cuenta que ya habíamos redactado en un arranque anterior al que no le dimos aire y se fue apagando poco a poco. En esta ocasión, aprovechamos el empuje del momento, y el apoyo que desde la distancia, algunas escritoras asistentes al EIDE del mes de Octubre en Tetuán , nos han dado para dar visibilidad a un trabajo que a sus ojos es maravilloso, ante nuestra sorpresa, y también, nuestro agrado. El trabajo con mujer inmigrante es algo que hemos ido construyendo y pensamos que ahora necesita algo más, que así como empezamos sin saber, ahora podemos empezar a compartirlo y a mejorarlo. Sin el contacto con Marruecos y las asociaciones que allí intervienen, no es posible. Tenemos que romper barreras y desplazarnos.

Afortunadamente, tengo amistades en Marruecos que me abrieron las puertas de sus casas, se interesaron por mi trabajo, me permitieron llegar donde de otra manera no sé si hubiese podido llegar, porque , según pude averiguar más tarde, en Marruecos, algunas asociaciones están cansadas de recibir salvadores y salvadoras que , aun con la mejor voluntad del mundo, quieren ayudar " a la europea", cuando profesionales del país ya saben bien qué tienen que hacer, y cómo, aunque a veces lo que les falla es la financiación. Por este motivo, no es tan fácil conocer el mundo de las asociaciones "in situ".

Pasé diez días entre Rabat, Casablanca, Tánger y Tetuán, entrevistándome con personas que me han acercado a la realidad de Marruecos, un país en pleno auge con una importante inversión en infraestructuras, un país que acoge a personas migrantes de toda Africa, un país que está cambiando a velocidad lenta en algunos aspectos como educación y respeto por los Derechos Humanos y rapidísima en cuestión de innovación y comunicación.

Iré relatando lo visto y lo vivido, las sucesivas visitas a Marruecos y las personas y proyectos contactados. Ha sido, y está siendo para mí, algo mucho más instructivo que un máster, que, sin quererlo, me ha cambiado la manera de intervenir, de entrevistar, de abordar el día a día en mi trabajo y que quiero trasladar por si puede servir de experiencia a otras profesionales de la relación de ayuda.
Marruecos es un país mágico ante los ojos del turista, pero que esconde muchas contradicciones y sufrimientos no siempre  captadas a simple vista. Y, no tan lejos de realidades recientes vividas en nuestro pais.

Seguiré escribiendo sobre el proyecto compartiendo puntos de vista y sorpresas que me ha deparado cada una de las visitas a Marruecos.